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Puerto de San Sebastián: el latido del mar en el corazón de la ciudad

Hay lugares en Donosti que son recuerdos, son emociones, son pequeñas cápsulas de vida que se quedan flotando en la memoria como si fueran barcas amarradas al muelle del tiempo… para mí, el Puerto de San Sebastián es uno de esos lugares.

Cada vez que camino por él siento que regreso a la infancia, a mi adolescencia, a los días sin prisa, al sonido de las gaviotas mezclado con el murmullo constante del mar. El puerto es uno de esos rincones donde Donosti se muestra tal como es… una ciudad abierta al Cantábrico, orgullosa de su historia marinera y profundamente ligada al horizonte.

Cuando paseo por el puerto veo historias, veo generaciones de pescadores que han vivido mirando al mar, hombres y mujeres que han aprendido a leer el cielo para entender el agua, veo turistas que descubren este rincón por primera vez y donostiarras que lo recorremos como quien vuelve a casa.

Los primeros recuerdos del puerto

Mis primeros recuerdos del puerto tienen el sabor del mar con la sensación de caminar por el muelle y sentir que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba.

Las barcas de colores siempre me parecían fascinantes. Algunas eran pequeñas embarcaciones pesqueras, otras barcos más grandes que se balanceaban suavemente con el movimiento del agua, pero para una niña como yo, aquello era un espectáculo permanente.

Pero si hay algo que recuerdo con una claridad absoluta son los paseos con mi amatxo donde caminábamos despacio por el puerto, sin rumbo fijo, simplemente disfrutando del aire salado y del sonido del mar… y muchas veces, en medio de esos paseos, comprábamos carraquelas que nos la daban en un cucurucho de papel junto con un alfiler y el suelo lo veías impregnado de pequeñas conchas vacías.

Todavía hoy puedo cerrar los ojos y recordar ese momento… el sabor intenso del mar en la boca, la manera en que mi amatxo me enseñaba a comerlas con paciencia, mientras nos sentábamos mirando a los barcos, hablando de cualquier cosa o simplemente guardando silencio mientras el puerto seguía su ritmo cotidiano.

Echo de menos esos paseos… echo de menos esa manera sencilla de habitar el tiempo.

El puerto y su historia marinera

El Puerto de San Sebastián tiene una historia larga y profundamente ligada al desarrollo de la ciudad. Durante siglos ha sido un lugar de trabajo, de comercio y de navegación. Desde aquí partieron barcos hacia otros puertos del Cantábrico, hacia Francia, hacia Inglaterra, y desde aquí también llegaron marineros, mercancías y noticias del mundo.

En tiempos antiguos, el puerto era un motor económico. Las embarcaciones pesqueras salían a faenar y regresaban con capturas que abastecían no solo a la ciudad, sino también a otras zonas cercanas. La pesca formaba parte esencial de la vida cotidiana.

La lonja del puerto era un lugar lleno de movimiento. Allí se vendía el pescado recién traído del mar y se organizaba buena parte de la actividad económica relacionada con la pesca. Imagino el bullicio que debía de haber hace décadas… voces negociando precios, cajas moviéndose de un lado a otro, el olor intenso del pescado fresco mezclado con el aire del Cantábrico.

Hoy muchas cosas han cambiado, pero el espíritu marinero sigue presente.

Un puerto que mira al futuro sin olvidar el pasado

Con el paso del tiempo, el Puerto de San Sebastián ha ido transformándose. La ciudad ha cambiado, el turismo ha crecido y el puerto también ha encontrado nuevas formas de convivir con ese cambio.

Hoy conviven allí las embarcaciones pesqueras con barcos de recreo, pequeños veleros y embarcaciones turísticas, pero incluso con todos esos cambios, el puerto sigue conservando algo muy especial… su autenticidad. Es un espacio que ha crecido con la ciudad, que ha acompañado su historia y que continúa formando parte de su identidad.

La vida cotidiana del puerto

Hay algo profundamente hipnótico en observar el ritmo diario del puerto. Por la mañana, cuando la ciudad aún está despertando, el puerto tiene un ambiente tranquilo, el mar suele estar más calmado y los barcos se balancean suavemente, como si todavía estuvieran medio dormidos. A mediodía, el lugar se llena de vida con gente que pasea, turistas que se detienen a hacer fotos, niños que miran el agua esperando ver algún pez, y al atardecer… el puerto se transforma, con la luz dorada del sol cayendo sobre la bahía de la Concha creando una imagen difícil de olvidar… son momentos en los que el tiempo parece detenerse.

Un lugar para observar la ciudad

Creo que el puerto es uno de los mejores lugares para entender Donostia ya que desde allí puedes ver la bahía de la Concha extendiéndose con elegancia, la Isla de Santa Clara en el centro como un pequeño guardián de piedra, el monte Urgull vigilando la ciudad desde lo alto… todo parece encajar de una manera armoniosa y a veces, cuando me siento en el muelle… simplemente observo, no hago nada más, simplemente respirar profundamente, y en ese gesto tan simple siento que estoy conectando con algo que forma parte de la esencia misma de la ciudad.

El puerto como espacio de encuentro

El Puerto de San Sebastián también es un lugar de encuentro. Aquí se reúnen amigos, familias, parejas que pasean sin prisa y hay conversaciones que empiezan mirando al mar y terminan horas después, sin que nadie se dé cuenta del paso del tiempo.

El puerto tiene esa capacidad… te invita a quedarte. Quizá sea el sonido del agua, quizá el olor del mar, quizá la sensación de estar en un lugar que lleva siglos formando parte de la vida de la ciudad… sea lo que sea, funciona.

Cada vez que paseo por el puerto pienso inevitablemente en mi amatxo, en aquellas tardes tranquilas, en las carraquelas compartidas, en las conversaciones… sencillos momentos que hoy guardo como pequeños tesoros.

El puerto sigue ahí, casi igual que entonces. Los barcos siguen balanceándose, las gaviotas siguen volando sobre el agua, el viento sigue trayendo el olor del mar y aunque muchas cosas cambien con el paso de los años, hay algo que permanece… la sensación de que este lugar forma parte de quienes somos, porque el Puerto de San Sebastián es memoria, es historia, es vida, y para quienes hemos crecido cerca del mar, es también un pedazo de nuestra propia identidad.

DATOS CURIOSOS
  • El puerto de San Sebastián ya estaba documentado en el siglo XII, cuando la ciudad empezó a consolidarse como enclave marítimo en el Cantábrico.
  • En el siglo XII, el Reino de Navarra necesitaba una salida directa al mar Cantábrico para su comercio. San Sebastián fue elegida precisamente por su bahía, convirtiéndose en el puerto principal de Navarra.
  • Gracias a ese estatus, el puerto comenzó a canalizar exportaciones de productos clave como lana, hierro y sidra hacia otros puertos europeos (especialmente en Francia e Inglaterra), lo que impulsó el crecimiento de la ciudad amurallada a los pies del monte Urgull.
  • La actividad marítima del siglo XII y principios del XIII atrajo a numerosos pobladores gascones (del sur de Francia), expertos en comercio marítimo, cuya influencia fue vital para el desarrollo del puerto y la identidad de la ciudad.
  • Durante siglos, el puerto fue clave en la pesca de ballenas, una actividad muy importante en la costa vasca entre la Edad Media y el siglo XVI.
  • La bahía de la Concha funciona como una protección natural frente a temporales, lo que permitió que el puerto se desarrollara en una zona relativamente resguardada. El Monte Urgull actúa como un muro natural en el flanco este, protegiendo el muelle de los vientos y el oleaje más directo. La Isla de Santa Clara actúa como un rompeolas natural. Fragmenta la energía de las marejadas del Cantábrico antes de que lleguen a la costa.
  • Tradicionalmente, muchas embarcaciones del puerto llevaban nombres de familiares o advocaciones religiosas, una costumbre muy extendida entre pescadores vascos.
  • En la zona del puerto se han encontrado restos arqueológicos relacionados con antiguas actividades marítimas de la ciudad.
  • A lo largo del siglo XX se realizaron varias ampliaciones y reformas para adaptarlo a las necesidades modernas de pesca y navegación.
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Palacio de Miramar: el lugar donde Donostia mira al mar

Hay lugares en una ciudad que parecen haber sido creados para detener el tiempo. espacios donde la historia, la belleza y la memoria se entrelazan de una manera casi natural y uno de esos lugares es el Palacio de Miramar, ese palacio elegante que se alza entre la playa de la Concha y la de Ondarreta, como si vigilara el horizonte del Cantábrico desde hace más de un siglo.

Cada vez que subo a sus jardines tengo la sensación de estar entrando en un espacio cargado de historia, de silencios, de paseos y de miradas que se pierden en la bahía, un rincón donde Donostia parece detenerse unos segundos para contemplarse a sí misma.

Un palacio nacido de un amor por Donostia

Para entender el Palacio de Miramar hay que viajar a finales del siglo XIX, cuando Donostia empezaba a convertirse en uno de los destinos veraniegos más elegantes de Europa. Todo cambió cuando la reina María Cristina de Austria, viuda de Alfonso XII, decidió trasladar los veranos de la corte a la ciudad. Aquella decisión transformó para siempre el destino de San Sebastián y la convirtió en uno de los grandes centros de la vida social y cultural del país.

La reina quería una residencia de verano desde la que pudiera disfrutar del mar y del paisaje. Tras estudiar diferentes lugares —entre ellos el monte Urgull o el palacio de Aiete— finalmente eligió una colina situada entre el centro de la ciudad y el barrio del Antiguo ya que desde allí la vista de la bahía de la Concha es simplemente espectacular… para mí, la más bonita de todas las que te puede entregar la ciudad.

El palacio se construyó en 1893, siguiendo el proyecto del arquitecto inglés Ralph Selden Wornum, y la obra fue dirigida por el maestro José Goikoa. El resultado fue un edificio inspirado en las casas de campo de la nobleza inglesa, con un estilo elegante, sobrio y con ciertos elementos neogóticos.

Donostia ya tenía una relación especial con la cultura europea y con el turismo aristocrático y el palacio, de alguna manera, reflejaba esa mezcla de elegancia, discreción y vida social que caracterizó a la ciudad durante la Belle Époque.

Una casa real frente al Cantábrico

Durante décadas, el Palacio de Miramar fue la residencia veraniega de la familia real española. Cada verano la corte se trasladaba a Donostia, y la ciudad se llenaba de vida, de visitas ilustres, de bailes, de conciertos y de paseos por la Concha.

Imagino aquellos veranos con una mezcla de curiosidad y fascinación con carruajes subiendo por el paseo, damas con sombreros, caballeros paseando por los jardines, niños corriendo entre los árboles mientras el mar brillaba al fondo.

Aquel movimiento transformó la ciudad y San Sebastián pasó a ser un lugar de encuentro para aristócratas, artistas, intelectuales y políticos. La vida cultural y social creció con fuerza y muchos de los edificios más emblemáticos de la ciudad nacieron en esa época.

Miramar era el epicentro de todo aquello.

Un edificio lleno de espacios con historia

Aunque desde fuera el palacio parece discreto, en su interior hay salones que conservan todavía el aire de aquella época.

Entre ellos destacan el Salón Blanco, el Salón de Música, la Biblioteca, el Salón de Madera o el Comedor Real, espacios que reflejan el carácter elegante del edificio.

Los jardines: un balcón sobre la bahía

Pero si hay algo que hace realmente especial al Palacio de Miramar son sus jardines. Cuando paseo por ellos siento que estoy en el mirador más hermoso de toda la ciudad donde los caminos de gravilla descienden suavemente hacia el mar, entre árboles y flores, hasta abrirse de golpe hacia la bahía de la Concha.

Los jardines fueron proyectados y diseñados por el paisajista francés Pierre Ducasse, uno de los especialistas más prestigiosos de la época.

El conjunto completo —palacio, jardines y edificios anexos— ocupa más de 34.000 metros cuadrados, convirtiéndolo en uno de los espacios verdes más privilegiados de Donostia.

Me gusta subir hasta allí simplemente para mirar el mar… no me hace falta nada más. El sonido del viento, el sonido del mar, la isla de Santa Clara en medio de la bahía… Todo parece colocado con una armonía casi perfecta.

Hay lugares que te obligan a detenerte y disfrutarlos y Miramar es uno de ellos.

Un palacio que ha vivido muchas vidas

La historia del palacio no terminó con la monarquía. Tras la muerte de María Cristina en 1929, el edificio pasó a manos de Alfonso XIII. Poco después, con la llegada de la Segunda República, la finca fue expropiada y destinada a residencia veraniega del presidente de la República y a usos educativos y culturales.

Con el paso de los años, la propiedad cambió varias veces de manos hasta que en 1972 el Ayuntamiento de San Sebastián adquirió el palacio y los jardines, convirtiéndolo en patrimonio público.

Ese momento fue fundamental, porque permitió que este lugar dejara de ser exclusivo para unos pocos y pasara a formar parte de la vida de la ciudad y que hoy cualquier persona pueda pasear por sus jardines.

Miramar hoy: cultura, conocimiento y ciudad

Actualmente el Palacio de Miramar sigue teniendo una vida muy activa. En su interior se celebran congresos, encuentros culturales, seminarios y eventos. También es la sede de los Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco, que cada año reúnen a especialistas, investigadores y estudiantes de diferentes ámbitos.

Además, sus jardines acogen conciertos, actividades culturales y, en ocasiones, eventos relacionados con el Festival Internacional de Cine de San Sebastián.

Es curioso pensar que un lugar que nació como residencia privada de una reina hoy sea un espacio abierto al conocimiento, al debate y a la cultura… quizá esa transformación explica por qué Miramar sigue siendo tan importante para la ciudad.

Para mí, el Palacio de Miramar no es solo un edificio histórico, es uno de esos lugares donde Donostia respira y cuando subo hasta allí y miro la bahía siento que la ciudad se abre delante de mí: el paseo de la Concha, la isla de Santa Clara, el monte Urgull al fondo, el Antiguo al otro lado. Es una vista que nunca me canso de mirarla y de admirarla y quizá por eso Miramar sigue siendo uno de los rincones más queridos por quienes vivimos aquí, porque no es solo un palacio… es una ventana al mar, a la historia y a la identidad de Donostia.

DATOS CURIOSOS
  • El palacio se construyó sobre una antigua ermita. Antes de construirse el palacio existía en ese lugar una pequeña ermita que tuvo que ser trasladada a otro punto de la ciudad.
  • El proyecto original se llamaba “Casa Real de Campo de Miramar”. Ese era el nombre que el arquitecto Selden Wornum dio al proyecto en 1888.
  • La construcción costó unos 3 millones de pesetas… Una cifra muy elevada para la época.
  • La finca original era mucho más grande. En origen el conjunto superaba los 80.000 m², pero con el tiempo parte del terreno fue vendido para construir viviendas.
  • La torre del palacio fue restaurada en 2007. Fue una de las últimas grandes intervenciones de conservación del edificio.
  • El edificio fue sede de Musikene. Hasta el curso 2015-2016 el Centro Superior de Música del País Vasco tuvo allí parte de sus instalaciones.
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Plaza de la Constitución, el latido eterno de la Parte Vieja

Hay lugares en una ciudad que son más que puntos en un mapa… son marcas en los sentidos, en la memoria y en el corazón. Para mí, la Plaza de la Constitución siempre ha sido uno de ellos. Ese lugar en el corazón de la Parte Vieja donostiarra donde parece que el tiempo se detiene unas décimas de segundo cada vez que paso.

Recuerdo perfectamente caminar junto a mi amatxo por esa plaza rodeada de arcos y balcones. Era un paseo que sabía a historia, a piedra antigua, a vida cotidiana de nuestra Donostia. Caminábamos despacio, disfrutando del sol o del xirimiri que se colaba entre los edificios neoclásicos, construidos tras la gran reconstrucción de la ciudad a principios del siglo XIX después del incendio de 1813, cuando todo ardió y luego se volvió a levantar.

Pero lo que más llevo en el recuerdo es ese puesto de cacahuetes recién tostados. No era más que un pequeño local bajo los soportales, tan estrecho que no entraban más de dos personas a la vez. El olor del tostado todavía me impregna los sentidos cuando cierro los ojos. Mi amatxo siempre me compraba una bolsita, y yo iba feliz mientras caminábamos, entretenida con el crujido y el sabor intenso, cálido, que tenía cada bocado. Ese sabor, esa risa compartida, forma parte inseparable de mi memoria.

La plaza, bautizada así en 1820 como Plaza de la Constitución, ha tenido otros nombres a lo largo de la historia —como Plaza Nueva o Plaza del 18 de Julio durante la Guerra Civil— antes de volver a llamarse Constitución, pero para mí siempre es “la Consti”, ese corazón vivo de la Parte Vieja donde se junta todo… encuentros, risas, la tamborrada, las sombras al caer la tarde y los pasos lentos mientras paseas.

La misma estructura con soportales y balcones que hoy vemos fue diseñada para ser un espacio de reunión social, y no es casualidad que los balcones conserven su numeración ya que esos números son testigos de que en otro tiempo, cuando la plaza era también un recinto taurino —una plaza de toros improvisada— los espectadores ocupaban esos balcones como si fueran palcos, comprando entradas numeradas para ver las corridas de toros desde arriba.

Con el paso de los años, la plaza se fue amoldando a los ritmos de la ciudad. Fue sede del antiguo Ayuntamiento de San Sebastián hasta mediados del siglo XX, albergó bibliotecas y oficinas, y hoy es especialmente conocida por ser el punto neurálgico de las grandes fiestas donostiarras. Ahí ondea la bandera de la ciudad al inicio de la Tamborrada, y miles de personas —donostiarras y visitantes— nos reunimos para vibrar con los tambores, con la música y con la alegría que inunda la ciudad en cada rincón.

Y no solo eso… en la feria de Santo Tomás, la plaza se llena de puestos, animales, productos tradicionales y alegría, mientras el olor a txistorra y sidra perfuma el aire… es como si cada fiesta devolviera a la plaza su alma de punto de encuentro con sus risas, charlas, brindis improvisados y abrazos espontáneos bajo los arcos que parecen custodiar este orgullo urbano.

A veces me detengo frente a esos balcones numerados y pienso en cuántas historias diferentes habrán visto. Gente a mediodía tomando pintxos, parejas que se prometieron amor eterno bajo la luz de la tarde, niños que corren por el medio de la plaza, familias reunidas para celebrar una fiesta local… Cada escena es parte de la vida de esta plaza y cada una queda impregnada en sus piedras y en mi memoria.

La Plaza de la Constitución no es solo una plaza histórica… es un lugar vivo, un lugar que late con nosotros, con nuestra memoria, con nuestras historias familiares y colectivas. Por eso, cada vez que vuelvo a ella siento el peso dulce de la nostalgia y la energía cálida de saber que hay espacios que nos marcan para siempre.

Datos curiosos
  • La Plaza protagonizó un cupón de la ONCE: En enero de 2017 la plaza fue elegida para aparecer en un cupón de la ONCE conmemorativo del bicentenario de su nombre oficial, llegando a 5,5 millones de cupones repartidos por todo el Estado.
  • Hay una tienda con historia en una esquina de la plaza: Durante más de 40 años, Alboka Artesanía ha contado historias de Donostia desde una esquina emblemática de la plaza, atrayendo tanto a turistas como a donostiarras fieles con productos hechos por artesanos locales y talleres inclusivos.
  • La plaza fue reconstruida dos veces por incendios: Antes de tener la forma que conocemos hoy, otras plazas anteriores ocupaban ese mismo lugar, pero fueron destruidas en incendios de 1689 y 1813. La actual data del proyecto neoclásico que se desarrolló tras el incendio de 1813.
  • Izada y arriada de bandera en Tamborrada: La plaza es el punto oficial donde se iza la bandera de Donostia a medianoche del 19 de enero, marcando el inicio de la Tamborrada de San Sebastián, uno de los eventos más significativos del calendario festivo local.
  • Biblioteca Central con legado del Duque de Mandas: El antiguo edificio del Ayuntamiento, que da a la plaza, alberga hoy la Biblioteca Central de Donostia con una colección de más de 10 000 libros donados por el Duque de Mandas, y conserva la Sala del Duque de Mandas con su artesonado original.
  • Se usó para bailes tradicionales recuperados: En la plaza se celebró tradicionalmente el aurresku y otras danzas vascas. La costumbre decayó, pero fue recuperada en 2011, cuando el alcalde participó en un aurresku en la víspera de San Juan, reactivando así una tradición perdida.
  • Alojó el Ayuntamiento y otras instituciones: El edificio principal de la plaza fue la sede del Ayuntamiento de Donostia hasta 1947, y posteriormente funcionó como biblioteca municipal (1951–2000) y oficinas culturales antes de su uso actual.
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Tabakalera: un latido cultural en el corazón de Donostia

Cuando pienso en Tabakalera lo primero que me viene a la mente es la imagen de un edificio que siempre vivió al ritmo de la ciudad, que fue fábrica de sueños de papel y ahora es fábrica de ideas que laten, se comparten y se transforman. Este enorme espacio, situado junto a la estación del Norte y al Parque de Cristina Enea, ocupa un lugar especial en mi memoria y en el latido cultural de Donostia – San Sebastián. Es un edificio lleno de historia pero también un espacio vivo y abierto a la ciudad que sigue escribiendo la historia de nuestra vida contemporánea.

Un edificio con memoria

Tabakalera fue una fábrica de tabacos durante casi un siglo (1913–2003). Antes de convertirse en centro cultural, durante esos 90 años fue trabajo, sudor y vida cotidiana para miles de donostiarras, siendo clave en la historia económica y social de la ciudad.

En los años 20, más de mil personas trabajaban allí, la inmensa mayoría mujeres, en una época en la que eso mismo ya era una declaración de fortaleza y un hito social.

Cuando la fábrica cerró sus puertas tras la privatización de la empresa estatal, muchos pensamos que aquel edificio imponente quedaría vacío, como un gigante olvidado… pero no fue así, más bien al contrario, ya que se gestó un nuevo sueño para el lugar, uno que transformó el humo de los cigarrillos en luz para nuevas formas de pensar.

De fábrica de tabacos a epicentro cultural

En 2004, el Ayuntamiento de San Sebastián, la Diputación Foral de Gipuzkoa y el Gobierno Vasco compraron el edificio para transformarlo en un Centro Internacional de Cultura Contemporánea. Ahí empezó la revolución silenciosa de Tabakalera, ya que se trataba de reinventar su esencia como un lugar para crear, experimentar y compartir ideas. Las instituciones que lo promovieron supieron ver más allá de sus muros antiguos y le dieron un nuevo propósito al servicio de toda la comunidad.

Desde 2007, incluso antes de la gran reforma arquitectónica, Tabakalera empezó a acoger exposiciones, ciclos de cine experimental como el proyecto LABO, y actividades culturales que ya apuntaban hacia la vocación que tomaría años después.

En 2011 comenzaron las obras de transformación y el edificio se abrió de nuevo en 2015 como el centro cultural que conocemos hoy. El proyecto no solo conservó la dignidad y monumentalidad del edificio histórico, sino que lo amplió con espacios flexibles diseñados para albergar mil actividades distintas: salas de exposición, cine, laboratorios de creación, biblioteca, talleres, plazas públicas y espacios al aire libre donde podemos encontrarnos como ciudad.

La experiencia de entrar en Tabakalera

Entrar en Tabakalera es siempre una experiencia que empieza en el exterior con su gran plaza, los muros industriales que conservan la memoria del pasado y, más allá, esa sensación de amplitud y encuentro que invita a caminar.

Después, cuando cruzas sus puertas, todo adquiere otra dimensión… se respira creatividad y no hay una sola forma de recorrerlo ni un solo propósito para estar allí. Hay exposiciones que te cuestionan, películas que te emocionan, talleres donde convives con personas de todos los mundos y conversaciones que alimentan la mirada.

Caminar por los largos pasillos que antes fueron zona de producción industrial y ahora albergan instalaciones artísticas me hace pensar en el paso del tiempo, en cómo las funciones cambian pero la esencia permanece.

Mi espacio favorito, si tuviera que elegir, es el Ubik, la biblioteca de creación que lleva el nombre de la novela de Philip K. Dick. Allí se puede ver a jóvenes leyendo, a personas buscando inspiración, o niños descubriendo nuevos mundos. Ese espacio —abierto, luminoso y lleno de curiosidad— resume muy bien lo que Tabakalera quiere ser… un lugar para aprender, crear y disfrutar de la cultura contemporánea.

También me encanta la Hirikilabs, un laboratorio ciudadano donde la tecnología se mezcla con la creatividad. Allí se cruzan proyectos de cultura digital, experimentación tecnológica, pensamiento crítico y participación ciudadana. Es un lugar donde explorar sin miedo, donde se permiten preguntas sin respuestas obvias y se celebra el error como parte del proceso creativo.

Un ecosistema cultural donostiarra

Tabakalera no es un proyecto aislado ya que convive con otras instituciones y asociaciones que enriquecen su ecosistema cultural. En el mismo edificio se encuentran espacios como la Filmoteca Vasca, el Instituto Vasco Etxepare, la Elías Querejeta Zine Eskola y la sede de la Fundación Kutxa Kultur, entre otros. Esto hace que cada vez que uan entra pueda descubrir algo nuevo o cruzarse con una actividad distinta: cine vasco, arte experimental, debates sobre filosofía contemporánea o talleres audiovisuales.

Sentir la ciudad desde las alturas

Uno de los secretos mejor guardados de Tabakalera es su terrazza y prisma en la quinta planta, espacios que ofrecen algunas de las mejores vistas de Donostia. Desde allí arriba, la ciudad —con sus tejados, sus estaciones, su mezcla de historia y modernidad— parece una gran obra en construcción, donde cada persona, cada idea y cada proyecto van dibujando el mañana.

Mirar Donostia desde esa perspectiva me recuerda lo afortunada que soy de pertenecer a una ciudad que mira hacia adelante sin olvidar su pasado. Y también me recuerda que Tabakalera no es solo un edificio lleno de espacios creativos… es un puente entre generaciones, un cruce de caminos donde confluyen recuerdos, sueños y futuros posibles.

Arte, cine y participación ciudadana

Tabakalera acoge exposiciones que varían según las temporadas y que abarcan desde el arte contemporáneo global hasta el local. A menudo estas muestras no solo se ven, sino que se viven a través de piezas interactivas, instalaciones inmersivas o experiencias que requieren movimiento y participación.

En su sala de cine se proyectan películas contemporáneas que no siempre llegan a las salas comerciales. Hay ciclos dedicados a cineastas concretos, proyecciones con diálogo entre creadores y público, y programas como Zabaltegi-Tabakalera dentro del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, que completan la oferta audiovisual.

La gente, el latido de Tabakalera

Creo que la magia de Tabakalera no está solo en sus exposiciones ni en su arquitectura… está en la gente que la habita, la hace suya y la reinventa cada día. Hay artistas que encuentran en sus paredes un espacio para ensayar, mostrar y debatir, hay jóvenes que experimentan con tecnología y narrativa, hay familias que vienen un domingo y se sorprenden con una instalación visual o una proyección que nunca imaginaron ver en Donostia.

Un lugar que sigue creciendo

En el 2025 Tabakalera ha celebrado su décimo aniversario como centro internacional de producción cultural, consolidándose como un referente en el País Vasco y más allá.

Lo ha hecho no solo con exposiciones y cine, sino también con eventos especiales que celebran la diversidad de la creación contemporánea. Por ejemplo, este año acogió actividades que mezclan historia y cultura local con pensamiento contemporáneo sobre tecnología, arte y sociedad, como el evento “100 años de voz, 10 años de creación”, que vinculó la historia de Radio San Sebastián con procesos creativos actuales.

También ha participado en festivales internacionales de arte, ha impulsado residencias artísticas y se ha convertido en un lugar donde las fronteras entre disciplinas se desdibujan: cine, arte visual, pensamiento, tecnología, educación y participación social conviven sin problemas.

Cuando miro Tabakalera veo un símbolo de la transformación de mi ciudad… veo cómo Donostia ha sido capaz de reimaginar su historia industrial y convertirla en un lugar de futuro.

Datos curiosos
  • Tabakalera se diseñó originalmente sobre una marisma: para construir sus muros, se tuvieron que anclar miles de pilotes al terreno, como si fuera Venecia.
  • Muchas exposiciones y espacios de Tabakalera son de acceso gratuito, lo que lo convierte en un lugar muy inclusivo para toda la ciudadanía.
  • El patio interior central tiene más de 620 m² de superficie y es usado tanto para actividades públicas como para encuentros artísticos y sociales.
  • Tabakalera forma parte de la red internacional de centros de cultura contemporánea, conectando con instituciones y artistas de todo el mundo.
  • La biblioteca Ubik toma su nombre de la novela Ubik de Philip K. Dick, un clásico de la ciencia ficción, lo que refleja la ambición del centro de mezclar pensamiento, creatividad y visión futurista.
  • Tabakalera está integrando programas de mediación cultural que trabajan con colectivos sociales diversos, incluyendo jóvenes migrantes, para explorar nuevas formas de expresión y participación cultural.
  • En su programación anual suele haber ciclos dedicados al cine menos convencional, apoyando autores y films que no siempre llegan a las salas comerciales.
  • La terraza y el prisma son espacios que se han convertido en miradores muy apreciados para contemplar Donostia desde un ángulo diferente al turístico habitual.
  • El centro se ha convertido en sede habitual de encuentros y congresos culturales, reforzando su papel no solo como espacio expositivo, sino también como lugar de debate y reflexión.
  • Tabakalera dispone de alojamientos (como el hotel One Shot Tabakalera House) y cafeterías, lo que permite que muchas actividades culturales se vivan durante todo el día sin salir del edificio.


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Museo San Telmo: mi historia, la nuestra

Cuando cruzo la plaza Zuloaga y me detengo ante esas piedras que parecen susurrarnos secretos, siento una corriente de pasado y presente que solo mi ciudad —esa que vive al borde del mar— sabe transmitir tan bien. El Museo San Telmo es de esos lugares que no solo guardan objetos… guarda almas, memorias y nuestra identidad vasca y hoy, desde mi voz, quiero contarte por qué es mucho más que un museo.

Un refugio de piedra que respira historia

Este edificio solía ser un convento dominico, levantado entre 1544 y 1562 por impulso de Alonso de Idiáquez, secretario de Carlos V, junto a la falda del monte Urgull donde el claustro, en lugar de estar a un lado, se erigió a los pies de la iglesia por falta de espacio. Ahora, miro esas galerías y pienso en quienes caminaron por aquí hace siglos, entre arcos ojivales y muros de piedra, voces de dominicos, el eco de rezos, la ciudad extendiéndose en silencio a sus pies.

Pero la historia no fue sencilla, ya que el convento sufrió el saqueo tras la tragedia del 31 de agosto de 1813, en plena Guerra de la Independencia, perdiendo retablos y tumbas. Luego, con la Desamortización de Mendizábal en 1836, los frailes fueron expulsados y el lugar se convirtió en cuartel de artillería. El claustro pasó de ser lugar de oración a cuadra y la iglesia, almacén de armas. Aquella atmósfera de desolación aún se palpa en los muros.

Sin embargo, el tiempo dio un giro y en 1913 fue declarado Monumento Nacional y en 1928 adquirido por el Ayuntamiento y al fin, se inaugura como museo en 1932, con una ceremonia inolvidable donde Manuel de Falla dirigió la música, Ignacio Zuloaga colocó su mirada y José María Sert cubrió las paredes de la iglesia desprovista de adornos.

Cuando el arte abraza nuestras raíces

La iglesia, ya secularizada, se convirtió en un salón de actos revestido con los imponentes murales de José María Sert —escenas heroicas de la historia de Gipuzkoa y el País Vasco: el viaje de Juan Sebastián Elkano, el árbol de Gernika, San Sebastián y San Telmo— .Cuando los vuelvo a contemplar, siento que las paredes cuentan historias de mar y forja, de resistencias y pertenencia.

En la restauración de 2011, esas obras fueron cuidadosamente recuperadas y hoy nos invitan a mirar tanto el pasado como el presente desde un prisma emocional.

Un museo en diálogo con su entorno

Ese mismo año, tras cinco años de rehabilitación, reabre sus puertas con un emocionante proyecto arquitectónico: Nieto y Sobejano diseñaron un pabellón contemporáneo que se “esconde” bajo el monte Urgull, con un muro vegetal ligero y sutil, donde desde fuera, parece una extensión del monte y desde dentro, es oxígeno y modernidad.

Hoy, el museo se expande con más de 11.000 m² y alberga unas 26.000 piezas que exploran la sociedad vasca desde múltiples ángulos y si sumamos otras fuentes, quizás lleguemos a más de 35.000, destacando etnografía, fotografía, bellas artes, arqueología e historia.

Un viaje emocional por nuestras colecciones

Entrar al museo es dejarse llevar por el latido de nuestra cultura. En la iglesia, además de los murales de Sert, hay un audiovisual interactivo: “Los desafíos de nuestra sociedad” —sostenibilidad, igualdad, interculturalidad, derechos humanos— que convierte las paredes en espejos del presente y del futuro.

Exposiciones que conectan emociones y tiempo

San Telmo no es estático sino que late con exposiciones temporales que te remueven como la de “Ipuscua 1.000 años”, que celebró el milenario del nombre de Gipuzkoa con documentos, maquetas, escudos y una gran maqueta de madera del territorio vasco, la muestra del centenario de Néstor Basterretxea, un diálogo entre su obra y el patrimonio vasco, reflexionando en clave contemporánea o la de “Luis Martín-Santos. Tiempo de libertad”, que repasa la figura de este donostiarra universal a través de fotografías, textos, objetos y los fantasmas literarios que creó.

Servicios para sentirte abrazado por la cultura

Como donostiarra valoro todo lo que hace del museo un lugar acogedor con audio-guías, biblioteca, cafetería, salas de conferencias y vídeo, visitas guiadas y archivo.

También organiza talleres familiares —¡perfectos para venir con niños!—, mini conciertos durante el Jazzaldia, y unas apps como la de San Telmo Museoa | Guía Audiov que te da la oportunidad de conocer el Museo San Telmo y su exposición permanente, con la posibilidad de realizar un recorrido completo o una visita de una hora la de Second Canvas San Telmo Museoa que te acerca una selección sorprendente para descubrir sus obras de arte en alta y súper-alta resolución siguiendo un itinerario diseñado para acompañarte tanto en tu visita al museo como para disfrutarlo desde casa.

Para mí, San Telmo es más que un edificio, es gente, son recuerdos, raíces, mi amatxo… siempre mi amatxo. Es el legado de quienes nos precedieron, desde los frailes dominicos hasta los donostiarras que creyeron en la cultura, es la resiliencia convertida en arte, conocimiento y reflexión, es arquitectura viva, que respira y se renueva sin perder su dignidad histórica, es un lugar donde miro un mural y me veo reflejada como vasca, donostiarra, parte de esta tierra y su historia.

A veces, cuando vuelvo a San Telmo es como quien regresa a casa. No importa cuántas veces lo haya cruzado porque siempre hay algo que me conmueve… ese susurro de piedras, el eco de los claustros, esas miradas en los murales, el silencio que precede al futuro posible.

El Museo San Telmo es uno de esos lugares de Donostia que nunca deja de enseñarte algo nuevo. Me hace ilusión poder compartir lo que guarda entre muros porque es parte de lo que somos… porque en San Telmo, todos somos memoria y futuro al mismo tiempo

DATOS CURIOSOS que quizás no sabías

  • Las piedras del convento original fueron reutilizadas en varias reformas posteriores y en algunas zonas todavía se aprecian marcas de los canteros que trabajaron hace más de cinco siglos.
  • El claustro renacentista, aunque parece simétrico, tiene pequeñas irregularidades intencionadas para evitar problemas de estabilidad.
  • La ampliación moderna (2011), diseñada por Nieto y Sobejano, tiene una fachada perforada con más de 3.000 agujeros de distintos tamaños que dejan pasar la luz y generan un efecto de “piel porosa” inspirada en las hojas de los árboles del monte Urgull.
  • El museo está literalmente “pegado” al monte Urgull, y en días húmedos se nota cómo las paredes respiran con el ambiente del bosque.
  • En los jardines interiores se han documentado especies vegetales traídas por los dominicos en los siglos XVI y XVII, que hoy ya forman parte del paisaje donostiarra.
  • Durante el asedio de 1813, el convento sufrió graves daños, pero algunos documentos guardados por los frailes lograron salvarse.
  • En el siglo XIX, antes de ser museo, el edificio fue cuartel militar, y todavía se conservan inscripciones hechos por soldados en algunas zonas menos accesibles.
  • El nombre de “San Telmo” proviene del patrón de los navegantes, y durante siglos fue lugar de oración de los marineros que partían del puerto de Donostia.
  • El museo alberga uno de los primeros cuadros de Ignacio Zuloaga, que lo donó cuando aún no era reconocido como pintor internacional.
  • En los fondos hay piezas etnográficas procedentes de Oceanía y América Latina, donadas por viajeros vascos en el siglo XIX. No siempre están en exposición, pero forman parte de su colección única.
  • Durante la Guerra Civil, parte de la colección fue trasladada en secreto para evitar saqueos y algunas obras no regresaron hasta los años 40.
  • El claustro y el antiguo convento han servido como escenario de rodajes de cine y televisión.
  • En algunas noches especiales se han organizado proyecciones sobre la fachada perforada, convirtiéndola en una pantalla gigante que dialoga con la ciudad.

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Zinemaldia: la ciudad que huele, respira y vive el cine

Hay ciertos momentos del año en los que Donostia deja de ser solo mi ciudad y se convierte en un gran escenario. En septiembre, cuando llega el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, todo cambia y las calles brillan más que nunca, la mirada se dirige al Kursaal y las conversaciones fluyen con títulos, directores y sueños. Para quienes amamos el cine, el Zinemaldia es más que un Festival… es una experiencia que late al ritmo de nuestras emociones.

Desde que era niña, recuerdo pasear por el paseo de La Concha y sentir esa electricidad suave en el ambiente. “La ciudad huele a cine”, decía mi amatxo y tenía razón. Las alfombras rojas, los artistas, los focos nocturnos, los cafés llenos de susurros, las colas frente al Victoria Eugenia… todo me hacía pensar que Donostia era, por unos días, el corazón del cine.

El Festival nació el 21 de septiembre de 1953, gracias al impulso de comerciantes locales que querían alargar el verano. La primera edición fue llamada “Semana Internacional del Cine” y aunque todavía no tenía reconocimiento oficial, fue un éxito de público y repercusión.

En 1957 llegó uno de los momentos clave: la FIAPF le otorgó la categoría A, lo que permitió que oficialmente fuera un certamen competitivo y se instituyera la Concha de Oro, el premio más codiciado del festival.

Al principio, mucho antes de que el Kursaal se convirtiera en el corazón del festival, las grandes galas de inauguración y clausura se celebraban en el Teatro Victoria Eugenia. Recuerdo las historias que me han contado o que he leído de aquellas noches mágicas, con la ciudad volcada en el glamour de un edificio que es pura joya arquitectónica, con ese aire elegante y majestuoso que todavía hoy impone respeto. Allí se vivieron los primeros aplausos, los discursos emocionados, los vestidos largos que subían sus escaleras alfombradas y los sueños de cine que parecían materializarse bajo su techo.

Hoy, esas galas se viven en el Kursaal, con su modernidad de cristal frente al mar, como símbolo de una Donostia que ha sabido renovarse sin olvidar su historia. Dos escenarios distintos, dos almas que forman parte de la misma memoria colectiva del Zinemaldia.

Y hay otro lugar sin el que no se entiende el festival: el Hotel María Cristina. Cada septiembre, sus puertas se convierten en el rincón donde muchos fans se acercan con la ilusión de ver de cerca a los actores y actrices que admiramos. Allí se agolpa la gente, cámaras en mano, móviles preparados, sonrisas de esperanza y aunque solo sea un segundo, ese instante en que una estrella cruza el vestíbulo, saluda o se detiene a firmar un autógrafo, se guarda en la memoria como si fuera parte de una película personal, porque el cine en Donostia no está solo en las pantallas: se vive en la calle, en las plazas, en los hoteles, en el aire que respiramos esos días.

¿Sabías que el festival ha estrenado en Europa “Star Wars” y “Vértigo” de Hitchcock? Este fue el escenario donde, por ejemplo, el cineasta Alfred Hitchcock presentó personalmente Vértigo.. qué lujo pensar que esas películas llegaron al resto de Europa desde aquí, desde nuestra donostiarra bahía.

El Zinemaldia no solo es cine, es encuentro. En la edición de 2024 se batieron récords: 172.301 espectadores, un 9 % más que el año anterior y más de 5.300 acreditados y la verdad es que me emociona ver la ciudad llena, vibrando, viva.

Una de las cosas que más me gusta del Festival es la variedad cinematrográfica que encierra:

  • Sección Oficial: grandes películas inéditas que compiten por la Concha de Oro.
  • Nuevos Directores: debutantes que nos regalan frescura y riesgo.
  • Perlak: lo más destacado de otros festivales, para revisitar lo mejor del año.
  • Zabaltegi-Tabakalera: espacio libre, experimental, donde los directores charlan con el público.
  • Horizontes Latinos, Made in Spain, Zinemira… y muchísimas otras secciones que celebran la diversidad del cine como la grandísima idea de convertir el Velódromo de Anoeta en un espacio gigantesco donde proyectan películas para miles de personas, haciéndonos sentir que el cine es para todos, sin elitismos.

En 1995, fue una de las primeras sedes europeas en proyectar en formato digital, un salto pionero y en 2022 se abrió el archivo histórico del Festival al público con miles de fotos, carteles, revistas y programas ya digitalizados para que investigadores y curiosos exploraran su historia.

A lo largo de décadas, han desfilado nombres que realmente me asombran: Audrey Hepburn, Bette Davis, Robert De Niro, Susan Sarandon, Pedro Almodóvar y tantos otros, y el poder cruzarte con ellos en cualquiera de las calles donostiarras, paseando tan tranquilos tiene una magia que afortunadamente sigue flotando en cada edición.

Cada año, cuando llega septiembre, siento que Donostia una vez más nos acerca al cine y que la vida en Donostia y el celuloide se funden.

El Zinemaldia me hace sentirme orgullosa, me recuerda que somos una ciudad llena de cultura, que hemos sido moldeados por las luces de proyector, por los guiones, por las imágenes y que el cine está impreso en nuestros adoquines, en nuestras memorias, en cada abrazo que se da detrás de una proyección.

El Zinemaldia es esa chispa recurrente que enciende nuestra ciudad, es sentirnos parte de algo grande, es oler a cine en cada esquina y en septiembre Donostia se viste de gala y se vuelve eterna.

Datos curiosos (más allá de la alfombra roja)

  • En los primeros años se presentaba el cine en español, y solo después se internacionalizó.
  • En los años 80 sufrió una crisis: perdió la categoría A y se recuperó en 1986, introduciendo el Premio Donostia (Gregory Peck fue el primero).
  • La alfombra roja mide 180 metros y está hecha con material 100 % reciclado.
  • La sección Culinary Zinema une cine y gastronomía de forma espectacular.
  • Solo dos películas animadas han inaugurado el festival: El niño y la garza y Futbolín.
  • Tres animaciones compitieron por la Concha de Oro en 2023, una cifra sin precedentes: Dispararon al pianista, El sueño de la sultana y El niño y la garza.
  • Más de 10.000 películas se han proyectado en el festival a lo largo de sus más de siete décadas, desde su primera en 1953 (Le retour de Don Camillo).
  • Seis cineastas han ganado dos veces la Concha de Oro: Francis Ford Coppola, Manuel Gutiérrez Aragón, Arturo Ripstein, Imanol Uribe, Bahman Ghobadi e Isaki Lacuesta.
  • 77 Premios Donostia han sido entregados hasta 1986, y la tradición continúa.
  • La primera producción vasca proyectada fue «Ama Lur» (1968), mientras que la primera en competir en Sección Oficial fue El proceso de Burgos (1979) de Imanol Uribe.
  • La primera directora que participó fue Ana Mariscal (1959), con una proyección fuera de concurso, y la primera mujer en ganar la Concha de Oro fue Yesim Ustaoglu, en 2008.
  • La primera película de animación en competir fue «101 dálmatas» en 1961.
  • El Premio Sebastiane, instaurado en 2000, reconoce películas que reflejan la realidad LGTBI+ y su nombre homenajea a la película Sebastiane (1976) de Derek Jarman.
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La Catedral del Buen Pastor: el corazón neogótico de mis recuerdos

Hay lugares que no necesitan presentación para quienes hemos crecido en Donostia. La Catedral del Buen Pastor es uno de ellos. No importa cuántas veces haya pasado por la calle Urdaneta, cuántas veces haya girado por la plaza del mismo nombre o cuántas fotos le hayan hecho los turistas al alzar la vista. Para mí, el Buen Pastor no es solo una catedral, es un punto de encuentro, una imagen grabada en la infancia y también una de las últimas postales de mi amatxo.

Ella solía decirme que le gustaba entrar a sentarse en uno de los bancos, con la luz filtrándose por las vidrieras y el sonido de las pisadas suaves sobre la piedra. A veces iba a rezar, otras solo a descansar del ajetreo del centro. Yo la acompañaba de vez en cuando y me fascinaba lo altísima que era.

Un símbolo neogótico en el centro de la ciudad

La Catedral del Buen Pastor se inauguró el 30 de julio de 1897 y desde entonces se ha convertido en uno de los símbolos arquitectónicos y espirituales de Donostia. Fue diseñada por Manuel de Echave y se construyó con piedra extraída del monte Igeldo. Su estilo es claramente neogótico, inspirado en las grandes catedrales europeas del siglo XIX, como la de Colonia (Alemania).

No se puede hablar del Buen Pastor sin mencionar su torre de 75 metros de altura, visible desde muchos puntos de la ciudad.

El interior: silencio, altura y luz

Entrar en la catedral es como cruzar un umbral hacia otro tiempo. La planta de cruz latina, sus tres naves, los altos ventanales, los rosetones policromados, todo está dispuesto para crear una sensación de recogimiento, pero también de asombro.

La luz que entra por las vidrieras, especialmente por la mañana, da un color casi mágico al interior. Siempre me ha gustado cómo cambia la luz según la hora del día. A veces, cuando la ciudad está gris, entras en la catedral y te encuentras con una paleta de colores cálidos que te envuelve.

Mi amatxo solía quedarse en silencio, sin mirar el altar, simplemente sentada. Para ella era un refugio.

Un punto de quedada, siempre

La plaza frente al Buen Pastor ha sido punto de encuentro de generaciones. Cuando era adolescente, quedaba “junto al Buen Pastor” y allí empezaban excursiones, citas, protestas, manifestaciones, abrazos de reencuentro o despedidas rápidas o esperaba a mi amatxo junto al Koldo Mitxelenea… pegadito a la catedral.

Era, y es, un lugar donde siempre hay alguien esperando. Incluso cuando no esperas a nadie.

Historia con raíces profundas

Aunque hoy es catedral, no siempre lo fue. El título de catedral se le concedió en 1953, cuando Donostia se convirtió en sede episcopal. Hasta entonces era solo una iglesia parroquial muy especial.

Durante su construcción, el edificio sufrió varios retrasos por problemas técnicos y presupuestarios. La estructura se levantó con una lógica neogótica muy moderna para su época, adaptando elementos clásicos a una ciudad en pleno crecimiento.

Se inspiraron, además de en Colonia, en otros templos europeos, aunque se cuidó mucho que mantuviera una estética “donostiarra”: elegante, sobria, pero con presencia.

Datos Curiosos

  • Se construyó con piedra arenisca del monte Igeldo, dando ese tono cálido y característico.
  • Su diseño está inspirado en la Catedral de Colonia, aunque con adaptaciones propias.
  • Una de las criptas alberga el primer columbario de la diócesis de San Sebastián
  • Su campanario tiene 9 campanas, una de ellas dedicada a Santa María.
  • Alberga un órgano de más de 9.535 tubos sonoros, el mayor de los cuales mide 10 metros. Su peso alcanza las 30 toneladas.
  • En el altar mayor puede verse la figura del Buen Pastor con una oveja sobre los hombros, símbolo del cuidado y la protección.
  • Su nombre fue elegido para rendir homenaje a Cristo como guía espiritual, no a ningún santo local.
  • El rosetón central fue restaurado tras los daños sufridos durante la Guerra Civil.
  • Las vidrieras representan escenas bíblicas y fueron elaboradas por reconocidos artesanos de la época. En particular, las siete vidrieras dobles del ábside muestran a los doce apóstoles y los Sagrados Corazones de Jesús y María. Además, el baptisterio cuenta con vidrieras figurativas que también aluden a pasajes bíblicos. 
  • El reloj de la torre es visible desde diferentes barrios de la ciudad, y marcaba antiguamente el ritmo diario.
  • En varias ocasiones se han hecho recorridos guiados nocturnos, donde se aprecian los efectos de luz desde otra perspectiva.
  • El templo fue cerrado al público en 2007 para una restauración completa que duró varios años. La restauración incluyó la transformación del presbiterio, la capilla de la Inmaculada, la capilla del Cristo y la sustitución del suelo de roble por mármol, entre otras mejoras. 
  • Está orientada al norte, no al este como muchas catedrales europeas.

Cada vez que paso por allí, no puedo evitar levantar la vista y buscar la torre. A veces bajo la lluvia, otras al atardecer. Y siempre siento lo mismo: es mi punto de referencia.

Donostia ha cambiado mucho, pero el Buen Pastor sigue ahí, con su silueta vertical, vigilante, serena. Y yo, cada vez que me siento un poco perdida —literal o emocionalmente—, sigo yendo a su plaza.

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El Ayuntamiento de Donostia: historia entre salitre y ruleta

Pocas veces nos detenemos a mirar edificios que tenemos tan interiorizados, como puede ser en mi caso el Ayuntamiento de Donostia-San Sebastián. Ahí está, frente a los jardines de Alderdi Eder, como si llevara toda la vida allí y sin embargo, cuando levanto la vista y me fijo de verdad en su fachada, en los balcones ornamentados, siempre me viene lo mismo a la mente: “Aquí, hace más de un siglo, no se gobernaba… se jugaba”.

Sí, el actual Ayuntamiento de Donostia fue antes un casino. Pero no un casino cualquiera. Fue uno de los más lujosos y escandalosos de Europa. Un lugar donde reyes, duquesas, espías, artistas y vividores dejaban sus noches —y muchas veces sus fortunas— entre ruletas, copas de champán y susurros al oído.

Y a mí, como donostiarra, siempre me ha fascinado esa dualidad: que el edificio que hoy alberga el alma política de mi ciudad, fuera hace no tanto un templo del azar, la frivolidad y los secretos.

Construido entre 1882 y 1887 en estilo neoclásico, el Gran Casino de San Sebastián fue diseñado para deslumbrar… y vaya si lo consiguió. Su situación era inmejorable: frente al mar, en pleno centro, rodeado de jardines. Se inauguró el 1 de julio de 1887 y pronto se convirtió en el corazón de la Belle Époque donostiarra.

Donostia, capital del glamour

A finales del siglo XIX y principios del XX, Donostia se había convertido en destino de moda entre la aristocracia europea. La Reina María Cristina veraneaba en la ciudad y eso lo cambió todo. La alta sociedad la siguió y con ella llegaron los teatros, los baños termales, los conciertos, los carruajes… y por supuesto, el casino.

En el Gran Casino se jugaba, se bailaba, se conspiraba. Se ofrecían conciertos, obras de teatro, banquetes y veladas inolvidables. Aquí actuaron figuras como Isaac Albéniz o Sarasate. Era, literalmente, el centro de la vida social de Donostia.

Yo siempre he pensado que la historia de este edificio resume la historia de la ciudad: elegante, cambiante y llena de contrastes.

Entre juegos y escándalos

El casino fue durante años símbolo de esplendor, pero también de excesos. Se dice que, además del juego, se realizaban desde tráfico de influencias hasta el espionaje de alto nivel, pasando por fiestas donde no faltaban los secretos de alcoba.

El fin de una era

Pero todo cambia. En 1924, con el auge de la moral conservadora y el creciente rechazo al juego, el Gobierno de Primo de Rivera prohibió los casinos en España y el de San Sebastián cerró sus puertas. Aún se mantuvo como salón de actos y de espectáculos algunos años más, pero su brillo fue apagándose.

Durante la Guerra Civil, fue requisado. Y en 1947, el edificio fue oficialmente reconvertido en Casa Consistorial. La sede del Ayuntamiento, que hasta entonces estaba en la Plaza de la Constitución, se trasladó aquí, buscando un lugar más amplio y simbólico. Así, el corazón del poder político se instaló en el antiguo templo del azar.

A lo largo de mi vida, he pasado mil veces frente al Ayuntamiento. En San Sebastián, es inevitable. Está en medio de todo. Lo he visto con el cielo despejado, bajo tormentas de salitre, iluminado en Navidad, engalanado en Semana Grande y también silencioso en días de invierno.

He ido a manifestaciones delante de él, he paseado por Alderdi Eder de la mano de mi amatxo, he visto bodas, protestas y hasta el cañonazo de la Aste Nagusia. Pero nunca he dejado de pensar que ese edificio tiene doble alma. Que bajo los despachos y las banderas, todavía late el eco de las noches de champagne y jazz.

El salón de plenos: memoria y transformación

El salón de plenos está ubicado donde antes estaba la gran sala de baile del casino. Las lámparas, los techos, los detalles… muchos siguen ahí. Es como si las decisiones de hoy se tomaran con el susurro del pasado revoloteando por las paredes.

Los debates que hoy afectan a mi ciudad —la vivienda, la cultura, el feminismo, la sostenibilidad— se discuten en el mismo lugar donde hace más de un siglo se decidían apuestas con una ficha entre los dedos.

Datos curiosos sobre el antiguo Gran Casino

  • En su inauguración en 1887 se organizó un baile de máscaras al que asistió lo más selecto de la alta sociedad europea.
  • El edificio fue obra del arquitecto José Goicoa y su construcción costó 750.000 pesetas de la época.
  • El Gran Casino se convirtió rápidamente en uno de los centros de ocio más importantes de Europa, comparado con los de Biarritz o Montecarlo.
  • Durante la Belle Époque, Donostia tuvo hasta dos casinos: el de Alderdi Eder (el actual Ayuntamiento) y otro en el barrio de Gros, llamado Kursaal, que también fue derribado y reconstruido en forma muy diferente décadas después.
  • Isaac Albéniz, célebre compositor, actuó en el casino en varias ocasiones.
  • La prohibición del juego en 1924 fue un mazazo para la economía local, ya que el casino generaba mucho empleo y turismo de lujo.
  • Se conservan partes originales del casino, como techos, suelos de madera y la gran escalera de mármol.
  • En 2017 se celebró el 70 aniversario del traslado del Ayuntamiento, con exposiciones, fotografías antiguas y visitas guiadas.
  • El edificio fue bombardeado durante la Guerra Civil, aunque sin grandes daños estructurales.
  • En los años dorados del casino (1887–1924), más de 1.000 personas trabajaban directa o indirectamente relacionadas con su actividad.
  • Atraía a una clientela internacional: la nobleza rusa, espías europeos y estrellas de cine cruzaban sus puertas.
  • Algunos jugadores eran tan supersticiosos que no tocaban el dinero ganado con las manos: usaban guantes o pañuelos.
  • Las ganancias del casino eran tan altas que se rumorea que aportaban más al desarrollo de la ciudad que los impuestos municipales.
  • El actual salón de plenos del Ayuntamiento era antes la gran sala de fiestas y baile del casino, y conserva decoraciones originales como lámparas y techos tallados.
  • Durante su funcionamiento, el Gran Casino fue uno de los espacios más lujosos de la ciudad, con alfombras traídas de Francia y mármoles italianos.

A veces pienso que vivir en Donostia es eso: caminar entre capas de historia que se cruzan sin hacerse daño… La ciudad se ha transformado tantas veces y sin embargo sigue siendo ella.

El Ayuntamiento es un símbolo de eso: de lo que fuimos y lo que somos. Y yo, donostiarra de pies descalzos en La Concha, lo miro cada vez que paso por Alderdi Eder, pensando que este edificio no es solo arquitectura. Es un testigo. Y como toda buena donostiarra, yo también tengo memoria.

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Isla de Santa Clara: la promesa constante desde la orilla

Crecí viendo esa silueta en medio de la bahía. Siempre ahí, inmóvil, serena, rodeada de bruma algunos días, brillante bajo el sol en otros. La Isla de Santa Clara, ese pequeño trozo de tierra que asoma en el corazón de la bahía de La Concha, ha sido una presencia silenciosa y constante en mi vida… y sin embargo, nunca la he pisado.

Nunca he pisado su tierra, nunca he sentido la arena de su pequeña playa bajo mis pies ni he subido hasta su faro y sin embargo, siento que la conozco, que forma parte de mí.

La isla que siempre está

Tiene algo especial. No solo porque sea una isla en mitad de la ciudad, que ya de por sí tiene su encanto. Tiene una presencia misteriosa. Desde la distancia, parece pequeña y amable pero en días de temporal, cuando el mar ruge, se transforma: se alza como una fortaleza natural, azotada por las olas, resistiendo con dignidad.

Recuerdo mirar la isla de niña y preguntarme si alguien vivía allí. Me intrigaban las barquitas que llegaban en verano, las luces del faro por la noche, las historias que oía a los mayores. Siempre ha sido una isla que invita a imaginar.

Historia de un refugio

La Isla de Santa Clara tiene una historia larga y curiosa. Aunque hoy la veamos como un lugar de recreo, durante siglos fue un lugar de aislamiento. En tiempos de epidemias, como la peste del siglo XV o el cólera del XIX, se usó como lugar de cuarentena. Era la forma que tenía la ciudad de protegerse: alejar a los enfermos y mandarlos a la isla para evitar el contagio. Hubo una ermita y más tarde, un hospital.

Durante la Guerra de la Independencia, en 1813, las tropas anglo-portuguesas desembarcaron en la isla, que estaba defendida por soldados franceses. Tras una feroz batalla, lograron tomarla y establecer baterías de cañones para bombardear la ciudad, que caería poco después.

Me estremece pensar que ese lugar que hoy se asocia al verano, a las excursiones y a los baños, fue en su día una especie de exilio forzoso.

El faro y Hondalea

En 1864 se construyó el faro, una pequeña torre blanca que sigue en pie. No es muy alto, pero desde su posición domina toda la bahía y su luz ha guiado a los barcos durante generaciones.

En 2021, la artista Cristina Iglesias creó «Hondalea», una obra monumental que se esconde en el interior del edificio. Es una escultura que representa una sima marina y se llena y vacía con las mareas. Una conexión directa entre arte, mar y territorio. No he podido verla en persona, pero sé que ha cambiado la forma en que mucha gente mira ahora la isla.

La cuarta playa de Donostia

No mucha gente lo sabe, pero la isla tiene su propia playa. Una pequeña lengua de arena que solo aparece con la bajamar. Es la cuarta playa de Donostia, después de La Concha, Ondarreta y la Zurriola. Su orientación sur es un detalle poco común en las costas vascas y por eso su microclima la hace especialmente agradable en los días de verano.

Cómo llegar

Hoy en día se puede llegar a la isla en barco durante los meses de verano, gracias a las embarcaciones que salen del puerto. También se puede ir en kayak, en paddle surf o nadando… si tienes fuerzas y energía.

Y sin embargo, nunca he cruzado hasta allí. Tal vez porque verla desde la distancia me permite imaginarla, idealizarla, mantenerla como un lugar mágico e inalcanzable.

Por supuesto, también puedes simplemente observarla desde la barandilla, desde el espigón del puerto, desde lo alto del Monte Urgull o desde Igueldo.

Lo que no se ve desde la orilla

La isla mide 400 metros de largo y 48 metros de altura. Tiene una superficie de 5,6 hectáreas y aunque parece pequeña, esconde caminos, bancos, merenderos, e incluso baños públicos. En verano hay un pequeño bar, donde se puede tomar algo con vistas a la bahía. Me gusta imaginar ese lugar, ese momento de paz. Sentarse allí, viendo la ciudad desde el otro lado, con la marea suave y el aire salado.

También hay gaviotas patiamarillas y un ecosistema que se mantiene casi intacto gracias a que no se puede construir nada nuevo. Es un espacio protegido, un pequeño pulmón dentro del mar.

Leyendas, historias y anécdotas

Una leyenda curiosa cuenta que, en una guerra, Donostia cedió la isla a Eibar como pago por armas. No hay documentos que lo prueben, pero la historia circula desde hace generaciones.

También se dice que el lingüista y escritor Txillardegi, uno de los grandes nombres de la literatura vasca, escribía en las mesas de la isla. No sé si es cierto, pero me gusta pensar que las palabras pueden nacer allí, entre las gaviotas y el sonido de las olas.

Una isla que nos pertenece a todos

Y a nadie, porque no tiene casas, ni carreteras, ni habitantes. Es tierra libre. Un símbolo. Un faro. Una promesa. Un lugar que forma parte del alma de la ciudad.

Para mí, Santa Clara es más que una isla. Es un símbolo de Donostia, una parte esencial de su paisaje y de su historia. Aunque nunca la haya pisado, siento que forma parte de mí, de mis recuerdos, de mi identidad como donostiarra.

Sabías qué…

  • En 1220, San Francisco de Asís visitó la isla y enfermó debido al frío y la humedad. Se cree que durante su estancia en Donostia surgió la idea de construir una ermita en la isla, que más tarde se dedicaría a Santa Clara, colaboradora de Francisco y fundadora de la orden de las Clarisas.
  • Durante siglos, la isla fue utilizada como espacio de aislamiento en pandemias. En el siglo XVI se construyó allí una ermita-hospital donde se enviaban a los contagiados de peste y cólera. En 1597 murieron 48 personas en tan solo una semana.
  • El faro de Santa Clara, inaugurado en 1864, fue uno de los primeros que funcionaron con energía eléctrica en la costa vasca. Hoy alberga la escultura «Hondalea», que aprovecha el hueco original de la linterna para fusionarse con el paisaje marino.
  • En los años 60 se planteó construir una pasarela fija que uniera la isla con el puerto, pero se abandonó por su alto coste y el impacto ambiental.
  • Aunque deshabitada, la isla tiene una flora y fauna propias. Alberga una colonia de gaviotas patiamarillas y su vegetación autóctona es muy valiosa.
  • En 1923 se realizó allí un espectáculo teatral al aire libre que atrajo a cientos de personas. Fue una de las primeras actividades culturales modernas celebradas en la isla.
  • Algunos aseguran que los carceleros de Urgull mandaban a prisioneros rebeldes a Santa Clara como castigo. No hay documentos que lo confirmen, pero la leyenda persiste.
  • Se dice que en tiempos de la Reina María Cristina, la isla era usada como zona de recreo para la aristocracia, que llegaba en barca desde el Palacio de Miramar.
  • La isla ha sido mencionada en la canción «Inmortal» de La Oreja de Van Gogh.

Tal vez un día…

A veces me pregunto si algún día iré. Si cogeré una barco en el puerto, si caminaré por su sendero, si me sentaré junto a Hondalea. Tal vez sí… tal vez no. Pero lo que tengo claro es que la isla ya forma parte de mí. La he mirado tantas veces que está en mi memoria, en mis emociones, en mi forma de entender esta ciudad.

Porque a veces, los lugares más especiales son aquellos que admiramos desde la distancia, aquellos que nos permiten soñar, imaginar y sentir sin necesidad de tocarlos… porque hay lugares que no necesitas tocar para que sean tuyos.

Santa Clara es eso para mí: una promesa constante desde la orilla.

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Playa de la Zurriola: el mar que me enseña a ser valiente

Hay lugares que una no elige. Te escogen ellos. Te encuentran. Te abrazan. Te enseñan.
Para mí, ese lugar es la playa de la Zurriola o como también la llamamos… la Playa de Gros.

No fue la primera playa que pisé de pequeña. Como muchos donostiarras, mi infancia olía a salitre en la Concha, pero cuando crecí, cuando necesité espacio, viento en la cara, libertad y algo de rebeldía… Zurriola me estaba esperando y ya no me fui.

El alma del barrio de Gros

Zurriola no es solo arena y mar, es el latido de Gros.
Es ese paseo de Sagués donde se mezclan skaters, familias, parejitas jóvenes, gente que lee al sol y surfistas con la piel salada.
Es ese banco que siempre está libre cuando lo necesitas, esa risa de alguien que no conoces, pero te contagia.

La Zurriola es menos perfecta que la Concha, no tiene su elegancia ni su simetría, es más salvaje, más cruda, más viva y por eso, más real.
Aquí no importa si vienes sola, despeinada, con el alma revuelta o sin saber adónde vas. El mar no te juzga… te entiende.

Donde aprendí a mirar el mar de frente

Zurriola me enseñó a mirar las olas de frente.
A veces enormes, con fuerza bruta, como cuando la vida arremete sin avisar.
Otras suaves, casi pidiendo permiso para acariciar la orilla.

Y aprendí que no hay que luchar contra todas, que algunas hay que dejarlas pasar, que no siempre hay que ser fuerte, que rendirse también es sabio.
Eso lo aprendí mirando el mar… mi mar.

Y justo ahí, al comienzo de la playa, está el Kursaal. Imposible no verlo.
Sus cubos de cristal se iluminan cada noche como dos faros modernos que vigilan la ciudad. Algunos dicen que rompe con la estética de Donostia, pero yo, en cambio, lo siento ya parte del paisaje, como si siempre hubiera estado ahí… imagino que ya me habré acostumbrado, porque es cierto que al principio me chirriaba mucho dentro del paisaje.

Cuando llega septiembre y se celebra el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, Zurriola cambia, se viste de gala sin perder su esencia.
Ves a gente paseando por la arena con sus acreditaciones colgadas al cuello, cámaras de televisión que apuntan al horizonte, alguna actriz internacional que se acerca al espigón a hacerse una foto con el mar de fondo, porque aquí el cine también huele a sal.

El rugido de los surfistas

Me gusta esta playa porque que está viva, siempre se siente viva.
Nunca se queda quieta. Hay viento, hay movimiento, hay risas, hay caídas… y sobre todo, hay surfistas.
Da igual si hace frío, si está lloviendo, si las olas son demasiado grandes o demasiado pequeñas… allí están.
Algunos con tablas enormes. Otros con tablas casi más grandes que ellos.
Y muchas, muchas chicas. Mujeres valientes, decididas, que conquistan las olas como quien conquista la vida.

Sagués: un rincón de encuentros

Si hay un punto de la ciudad donde todo puede pasar, es Sagués, allí empieza o termina todo, según cómo lo mires.

He visto declaraciones de amor en el espigón.
He visto despedidas silenciosas y reencuentros llenos de gritos.
Me he visto a mí misma, mil veces, sentada frente al mar, intentando entenderme.

Hay algo mágico en Sagués.
Quizá sea ese contraste entre la ciudad y el mar abierto.
O esa sensación de estar justo en el borde del mundo, como si con un paso más pudieras saltar al infinito.

Zurriola de día, de noche, de siempre

Hay momentos del día que solo son posibles aquí.
El amanecer en Zurriola tiene un color que no se parece a nada. Es naranja, es rosa, es dorado, es silencio y promesa.
El atardecer, en cambio, es un poco más ruidoso, más compartido pero igual de bello.

Y de noche, cuando ya solo quedan las farolas encendidas y las olas que no duermen nunca, Zurriola se convierte en un susurro, en un secreto.
Zurriola siempre responde, si sabes escuchar.

Y si alguna noche de julio bajas por aquí, entonces el mar tiene banda sonora: la del Jazzaldia, el festival de jazz más antiguo del Estado y uno de los más antiguos de Europa.
Ver a miles de personas sentadas en la arena, escuchando a grandes músicos del mundo mientras las olas rompen a pocos metros, es una imagen inolvidable, porque aquí la música no suena desde un escenario frío, suena desde el corazón de la ciudad, desde el alma de su gente.
El jazz y el mar se entienden, se respetan y se acompañan.

Sabías qué…

  • Es la playa más joven de Donostia: aunque existía desde hace más de un siglo, fue remodelada en 1994, con una importante ampliación de su arenal. A partir de ahí se convirtió en lo que es hoy.
  • Surf en el corazón urbano: gracias a su orientación al norte y su oleaje constante, Zurriola es una de las mejores playas urbanas para el surf en toda Europa. Acoge competiciones nacionales e internacionales.
  • La playa de los jóvenes: por su energía, su ambiente y su cercanía al barrio de Gros, Zurriola es la favorita de la juventud local y visitante. El contraste con la Concha y Ondarreta es evidente.
  • El espigón de Sagués fue clave en su formación: construido para controlar las corrientes y proteger la ciudad, su efecto sobre la arena y el oleaje ayudó a moldear el arenal actual.
  • Eventos culturales en la arena: ha sido escenario de conciertos al aire libre, campeonatos de voleibol playa, fútbol, festivales culturales y actividades deportivas organizadas por el Ayuntamiento.
  • Desde el Kursaal hasta Ulía: la playa se extiende desde el espigón del Kursaal, junto al río Urumea, hasta la falda del monte Ulía, conectando cultura, naturaleza y mar.
  • Epicentro del skate y la bici: la explanada de Sagués, justo al lado de la playa, es uno de los puntos de reunión de skaters, bikers y jóvenes artistas urbanos. Un mini parque cultural sobre ruedas.
  • Un símbolo de apertura y diversidad: la Zurriola es considerada por muchos como la playa más inclusiva de Donostia: surfers, turistas, familias, ancianos, jóvenes, locales y extranjeros conviven sin etiquetas.

Y vuelvo, siempre vuelvo, vuelvo porque me hace sentir viva, porque Zurriola me recuerda que la belleza está en lo imperfecto, en lo salvaje, en lo libre y porque cada vez que bajo las escaleras del paseo y piso su arena, siento que vuelvo a casa.

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Monte Ulía: mi refugio secreto entre mar, viento y memoria

Hay lugares que no necesitan palabras, porque bastan con pisarlos para que el corazón entienda. Para mí, uno de esos lugares es el Monte Ulía. No tiene la fama del Monte Igueldo ni las postales de la Concha, pero guarda algo más valioso: silencio, brisa, memoria y una paz que solo conocen quienes suben sin prisa, con los sentidos bien abiertos y el alma un poco revuelta.

Ulía ha sido siempre uno de mis refugios. Un escondite cuando necesitaba respirar, escenario de paseos largos, de conversaciones, de lágrimas y de risas inesperadas y hoy quiero hablarte de él. Porque si vienes a Donostia y no subes al Monte Ulía, te estás perdiendo algo esencial de esta ciudad que va más allá de lo turístico. Es la Donostia salvaje, la que mira al mar sin filtros, la que huele a sal y a historia.

Donde empieza el camino

Para mí, el comienzo perfecto está en el barrio de Gros, al final de la playa de la Zurriola, por Sagüés. Allí comienza la subida al monte, con una pendiente suave que va dejando atrás la ciudad y se adentra en el verde. Cada paso hacia arriba es una despedida de la parte urbana de la ciudad y un abrazo con la naturaleza, y lo primero que me recibe es el sonido del mar golpeando las rocas, fuerte, rítmico, casi como un corazón.

Subir Ulía no es difícil. Es un monte amable, con caminos bien marcados, sombras frescas, bancos que invitan a detenerse y miradores que quitan el aliento. Pero lo mejor no son los paisajes —que son espectaculares—, sino lo que se despierta por dentro cuando estás allí. Ulía te conecta contigo misma y eso vale más que cualquier postal.

Vistas que curan

Uno de los momentos que más disfruto es cuando, al subir un poco, aparece el mar de golpe. A la izquierda, la playa de la Zurriola se queda pequeña y la ciudad se va desdibujando entre los árboles. De frente, solo azul. Azul profundo, azul infinito.

Un monte con historia

Aunque mucha gente lo ve solo como un lugar para pasear, el Monte Ulía tiene un pasado muy interesante. En el siglo XVI ya se utilizaba como puesto de vigilancia para avistar ballenas. De hecho, el nombre original era “Mirall o Mirallunes”, nombre que proviene del idioma gascón porque desde allí se vigilaba el mar en las noches de luna llena. Los vigías avisaban a los pescadores cuando veían ballenas acercarse a la costa. Es decir, este monte no solo es bello: fue parte de la supervivencia de nuestra gente.

Más tarde, en el siglo XIX, se construyeron en Ulía varias baterías militares para defender la ciudad de posibles ataques. Aún se pueden ver algunos restos: túneles, muros de piedra, miradores estratégicos.

Dato curioso: Durante muchos años, Ulía fue el pulmón secreto de Donostia, porque además de ser un monte, también albergaba una parte del sistema de abastecimiento de agua de la ciudad y aún se conservan los antiguos depósitos de agua de Soroborda.

Fauna y flora con nombre propio

Ulía es uno de los espacios naturales más ricos de San Sebastián y hay zonas de bosque autóctono, con robles, castaños y hayas.

Si tienes suerte, puedes ver aves rapaces, erizos, ardillas y si te fijas bien en los matorrales, puedes encontrar flores silvestres preciosas, como las campanillas o las margaritas salvajes.

Y por supuesto, los acantilados. Porque Ulía es un balcón sobre el mar. En algunas zonas, los cortados son tan verticales que parece que el monte se rompe y se lanza al Cantábrico sin miedo. En días de temporal, las olas chocan con tanta fuerza que retumban en el suelo. Y ese sonido… ese sonido no se olvida nunca.

Mis rutas favoritas

Hay muchas maneras de disfrutar Ulía, pero te voy a contar las dos que más me gustan:

Ruta 1: De Sagüés al Faro de La Plata: Es la más conocida. Se tarda más o menos una hora y media caminando con calma. El camino es precioso, siempre paralelo al mar, entre bosque, prados y miradores. El destino es el Faro de La Plata, que se encuentra sobre la bocana del pueblo de Pasaia, con su torre blanca y su tejado rojo.

Dato curioso: El faro fue inaugurado en 1855 y todavía sigue funcionando.

Ruta 2: Vuelta circular por los depósitos de Soroborda: Esta es menos conocida, pero igual de mágica. Te adentras en el bosque, subes por sendas estrechas y de repente aparece una gran estructura de piedra cubierta de musgo: los depósitos de agua.

Cuando llueve en Ulía

Soy donostiarra, así que he aprendido a no tenerle miedo a la lluvia y de hecho, me encantan los días de lluvia en Donostia… está preciosa entre tonos de gris y Ulía bajo la lluvia es un poema que se escribe con los pies. El olor a tierra mojada, el sonido de las gotas en las hojas, el barro pegándose a las botas… todo se vuelve más íntimo, menos turístico, más real.

Y por si vienes tú…

Si alguna vez vienes a Donostia y te apetece conocer la ciudad de otra manera, sube al Monte Ulía. No necesitas más que unas zapatillas cómodas, agua y ganas de dejarte sorprender. No está en todas las guías, no tiene colas ni entradas, pero te aseguro que te dejará huella. Y si ya lo conoces, vuelve… siempre hay algo nuevo que descubrir.

Sabías qué…

  • El Monte Ulía alcanza una altura de 235 metros sobre el nivel del mar y cuenta con una extensión de más de 300.000 m².
  • En 2012 se inauguró el Centro de Interpretación del Monte Ulía que ofrece información sobre la flora, fauna y biodiversidad del entorno, además de talleres didácticos y rutas guiadas.
  • Dentro del Centro de Interpretación se encuentra un pequeño huerto ecológico donde se realizan talleres relacionados con la agricultura sostenible.
  • A principios del siglo XX, se inauguró en el Monte Ulía el primer tranvía eléctrico de la península, facilitando el acceso al monte y convirtiéndolo en un lugar de esparcimiento para la aristocracia.
  • En 1907, Leonardo Torres Quevedo instaló en el Monte Ulía el primer transbordador aéreo apto para el transporte público de personas, una innovación tecnológica de la época.
  • Los acantilados del Monte Ulía fueron designados en 2004 como Lugar de Importancia Comunitaria (LIC) y están integrados en la Red Natura 2000, destacando por su riqueza en hábitats naturales, fauna y flora.
  • En el extremo occidental del monte, en la zona de Monpas, se encuentran restos de fortificaciones y baterías militares construidas a finales del siglo XIX, utilizadas como defensa costera.
  • La vista desde Monte Igueldo ha sido calificada como una de las más espectaculares de Europa por viajeros y fotógrafos.
  • Situado al inicio del camino hacia el monte se encuentra el Parque de Viveros de Ulía que albergó viveros que suministraron plantas para los jardines públicos de San Sebastián durante todo el siglo XX hasta 2008.
  • Desde principios del siglo XX, el Monte Ulía se consolidó como una zona de recreo, contando con áreas de picnic, zonas infantiles y miradores que ofrecían vistas panorámicas de la ciudad y el mar.

Ulía no es solo un monte, es historia, es mar, es silencio. Es un lugar donde ser, sin más. Donde la ciudad se vuelve susurro y la naturaleza se convierte en abrigo. Para mí, Ulía es ese rincón que me recuerda quién soy cuando todo se desordena y eso… eso no tiene precio.

Si vienes a Donostia, te lo presto. Ulía siempre tiene sitio para una más.

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Monte Igueldo: El mirador más encantador de San Sebastián

Desde que tengo uso de razón el Monte Igueldo ha sido para mí un lugar mágico, un rincón de San Sebastián que es capaz de encapsular la esencia de nuestra ciudad. Nací y crecí en esta hermosa tierra y cada visita a Igueldo es un viaje al pasado, a mis recuerdos más preciados y al mismo tiempo, una conexión con el presente y el futuro de Donostia.

El Encanto del Funicular: Un Viaje en el Tiempo

La aventura comienza en la base del monte, en la antigua estación de funiculares de San Sebastián. Inaugurado el 25 de agosto de 1912, este funicular ha transportado a generaciones de donostiarras y visitantes a la cima de Igueldo. Las cabinas, que aún conservan su diseño original, nos invitan a un viaje nostálgico, recordándonos la elegancia de tiempos pasados. Subir en el funicular es como abrir un libro de historia, donde cada crujido de la madera y cada vibración nos cuentan relatos de épocas pasadas. El trayecto, aunque breve, nos ofrece vistas que quitan el aliento: la ciudad desplegándose bajo nuestros pies, el Cantábrico extendiéndose hasta el horizonte y la promesa de las maravillas que nos esperan en la cima.

El Parque de Atracciones: Donde la Nostalgia y la Diversión se Encuentran

Al llegar arriba, somos recibidos por el Parque de Atracciones, que con su aire retro es un testimonio vivo de la historia de San Sebastián. Atracciones como el «Río Misterioso», la «Casa del Terror» y por supuesto la legendaria «Montaña Suiza»… si, nuestra montaña es Suiza, nos transportan a épocas en las que la diversión era más sencilla pero no menos emocionante. La «Montaña Suiza», inaugurada en 1928 es la montaña rusa de acero más antigua del mundo aún en funcionamiento. Diseñada por el ingeniero alemán Erich Heidrich, esta atracción ofrece un recorrido que aunque no es el más vertiginoso, nos brinda una experiencia única con vistas panorámicas impresionantes de la ciudad y el mar.

El Torreón: Un Mirador con Historia

Otro punto destacado de Igueldo es su emblemático Torreón. Este mirador, que en su origen funcionó como faro, nos ofrece una perspectiva inigualable de San Sebastián. Subir sus escaleras es adentrarse en la historia marítima de la ciudad, imaginando a los antiguos marineros guiados por su luz y desde la cima, en días despejados, hay quien dice que la vista se extiende desde el cabo Machichaco hasta las Landas francesas, recordándonos la posición privilegiada de nuestra ciudad en la costa cantábrica.

Un Lugar de Encuentros

Para mí Igueldo no es solo un lugar turístico, es el escenario de momentos personales inolvidables, es mi niñez y mi juventud, es el recuerdo de tardes de verano con mi amatxo, compartiendo risas y meriendas mientras el sol se ponía sobre la bahía.

La Magia de las Estaciones en Igueldo

Cada estación del año le otorga a Igueldo un encanto particular. En primavera el monte se viste de un verde intenso, con flores que salpican de color el paisaje. El aire fresco y las brisas suaves hacen que cada paseo sea revitalizante. El verano trae consigo días largos y soleados, donde el parque de atracciones cobra vida con risas y música y las noches se llenan de magia con vistas estrelladas desde el Torreón. El otoño tiñe el monte de tonos ocres y dorados, ofreciendo una atmósfera más tranquila y reflexiva, perfecta para contemplar la ciudad envuelta en una luz suave. Y el invierno, aunque más frío, nos regala paisajes de ensueño, con el mar embravecido y una sensación de paz que solo se encuentra en esta época del año.

La Gastronomía: Sabores con Vista al Mar

No puedo hablar de Igueldo sin mencionar la deliciosa oferta gastronómica que se encuentra en sus alturas. Desde pequeños puestos que ofrecen dulces tradicionales hasta restaurantes que combinan la cocina vasca con vistas panorámicas, cada bocado en Igueldo es una celebración de nuestra cultura culinaria.

Sabías qué…

  • El funicular del Monte Igueldo es el más antiguo del País Vasco, inaugurado en 1912, y aún conserva su encanto original con vagones de madera.
  • La Montaña Suiza, inaugurada en 1928, es la montaña rusa de acero más antigua del mundo en funcionamiento.
  • El Torreón de Monte Igueldo fue originalmente un faro del siglo XVIII, utilizado para guiar a los barcos que entraban a la bahía.
  • El Parque de Atracciones de Monte Igueldo mantiene muchas de sus atracciones originales, lo que lo convierte en un parque con un encanto único en el mundo.
  • El escritor Pío Baroja mencionó Monte Igueldo en varias de sus novelas, reflejando su importancia en la historia de San Sebastián.
  • Antes de ser un parque de atracciones, en la cima existía una atalaya medieval utilizada para vigilar la costa y proteger la ciudad de ataques marítimos.
  • El parque ha conservado su esencia desde los años 20, manteniendo su estética y muchas de sus atracciones originales.
  • La vista desde Monte Igueldo ha sido calificada como una de las más espectaculares de Europa por viajeros y fotógrafos.
  • A pesar de su altura de 181 metros, su suave inclinación permite disfrutar de unas vistas panorámicas perfectas.
  • Los marineros usaban Monte Igueldo como referencia para refugiarse antes de la llegada de grandes tormentas en el mar.

Igueldo es un refugio perfecto para escaparse una mañana y reflexionar por todo o por nada, simplemente dejarse llevar por el viento que acaricia tu piel o también es ideal para disfrutarlo en familia o con amigos. Hay algo en la combinación de su aire puro, el sonido del mar y la serenidad de sus paisajes que calma el espíritu y renueva las energías. Igueldo es único y especial, parte del alma y la esencia de mi ciudad… la más bonita del mundo.

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Orgullo donostiarra: La emoción de la tamborrada y los recuerdos que nos unen

No importa dónde esté ni cuántos años pasen, cada vez que escucho los primeros compases de la marcha de San Sebastián, mi corazón da un vuelco. Me resulta imposible no emocionarme. Es como si, por unos segundos, estuviera de nuevo en casa, rodeada del sonido inconfundible de los tambores, de la alegría de la gente, de las calles llenas de vida y, sobre todo, de los recuerdos que compartí con mi amatxo. El día de San Sebastián y su tamborrada, para los donostiarras, es mucho más que una fiesta, es identidad, tradición y, para mí, un vínculo eterno con mi tierra.

Los primeros recuerdos: el brillo en los ojos de mi amatxo

De niña, la tamborrada no solo significaba el día más esperado del año, sino también una oportunidad para ver a mi amatxo en su mejor versión. Recuerdo cómo hablábamos emocionadas sobre el ambiente, la gente, el despliegue de colores y música que llenaba nuestra ciudad y por supuesto, nunca faltaba la conversación sobre quién había recibido el Tambor de Oro ese año.

Uno de los momentos que más le emocionaba era la tamborrada Infantil. Mi amatxo siempre decía que no había nada más bonito que ver a los niños marchar con tanta ilusión, con esos uniformes impecables y tambores casi más grandes que ellos, y es cierto que somos afortunados por formar parte de esta tradición única.

Origen y evolución de la Tamborrada

La tamborrada, tal como la conocemos hoy, tiene un origen por lo menos, curioso e interesante. Lo leí hace tiempo en un artículo en el que contaban que esta tradición empezó a mediados del siglo XIX, cuando los panaderos y aguadores de la ciudad salían tocando tambores y barriles, burlándose de las marchas militares que solían escucharse en las calles. Fue Raimundo Sarriegui quien dio forma musical a lo que ahora conocemos como las marchas más conocidas del día de San Sebastián.

La magia del Día de San Sebastián

El Día de San Sebastián comienza a medianoche, cuando la bandera de nuestra ciudad ondea en la Plaza de la Constitución mientras resuena la emblemática marcha compuesta por Raimundo Sarriegui. Es imposible describir la emoción de estar allí, rodeado de donostiarras y visitantes, todos unidos por el amor a esta tierra. Durante 24 horas San Sebastián vibra al unísono con el sonido de los tambores y barriles, marcando el ritmo de una celebración que llena de vida cada rincón de la ciudad.

La tamborrada es una reafirmación de nuestra identidad. Participan más de 15.000 personas distribuidas en más de 150 tamborradas que desfilan por la ciudad, todas luciendo trajes que recuerdan nuestra historia: desde soldados napoleónicos hasta cocineros y aguadoras. Es un espectáculo que consigue emocionar tanto a quienes lo vivimos desde dentro como a quienes lo observan por primera vez.

La conexión con nuestra tierra

La tamborrada no solo es música, tambores y barriles… también es gastronomía. No hay donostiarra que no asocie esta fecha con un buen plato de kokotxas en salsa verde (las mejores las de mi amatxo) o merluza a la koskera (para angulas no nos llegaba) acompañado de un buen txakoli. Estos platos, tan nuestros, se convierten en un homenaje a la tradición culinaria que tanto nos enorgullece.

El orgullo de ser donostiarra, esté donde esté

Como donostiarra, siempre llevo un pedacito de mi ciudad conmigo, aunque esté lejos. La tamborrada simboliza todo lo que amo de San Sebastián: la unión, la tradición, la belleza de nuestras calles y el orgullo de pertenecer a una comunidad que sabe valorar su historia. Cada vez que escucho hablar de nuestra fiesta, inevitablemente me viene a la mente esa imagen de la Plaza de la Constitución llena de gente, de tambores sonando al unísono y de sonrisas compartidas.

Es cierto que con el tiempo he visto cómo nuestra fiesta ha evolucionado. Ahora, con más de 15.000 participantes, se ha convertido en un espectáculo que atrae a visitantes de todo el mundo. Sin embargo, para nosotros, los donostiarras, la esencia sigue siendo la misma: una celebración de nuestra identidad, de nuestra música y de nuestros recuerdos.

La importancia de mantener viva la tradición

Cuando veo a los niños en la tamborrada Infantil, pienso en lo mucho que nuestra cultura significa para nosotros. Esos pequeños tambores son el futuro de nuestra tradición, y su entusiasmo garantiza que, pase lo que pase, la esencia de San Sebastián seguirá viva en sus corazones.

Sabías qué…

  • El origen de la tamborrada está vinculado a las burlas que los panaderos y aguadores hacían imitando las marchas militares francesas en el siglo XIX.
  • La marcha de San Sebastián fue compuesta por Raimundo Sarriegui en 1861 y es el himno oficial de la fiesta.
  • La izad​a de la bandera de San Sebastián marca el inicio oficial de la Tamborrada a medianoche del 20 de enero en la Plaza de la Constitución.
  • En total, participan más de 150 tamborradas formadas por grupos de diferentes sociedades culturales, gastronómicas y deportivas de la ciudad.
  • Más de 15.000 personas desfilan tocando tambores y barriles durante las 24 horas que dura la fiesta.
  • Los trajes de los participantes representan figuras históricas, como soldados napoleónicos, cocineros y aguadoras.
  • La Tamborrada Infantil, que reúne a más de 5.000 niños de diferentes colegios de la ciudad, es una de las partes más entrañables de la celebración.
  • El Tambor de Oro, el máximo galardón de la ciudad, se entrega el 20 de enero a una persona o entidad que haya destacado por su contribución a San Sebastián.
  • La fiesta no siempre fue como la conocemos hoy: en sus inicios, la tamborrada consistía solo en unos pocos grupos tocando en las calles.
  • La despedida de la Tamborrada se celebra también en la Plaza de la Constitución, con una emocionante ceremonia de arriada de la bandera.
  • La Plaza de la Constitución, el epicentro de la celebración, era antiguamente una plaza de toros, y aún conserva los números de los palcos.
  • Muchas sociedades gastronómicas de San Sebastián organizan cenas tradicionales la noche previa al 20 de enero, como inicio de la celebración.
  • En 2021, debido a la pandemia, la Tamborrada se celebró de forma limitada, pero los donostiarras continuaron la tradición desde sus balcones.

Como cada 20 de enero, cuando suene la marcha de San Sebastián, cerraré los ojos y me dejaré llevar por los recuerdos. Pensaré en mi amatxo, en sus ojos brillantes, en nuestras conversaciones y en el orgullo que sentía por nuestra ciudad. Y haré una promesa: seguiré celebrando esta fiesta con la misma pasión con la que ella lo hacía, porque ser donostiarra es un sentimiento que se lleva en el alma.

El día de San Sebastián con su tamborrada no es solo una fecha en el calendario, es una forma de recordar quién soy y de dónde vengo. Porque, al final, no importa dónde esté, el sonido de esos tambores y barriles me dicen una y otra vez, que soy donostiarra y que eso es lo más bonito del mundo.

Bagera!
gu (e)re bai
gu beti pozez, beti alai!

Sebastian bat bada zeruan
Donosti(a) bat bakarra munduan
hura da santua ta hau da herria
horra zer den gure Donostia! (berriz)

Irutxuloko, Gaztelupeko
Joxemaritar zahar eta gazte
Joxemaritar zahar eta gazte
kalerik kale danborra joaz
umore ona zabaltzen hor dihoaz
Joxemari! (berriz)

Gaurtandik gerora penak zokora
Festara! Dantzara!
Donostiarrei oihu egitera gatoz
pozaldiz!
Inauteriak datoz! (berriz)

Bagera!
gu (e)re bai
gu beti pozez, beti alai!

Beti alai!

¡Estamos!
nosotros también
nosotros siempre contentos, ¡siempre alegres!

Hay un Sebastián en el cielo
un único Donosti(a) en el mundo
aquel es el santo y éste es el pueblo
¡he ahí lo que es nuestro San Sebastián! (bis)

De Irutxulo, de Gaztelupe
Joxemaritarra viejo y joven
Joxemaritarra viejo y joven
de calle en calle tocando el tambor
allí van extendiendo el buen humor
¡Joxemari! (bis)

De hoy en adelante las penas fuera
¡A la fiesta! ¡A bailar!
Venimos a llamar a los donostiarras
¡Contentos!
¡Vienen los Carnavales! (bis)

¡Estamos!
nosotros también
nosotros siempre contentos, ¡siempre alegres! ¡siempre alegres!

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El Peine del Viento: Arte y naturaleza en San Sebastián

El Peine del Viento es uno de esos lugares que nunca pierden su magia, sin importar cuántas veces lo visites. Como donostiarra, tengo un cariño especial por este rincón de la ciudad, bueno, a decir verdad, estoy enamorada de Donostia entera. Está situado al final de la playa de Ondarreta, justo donde el mar Cantábrico choca con fuerza contra las rocas y es imposible no sentirse cautivada por la combinación de arte, naturaleza y la historia que encierra este lugar.

Un icono de San Sebastián

El Peine del Viento, o «Haizearen Orrazia» en euskera, es una obra del escultor Eduardo Chillida, creada en colaboración con el arquitecto Luis Peña Ganchegui. Consiste en tres grandes piezas de acero incrustadas en las rocas, perfectamente integradas con el paisaje. Cada escultura parece estar peinando el viento que sopla desde el Cantábrico, de ahí su nombre.

Recuerdo que, de pequeña, siempre me preguntaba cómo habían conseguido colocar esas piezas ahí, desafiando al tiempo y a las olas. Lo cierto es que instalar las esculturas no fue fácil; se necesitaron grúas enormes y un trabajo minucioso para fijarlas a las rocas y hoy en día, son un símbolo indiscutible de la ciudad.

Un paseo lleno de encanto

Llegar al Peine del Viento es todo un placer para los sentidos. Pasear por la playa de Ondarreta, con vistas a la isla de Santa Clara y al Monte Igueldo te llena de vida y en invierno, cuando el aire es más fresco y el mar está bravo, el espectáculo se vuelve aún más impresionante. El rugir de las olas contra las rocas crea un ambiente único, casi hipnótico.

Los «respiraderos» de la plaza

En el suelo del Peine del Viento se encuentran unos curiosos agujeros que actúan como respiraderos. Cuando el oleaje es fuerte, el agua y el aire salen a presión por estos orificios, creando un efecto que es impresionante, sintiendo cómo el viento, el sonido y las gotas de agua te alcanzan.

Eduardo Chillida y su conexión con el mar

El Peine del Viento refleja la visión de Chillida sobre la unión entre el arte y la naturaleza. Él mismo decía que no quería imponer su obra al paisaje, sino dialogar con él. Y lo consiguió, porque las esculturas parecen formar parte del entorno desde siempre, como si hubieran nacido allí.

Un dato curioso que quizá no todo el mundo sepa es que el acero utilizado para las piezas tuvo que ser tratado de manera especial para resistir la fuerza del mar. Chillida quería que su obra se enfrentara al tiempo y a los elementos, y hasta ahora, lo ha logrado con creces.

Un lugar para reflexionar

Para mí, el Peine del Viento no es solo un lugar bonito, es también un sitio que invita a la reflexión. Sentarse en las rocas y mirar al horizonte te hace sentir una conexión profunda con la ciudad y con la naturaleza.

El atardecer, el momento perfecto

Si hay un momento mágico en el Peine del Viento, es el atardecer. El cielo se tiñe de colores anaranjados, rosas y morados, mientras el sol se oculta tras el mar. Las esculturas, con su silueta recortada contra el cielo, parecen cobrar vida en esos instantes. Es un espectáculo que recomiendo a cualquiera que visite San Sebastián.

Sabías qué…

  • Colaboración arquitectónica: La plaza que rodea las esculturas fue diseñada por el arquitecto Luis Peña Ganchegui en 1977.
  • Material resistente: Las esculturas están hechas de acero corten, diseñado para resistir la corrosión del agua salada y el viento.
  • Peso impresionante: Cada pieza de acero pesa aproximadamente 10 toneladas.
  • Instalación complicada: Colocar las esculturas en las rocas fue un desafío técnico que requirió grúas y equipos especializados.
  • Inspiración natural: Chillida se inspiró en la fuerza del viento y el mar para crear una obra que interactuara directamente con ellos.
  • Tres peines, no uno: Aunque se suele hablar de «El Peine del Viento», son en realidad tres esculturas independientes.
  • Lugar de infancia: Chillida solía visitar esa zona de Ondarreta cuando era niño, lo que hizo que eligiera este lugar como escenario para su obra.
  • Sonido del viento: Las esculturas amplifican el sonido del viento cuando este sopla fuerte, creando una experiencia auditiva única.
  • El efecto de los respiraderos: Los tubos de aire en la plaza expulsan aire y agua con fuerza durante las marejadas, generando un espectáculo visual y sonoro.
  • Arte y resistencia: A pesar de estar constantemente expuestas a los elementos, las esculturas se han mantenido en excelente estado durante más de 45 años.
  • Símbolo de Donostia: Es uno de los lugares más fotografiados de San Sebastián, representando a la ciudad en todo el mundo.
  • Obra tardía: El Peine del Viento fue una de las últimas grandes obras públicas de Chillida antes de dedicarse a otros proyectos.
  • Un encargo especial: Fue la familia Oteiza, que gestionaba un hotel cercano, quien inicialmente propuso a Chillida que diseñara algo para esa zona.
  • El poder del Cantábrico: En días de fuerte oleaje, las olas llegan a cubrir las esculturas, lo que demuestra la fuerza del mar en esta zona.
  • El paso del tiempo: Chillida quería que su obra reflejara cómo el tiempo y los elementos dejan huella en todo lo que tocan.
  • Fotografías únicas: Según la luz del día y el clima, el Peine del Viento puede parecer completamente diferente, lo que lo convierte en un sueño para fotógrafos.
  • Arte global: Es considerado una de las obras más importantes del arte contemporáneo al aire libre.

Aunque los donostiarras solemos evitar los lugares más turísticos, el Peine del Viento es una excepción. No importa cuántos visitantes haya, siempre tiene algo nuevo que ofrecer. Cada vez que voy, me llevo una sensación distinta, dependiendo del clima, del estado del mar o incluso de mi propio estado de ánimo.

El Peine del Viento no es solo un conjunto de esculturas, es un símbolo de San Sebastián, un rincón donde arte y naturaleza se fusionan en perfecta armonía. Para mí, es un lugar que define el carácter de nuestra ciudad: fuerte, elegante y profundamente conectado con el mar.

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Ondarreta: El alma serena de Donostia

San Sebastián es una ciudad con alma, una joya costera que seduce con su encanto, y entre todos sus tesoros, la Playa de Ondarreta es un rincón especial que late en el corazón de los donostiarras y visitantes. Ondarreta no es simplemente un espacio de arena y mar, es un refugio, una invitación a detenerse y sentir la esencia de Donostia que evoca una sensación de paz y libertad.

Situada en el extremo oeste de la bahía de La Concha, Ondarreta se abre como un abrazo frente al majestuoso Monte Igueldo. A diferencia de su hermana mayor, la Playa de La Concha, Ondarreta posee una serenidad particular que la convierte en el lugar perfecto para quien busca algo más que las postales perfectas de la ciudad. Aquí, el tiempo parece detenerse, y el ritmo de las olas te invita a conectar con lo más profundo de ti mismo.

Al caminar por su paseo, acompañada por el suave murmullo de las olas, una se encuentra envuelto en una atmósfera de paz. Las mañanas en Ondarreta son particularmente mágicas: el cielo comienza a clarear, la brisa fresca acaricia suavemente la piel y las primeras luces del sol se reflejan en las aguas tranquilas del Cantábrico.

Un Lugar para Todos

Ondarreta es una playa que invita a todas las edades y estilos de vida. Los niños corretean por la arena, construyen castillos que desafían las olas, y juegan bajo la atenta mirada de sus padres, mientras las gaviotas vigilan desde el aire. En días de verano, la playa se llena de risas y conversaciones, pero incluso en esos momentos de mayor bullicio, Ondarreta no pierde su carácter relajado y acogedor.

En los meses más fríos, la playa se transforma en un espacio íntimo.. las multitudes se disipan y el horizonte se tiñe de colores melancólicos. Las olas rompen con más fuerza y el viento sopla con decisión, trayendo consigo ese aroma salado que los donostiarras llevamos en el alma. Es durante estos días grises cuando Ondarreta revela su lado más romántico, un lugar para la introspección y el recogimiento.

La Belleza de Lo Simple

Ondarreta no necesita monumentos grandiosos ni espectáculos visuales para cautivar. Su belleza reside en lo simple: en la armonía entre el mar y la ciudad, en el vaivén constante de las olas, en el suave declive de la arena hacia el agua. Sin embargo, hay un rincón que destaca, un lugar donde la naturaleza y el arte se encuentran: el Peine del Viento. Situado en el extremo oeste de la playa, las esculturas de Eduardo Chillida emergen de las rocas como un homenaje a la fuerza y eternidad del mar. Aquí, el viento juega con las esculturas y las olas se estrellan con furia, creando un espectáculo que nos recuerda la majestuosidad del Cantábrico.

Ondarreta también es el punto de partida para subir al Monte Igueldo, desde donde se obtiene una de las vistas más impresionantes de San Sebastián. Desde allí, la playa se ve pequeña, pero se puede apreciar su ubicación privilegiada dentro de la bahía y cómo se funde perfectamente con el entorno natural que la rodea.

Un Espacio para el Deporte y la Vida Activa

Además de ser un lugar de descanso, Ondarreta también es un punto de encuentro para los amantes del deporte. Por la mañana y al atardecer, es común ver a corredores y ciclistas recorriendo el paseo que conecta Ondarreta con La Concha, aprovechando el terreno plano y la brisa marina.

Las tardes de verano es el rincón perfecto para quienes disfrutan del mar: nadadores, kayakistas y paddle surfers llenan el horizonte, aprovechando las aguas tranquilas y transparentes que ofrece la bahía. Ondarreta es un espacio de libertad y de vida, donde cada persona puede encontrar su forma de disfrutar el entorno.

Sabías qué…
  • Playa más tranquila de la bahía: A diferencia de la Playa de La Concha, Ondarreta es conocida por ser más tranquila y menos concurrida, ofreciendo un ambiente más relajado.
  • Ubicación estratégica: Se encuentra al pie del Monte Igueldo, en el extremo occidental de la bahía de La Concha, brindando unas vistas espectaculares.
  • Más pequeña que La Concha: Con 600 metros de largo, es más pequeña que su vecina, La Concha, que tiene unos 1.350 metros.
  • Arena más gruesa: La arena de Ondarreta es ligeramente más gruesa que la de La Concha, lo que hace que sea menos propensa a levantarse con el viento.
  • Peine del Viento: En el extremo occidental de la playa, se encuentra el famoso conjunto escultórico de Eduardo Chillida, el Peine del Viento, que se ha convertido en un símbolo de San Sebastián.
  • Familias y deporte: Es popular entre familias por su ambiente tranquilo, y entre deportistas por su espacio amplio para voleibol de playa y otros deportes.
  • Realeza y Belle Époque: Durante la Belle Époque, la Playa de Ondarreta fue uno de los puntos favoritos de la aristocracia que veraneaba en San Sebastián, incluyendo a la realeza española.
  • Menos oleaje: Al estar resguardada por la isla de Santa Clara y el Monte Igueldo, la playa experimenta menos oleaje fuerte que otras playas del Cantábrico.
  • Monumento a la Reina María Cristina: En su paseo marítimo se encuentra un monumento a la Reina María Cristina, quien impulsó el desarrollo turístico de San Sebastián.
  • Jardines de Ondarreta: Justo detrás de la playa están los jardines de Ondarreta, un lugar perfecto para pasear.
  • Playa preferida para surfistas principiantes: Aunque no tiene grandes olas como la Playa de Zurriola, Ondarreta es frecuentada por surfistas principiantes que disfrutan de sus aguas más calmadas.
  • Restaurantes cercanos: En las inmediaciones de la playa hay varios restaurantes de renombre donde se puede disfrutar de la gastronomía vasca, especialmente mariscos y pintxos.
  • Carreras populares: Ondarreta es parte del recorrido de la famosa carrera pedestre Behobia-San Sebastián, una de las más importantes de España.
  • Marea baja amplia: Durante la marea baja, la extensión de arena aumenta considerablemente, ofreciendo mucho espacio para caminar o hacer deporte.
  • Cine al aire libre: En verano, la playa a menudo acoge proyecciones de cine al aire libre, permitiendo disfrutar de películas bajo las estrellas.
  • Inspiración artística: Ondarreta ha sido fuente de inspiración para artistas y escritores. Chillida, además de su escultura, fue un gran defensor de la belleza de este espacio natural.

Hablar de Ondarreta es también hablar de la historia y la cultura de San Sebastián. Durante siglos, esta playa ha sido testigo de momentos clave de la ciudad. Desde los paseos de la realeza durante la Belle Époque hasta las tardes de verano de miles de familias donostiarras que, generación tras generación, han encontrado en Ondarreta un espacio de reunión. Cada rincón de esta playa está impregnado de historias, de recuerdos y de emociones que, aunque personales, forman parte del alma colectiva de la ciudad.

La Playa de Ondarreta no es solo un lugar físico… es un estado del alma. Es un espacio donde los donostiarras y visitantes encuentran paz, belleza y una conexión profunda con la naturaleza. Ondarreta, con su serenidad, su historia y su inigualable ubicación en la bahía de La Concha, es un testimonio vivo de la esencia de Donostia, porque en Ondarreta, cada ola que rompe, cada brisa que sopla, nos recuerda que estamos en casa.

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Parte Vieja donostiarra: Un paseo por el corazón de San Sebastián

Cuando pienso en Donostia, mi corazón se dirige inmediatamente a la Parte Vieja, esa joya atemporal que late al ritmo de la ciudad y sus gentes. Situada a los pies del Monte Urgull, entre el puerto y el río Urumea y flanqueada por la imponente Bahía de La Concha, la Parte Vieja es mucho más que un entramado de calles estrechas y edificios históricos: es el alma viva de San Sebastián.

Caminar por la Parte Vieja es hacer un viaje en el tiempo. Este zona tiene raíces que se remontan a siglos atrás, a una época en la que la ciudad era una plaza fortificada rodeada por murallas. Aunque las murallas ya no están, se siente su presencia en la disposición de las calles, en la solidez de las piedras y en la historia que rezuma de cada rincón.

Aquí es donde la ciudad se levantó tras el devastador incendio de 1813, y se reconstruyó con una energía y un carácter que aún perduran. Las fachadas de las casas, algunas decoradas con inscripciones antiguas, cuentan historias de generaciones que han vivido, trabajado y soñado en estas mismas calles.

Recuerdo con especial cariño los paseos por la Parte Vieja de la mano de mi amatxo, caminando a su lado, cuando me llevaba a hacer la compra a los comercios de toda la vida. Caminábamos por esas calles estrechas, deteniéndonos en las pequeñas tiendas de siempre, íbamos a la Bretxa, donde seleccionábamos los tomates más jugosos y comprábamos queso Idiazabal, hacíamos una parada en la panadería, de donde siempre salíamos con una barra de pan recién horneado que inundaba el aire con su aroma. Eran momentos sencillos, pero llenos de calidez y vida.

El Corazón Gastronómico

Hablar de la Parte Vieja es, inevitablemente, hablar de su gastronomía. Esta zona de la ciudad es conocida en todo el mundo por ser el epicentro de los pintxos. Cada bar tiene su propia personalidad y especialidad, desde los clásicos como la gilda (una sencilla pero deliciosa combinación de aceituna, guindilla y anchoa) hasta las creaciones más innovadoras que han elevado este pequeño bocado a una forma de arte.

Un paseo por la Calle 31 de Agosto, llamada así en honor al día en que las tropas aliadas incendiaron la ciudad en 1813, es una experiencia para los sentidos. Aquí, los bares se suceden uno tras otro, cada uno con su barra llena de pintxos que son un festín para la vista y el paladar. La calle Pescadería, la Plaza de la Constitución, y la calle Fermín Calbetón son también paradas obligatorias para los amantes de la buena comida.

Pero no solo se trata de pintxos, ya que la Parte Vieja alberga algunos de los restaurantes más emblemáticos de Donostia, donde la cocina vasca se despliega en todo su esplendor. Desde los guisos de pescado hasta los postres tradicionales, cada plato es una muestra del amor por la tierra y el mar que define nuestra cultura.

Si te quieres ir de pintxos tienes que acercarte a:

  • Bar La Viña: Conocido por su espectacular tarta de queso, considerada una de las mejores del mundo, además de una variada oferta de pintxos clásicos.
  • Bar Txepetxa: Famoso por sus pintxos de anchoas, especialmente las de crema de erizo de mar y las de vinagreta de manzana.
  • Bar Néstor: Este bar es legendario por su txuleta y su famosa tortilla de patatas, que solo se prepara dos veces al día y se agota en minutos.
  • Borda Berri: Popular por sus pintxos de cocina creativa, como el kebab de costilla de cerdo o el risotto de Idiazabal.
  • Ganbara: Un clásico donde puedes disfrutar de pintxos de alta calidad, con especialidades como las setas con yema de huevo y las gambas a la plancha.
  • La Cuchara de San Telmo: Conocido por sus pintxos elaborados, como la carrillera de ternera al vino tinto o el pulpo a la plancha con puré de patata.
  • Gandarias: Un referente en pintxos tradicionales y de gran calidad, donde destacan las brochetas de solomillo y el foie a la plancha.
  • Casa Vergara: Ofrece una gran variedad de pintxos, destacando la morcilla con piquillo o el bacalao ajoarriero.
  • Goiz-Argi: Un bar pequeño pero con una reputación enorme, famoso por su brocheta de gambas y otros pintxos de mariscos.
  • Juantxo Taberna: El mejor bocata de calamares lo encontrarás aquí… y atención también a sus tortillas

Y si te quieres ir de restaurante, toma nota dónde puedes ir:

  • Casa Urola: Un clásico que combina lo mejor de la cocina tradicional vasca con toques modernos. Destacan sus platos de temporada, como las setas y los pescados.
  • Restaurante Gandarias: Además de su barra de pintxos, el restaurante ofrece una excelente selección de carnes y pescados a la parrilla.
  • La Cepa: Fundado en 1948, es uno de los restaurantes más antiguos de la Parte Vieja, famoso por su jamón ibérico, su txuleta y su chistorra.
  • Astelena 1997: Un restaurante de alta cocina con un enfoque moderno sobre la gastronomía vasca tradicional, dirigido por el chef Ander González.
  • Tamboril: Un restaurante tradicional, famoso por sus croquetas y platos clásicos vascos.
  • Kaskazuri: Ofrece un ambiente elegante y platos de cocina moderna con una base en la tradición vasca.
  • MendaurBerria: Este restaurante tiene un enfoque creativo sobre la cocina vasca, con presentaciones únicas y sabores sorprendentes.
  • Juanito Kojua: Un restaurante con más de 70 años de historia, conocido por su cocina tradicional vasca, especialmente los guisos de pescado y mariscos.
Pintxos Donostia
Tradición y Modernidad

La Parte Vieja es un lugar donde conviven tradición y modernidad. Aquí, las tiendas de artesanía se mezclan con boutiques modernas, y los bares tradicionales comparten espacio con los nuevos bares de diseño. Es una zona que ha sabido mantener su esencia mientras abraza los cambios de los tiempos, un lugar donde se celebran fiestas que mantienen vivas las costumbres, como la tamborrada en la noche del 19 de enero, cuando la ciudad resuena con el redoble de los tambores en honor a San Sebastián.

Lugares Emblemáticos

Entre los muchos rincones que merecen ser visitados, destacan la Iglesia de San Vicente y la Basílica de Santa María del Coro, dos joyas de la arquitectura religiosa que invitan al recogimiento y la contemplación, al igual que la Plaza de la Constitución, con sus balcones numerados que recuerdan su pasado como plaza de toros, y que es el corazón social de «lo viejo», donde se celebran muchos de los eventos más importantes de la ciudad.

Y no podemos olvidar el Mercado de la Bretxa, un lugar donde se encuentran los productos más frescos y de mejor calidad, un verdadero tesoro para quienes disfrutan cocinando. Es un mercado que conecta la ciudad con su entorno rural y costero, ofreciendo una muestra del mejor producto local.

Iglesia Santa María Donostia
Sabías qué…
  • Antigua ciudad amurallada: La Parte Vieja era la ciudad original de San Sebastián, completamente rodeada por murallas hasta que fueron demolidas en 1863 para permitir la expansión de la ciudad.
  • Calle 31 de agosto: Es la única calle que sobrevivió al incendio de 1813, cuando tropas aliadas contra Napoleón quemaron la ciudad. Es la más antigua de la Parte Vieja y se llama así en honor a ese trágico día.
  • Plaza de la constitución: Originalmente fue una plaza de toros, como lo indican los números en los balcones, que corresponden a los antiguos palcos donde se acomodaban los espectadores.
  • Iglesia de San Vicente: Es el edificio más antiguo de Donostia, construido en el siglo XVI, y representa un magnífico ejemplo del gótico vasco.
  • Basílica de Santa María del Coro: Construida en el siglo XVIII, su fachada churrigueresca es uno de los emblemas arquitectónicos de la Parte Vieja.
  • Tamborrada: Cada 20 de enero, la Parte Vieja se convierte en el epicentro de la tamborrada, una fiesta en la que los donostiarras desfilamos tocando tambores y barriles en honor a San Sebastián.
  • Mercado de la Bretxa: Aunque hoy es un centro comercial, sigue albergando un mercado tradicional. El nombre «Bretxa» proviene de las brechas que se abrieron en las murallas durante el asedio de 1813.
  • El puerto: La Parte Vieja se extiende hasta el puerto de San Sebastián, que ha sido clave en la historia marítima y pesquera de la ciudad desde el siglo XIII.
  • Cementerio: En el Monte Urgull, que se eleva sobre la Parte Vieja, se encuentra el Cementerio de los Ingleses, donde están enterrados soldados británicos caídos en las Guerras Napoleónicas.
  • Gilda: Se dice que el primer pintxo de gilda se creó en la Parte Vieja en los años 40, combinando anchoa, aceituna y guindilla, inspirado en la película protagonizada por Rita Hayworth.
  • Casas nobles: Muchas de las casas de la Parte Vieja pertenecían a la nobleza y llevan escudos heráldicos que aún se pueden ver sobre sus puertas.
  • Subsuelo rico en historia: Excavaciones arqueológicas en la Parte Vieja han revelado restos de la antigua muralla medieval y otros artefactos históricos.
  • La Casa Consistorial: Hasta 1947, el Ayuntamiento de San Sebastián estaba en la Parte Vieja, en un edificio que ahora alberga la Biblioteca Municipal.
  • La Calle Mayor: Originalmente, la Calle Mayor conectaba directamente con la puerta principal de la ciudad amurallada y era la vía más importante de la Parte Vieja.
  • Monumento al Sagrado Corazón: En lo alto del Monte Urgull, sobre la Parte Vieja, se encuentra una enorme estatua del Sagrado Corazón de Jesús, visible desde casi cualquier punto de la ciudad.
  • El primer cine: La Parte Vieja albergó el primer cine de San Sebastián, inaugurado en 1904 en la Calle Mayor.
  • El Camino de Santiago: La Parte Vieja forma parte del Camino del Norte, una de las rutas del Camino de Santiago, que atraviesa San Sebastián.

La Parte Vieja no es solo un lugar para visitar, sino para vivir, para perderse en sus calles sin prisa, dejándose llevar por el ritmo de la ciudad, para sentarse en una terraza y ver pasar la vida, escuchar el murmullo de la gente, el eco de los músicos callejeros y el sonido del mar cercano.

Donostia ha crecido y cambiado mucho a lo largo de los años, pero la Parte Vieja sigue siendo ese refugio donde todo tiene sentido, donde el pasado y el presente se encuentran, y donde uno se siente verdaderamente en casa, porque la Parte Vieja no es solo una parte importante de la ciudad… es un sentimiento, una forma de ser, el latido constante de una ciudad que, pese a todo, nunca olvida de dónde viene.

Si alguna vez visitas Donostia, deja que la Parte Vieja te cuente su historia.. prometo que no te dejará indiferente.

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Monte Urgull: Un tesoro natural y cultural de San Sebastián

San Sebastián, conocida también como Donostia, es una joya del País Vasco que entre sus numerosos atractivos se encuentra el Monte Urgull, uno de los pulmones verdes de la ciudad con más de 253.500 metros cuadrados que se erige como un punto de referencia imprescindible, tanto por su belleza natural como por su importancia histórica. Este monte, que ha sido testigo de la evolución de la ciudad a lo largo de los siglos, ofrece una combinación única de paisajes maravillosos, rutas de senderismo, y vestigios históricos. En esta entrada de blog, nos adentraremos en los aspectos más destacados del Monte Urgull, desentrañando sus secretos y ofreciendo una guía completa para quienes desean explorarlo.

Nos encontramos ante un oasis de serenidad, donde el susurro de las olas acariciando la costa, la salada fragancia del mar y el canto de las gaviotas componen una melodía que envuelve los sentidos. Rodeado de vegetación, este espacio verde invita a pasear, respirar aire puro y conectar con la esencia de la naturaleza, y se convierte en un lugar perfecto para desconectar, dejar atrás las preocupaciones y sumergirse en la paz que emana este entorno único, un regalo para los donostiarras y visitantes, un espacio que cautiva por su belleza, tranquilidad y encanto.

La estampa que se contempla desde este enclave es digna de una postal: el puerto pesquero, vibrante y lleno de vida, a nuestros pies, la bahía de la Concha, serena y majestuosa, extendiéndose hacia el horizonte, y la ciudad de Donostia – San Sebastián, elegante y cosmopolita, abrazando todo el conjunto.

Situado en el centro neurálgico de la ciudad, este lugar se convierte en el punto de partida ideal para explorar los encantos de Donostia, invitando a disfrutar de una jornada completa de turismo: empaparnos de la cultura local en el Mercado de San Sebastián, degustar la exquisita gastronomía vasca en alguno de sus restaurantes, o simplemente relajarnos en la playa y contemplar la puesta de sol sobre la bahía.

La combinación de puerto, bahía y ciudad convierte a este lugar en uno de los más bellos de Euskadi. Un tesoro que merece ser descubierto y disfrutado por todos aquellos que buscan una experiencia única e inolvidable.

Historia del Monte Urgull

Retrocedamos en el tiempo e imaginemos la Donostia del siglo XIX, una ciudad amurallada que se erguía desafiante frente a las olas del Cantábrico. En aquel entonces, el Monte Urgull era más que un simple montículo verde, era una fortaleza inexpugnable, un bastión defensivo que custodiaba la ciudad contra los ataques enemigos.

A lo largo de su historia, el Monte Urgull ha sido escenario de numerosas batallas y asedios. En 1794, las tropas francesas lograron conquistar la ciudad tras un largo asedio, y el monte fue testigo de la capitulación de Donostia. Unos años más tarde, en 1813, un terrible incendio arrasó la ciudad, pero el Monte Urgull se mantuvo firme, resistiendo las llamas y convirtiéndose en un símbolo de la resistencia donostiarra.

El Monte Urgull ha sido un observador silencioso de los acontecimientos más importantes de la historia de Donostia. Desde sus laderas se han contemplado victorias y derrotas, alegrías y tragedias. Hoy en día, el monte sigue erigiéndose como un símbolo de la ciudad, un recordatorio de su pasado glorioso y de su capacidad para superar las adversidades.

Durante las guerras napoleónicas, el Monte Urgull fue escenario de intensos combates. Las fortificaciones que aún se pueden ver hoy en día, como el Castillo de la Mota, datan de esta época. Este castillo ha sido restaurado y ahora alberga el Museo de Historia de San Sebastián, donde se puede aprender más sobre el pasado turbulento de la ciudad y el propio monte.

Recorrer las laderas del Monte Urgull es como dar un paseo por la historia de Donostia. En cada rincón encontramos vestigios del pasado, desde las murallas defensivas hasta los cañones que una vez protegieron la ciudad. Un paseo por este monte histórico nos permite comprender mejor la identidad de Donostia y la importancia que este enclave ha tenido en su desarrollo.

El Monte Urgull es un homenaje al pasado de Donostia, un lugar donde la historia se respira en cada piedra y en cada brisa marina.

Senderismo y Naturaleza

El Monte Urgull es un paraíso para los amantes del senderismo y la naturaleza. Con una altitud de 123 metros, no es particularmente alto, pero ofrece varias rutas que serpentean por sus laderas, cada una con su propio encanto y nivel de dificultad.

El Monte Urgull no se conquista por una única senda, sino que ofrece a sus visitantes un entramado de rutas que se entrecruzan y se unen como en un laberinto verde. Cuatro son los caminos principales que parten desde distintos puntos de la ciudad, pero no hay que preocuparse por perderse, ya que estos senderos se bifurcan y se fusionan continuamente, invitando a descubrir diferentes perspectivas del paisaje.

Te proponemos un recorrido singular por el Monte Urgull: subir por una de sus laderas y bajar por otra. De esta manera, no solo disfrutarás de dos panorámicas completamente diferentes de la ciudad y la bahía, sino que también te adentrarás en los diversos espacios que alberga este enclave único.

Elige tu punto de partida: el Paseo Nuevo, la Plaza Zuloaga (junto al Museo San Telmo en la Parte Vieja), el Paseo de los Curas (detrás del Aquarium) o la parte trasera de la Basílica de Santa María. Cada camino te ofrecerá una experiencia distinta, con diferentes grados de dificultad y encanto.

Uno de los senderos más populares es el que parte desde el Paseo Nuevo, una ruta costera que ofrece vistas espectaculares del mar Cantábrico. Desde aquí, se puede subir por un camino empedrado que lleva hasta el Castillo de la Mota. Durante el ascenso, los senderistas pueden disfrutar de la exuberante vegetación que incluye encinas, pinos y plantas autóctonas.

Otra ruta recomendada es la que comienza en la Plaza Zuloaga, en el corazón de la parte vieja donostiarra. Este sendero es más sombreado y transcurre entre la densa vegetación del monte, proporcionando una experiencia más tranquila y apartada.

La duración y la distancia del recorrido dependerán de la ruta que elijas, de los espacios que te detengas a explorar y de tu propio ritmo. Puedes optar por una caminata rápida para disfrutar de las vistas desde arriba o por un paseo más tranquilo, empapándote de la historia, la naturaleza y los rincones secretos del monte.

No importa la ruta que elijas, el Monte Urgull te espera para ofrecerte una aventura única e inolvidable. Sube, baja, explora, disfruta y descubre la magia que se esconde en cada paso por este laberinto verde.

Monumentos y Puntos de Interés

Uno de los monumentos más destacados en la cima del Monte Urgull es la estatua del Sagrado Corazón. Esta imponente figura de 12 metros de altura fue erigida en 1950 y se sitúa sobre el Castillo de la Mota, convirtiéndose en un símbolo de San Sebastián. Desde este punto, las vistas panorámicas son simplemente espectaculares, abarcando la ciudad, la bahía de La Concha, y el mar abierto.

El Castillo de la Mota, como mencionamos anteriormente, alberga el Museo de Historia de San Sebastián. Este museo es una visita obligada para quienes desean comprender la evolución de la ciudad desde sus inicios hasta la época contemporánea. Las exposiciones incluyen artefactos históricos, documentos, y exhibiciones interactivas que capturan la esencia del pasado de San Sebastián.

Otro punto de interés es el Cementerio de los Ingleses, un pequeño pero significativo lugar donde reposan los restos de soldados británicos que murieron en la Primera Guerra Carlista.

Junto a la falda del Monte Urgull, donde las olas incansables besan la tierra, se alza imponente la «Construcción Vacía» de Jorge Oteiza. Esta obra maestra de la escultura moderna, erguida en acero corten, desafía con su presencia la fuerza del mar, en un diálogo constante entre la creación humana y la naturaleza bravía.

La «Construcción Vacía» no es solo una forma escultórica, es un espacio en sí misma, un juego de vacíos y llenos que invita a la reflexión y a la contemplación. Sus líneas geométricas y su material oxidado se integran a la perfección en el paisaje urbano, creando un contraste armonioso entre la dureza del metal y la fluidez del mar.

Tras conquistar la cima del Monte Urgull y deleitarse con sus panorámicas, la «Construcción Vacía» nos ofrece un nuevo punto de partida para continuar nuestra aventura. Desde aquí, podemos optar por diversos caminos:

  • Un paseo infinito: Podemos seguir el Paseo Nuevo, una senda peatonal que bordea la costa, y caminar hasta llegar al Kursaal, un moderno centro cultural y de ocio que se alza majestuoso junto al mar.
  • Un abrazo a la bahía: Si preferimos un recorrido más natural, podemos seguir el Paseo de la Concha, un sendero que nos adentra en la belleza de la bahía donostiarra. A lo largo del camino, disfrutaremos de las vistas de la playa, las olas rompiendo en la arena y la elegancia de las villas que se asoman al mar.
  • Un encuentro con el viento: Al final del Paseo de la Concha, nos espera el Peine del Viento, otra obra emblemática de Oteiza. Esta escultura, integrada en las rocas de la costa, nos invita a sentir la fuerza del viento y a contemplar la inmensidad del mar Cantábrico.

Otro de los lugares más destacados del Monte Urgull es la Batería de las Damas. Más allá de su imponente presencia como antigua fortificación militar, este espacio ofrece a sus visitantes una combinación única de historia, cultura y vistas panorámicas que lo convierten en un lugar imprescindible en cualquier visita a Donostia.

Al recorrer la Batería de las Damas, te encontrarás con antiguos cañones que nos recuerdan la época en que este lugar defendía la ciudad. Pero la verdadera joya de la corona son las impresionantes vistas que se contemplan desde allí: la Bahía de la Concha extendiéndose a tus pies, la ciudad de Donostia San Sebastián abrazando la costa, y el mar Cantábrico infinito en el horizonte. Un panorama que te dejará sin aliento.

En los meses de verano y Semana Santa, la Batería de las Damas se convierte en un oasis cultural. Una biblioteca abre sus puertas, ofreciendo a los visitantes un espacio tranquilo para disfrutar de la lectura con el mar como telón de fondo. Además, se organizan eventos y actividades para todas las edades, desde conciertos hasta talleres, convirtiendo este lugar en un punto de encuentro cultural vibrante.

El curioso nombre de «Batería de las Damas» tiene su origen en una historia singular. En la época en que la batería estaba en activo, una fuente de agua se encontraba cerca de allí. Para acceder a ella, era necesario pasar por la batería. Las mujeres, que eran las encargadas de recoger el agua, solían frecuentar este lugar, dando origen al peculiar nombre que ha perdurado hasta nuestros días.

La Batería de las Damas es mucho más que una antigua fortificación militar. Es un mirador con historia, un espacio cultural y un lugar donde disfrutar de la belleza natural de Donostia. Un lugar que merece ser visitado y explorado para descubrir sus tesoros ocultos y dejarse conquistar por sus encantos.

Consejos Prácticos para la Visita
  1. Calzado Cómodo: Las rutas pueden ser empinadas y empedradas, por lo que es esencial llevar calzado adecuado para senderismo.
  2. Agua: Es recomendable llevar agua.
  3. Protección Solar: Aunque hay áreas sombreadas, muchas partes del monte están expuestas al sol. Lleva protector solar, gorra y gafas de sol.
  4. Mapas y Guías: Disponibles en la oficina de turismo de San Sebastián y en el Museo de Historia, los mapas y guías pueden ayudarte a planificar tu ruta y asegurarte de no perderte ninguno de los puntos de interés.
  5. Horarios y Eventos: Consulta los horarios de apertura del Museo de Historia y cualquier evento especial que pueda estar teniendo lugar durante tu visita. Algunas actividades pueden requerir reserva previa.
  6. Tiempo y Clima: El clima en San Sebastián puede ser variable. Es recomendable revisar el pronóstico del tiempo y llevar una chaqueta ligera en caso de lluvia.
SABÍAS QUE…
  • El Monte Urgull fue una de las primeras áreas verdes de San Sebastián en ser acondicionada para el disfrute público en el siglo XIX, convirtiéndose en un lugar de paseo y esparcimiento para la burguesía local.
  • En el Monte Urgull se han identificado más de 50 especies de aves, lo que lo convierte en un lugar ideal para la observación de aves, especialmente durante las temporadas de migración.
  • Dentro del Castillo de la Mota, se encuentra una antigua cisterna que se utilizaba para almacenar agua de lluvia, un testimonio de las ingeniosas soluciones de los antiguos habitantes para la supervivencia en tiempos de asedio.
  • El Cementerio de los Ingleses es uno de los pocos cementerios británicos en España y ha sido mantenido por la Commonwealth War Graves Commission.
  • Según una leyenda, el Monte Urgull debe su nombre a un guerrero vasco llamado Urgull, que defendió valientemente la zona de invasores extranjeros. Aunque la veracidad de esta historia es discutible, añade un toque de misterio y romanticismo al ya fascinante monte.
  • A lo largo del monte, se pueden encontrar restos de antiguas baterías de cañones utilizadas para defender la ciudad. Estas fortificaciones fueron especialmente importantes durante las guerras napoleónicas y las Guerras Carlistas.
  • Existe otra leyenda que dice que el Monte Urgull fue un lugar de reunión para las brujas en tiempos antiguos.
  • El nombre Urgull proviene del gascón o bearnés, y su significado es «orgullo».
  • Una de las rutas más conocidas del monte se llama «El Paseo de los Curas». Este camino era utilizado antiguamente por los sacerdotes para llegar a la ermita de San Telmo, ubicada en el monte.
  • Aunque la mayor parte de la vegetación en Urgull es autóctona, durante el siglo XIX se introdujeron varias especies exóticas como los pinos de Monterrey, que todavía se pueden ver hoy en día.
  • Además del Cementerio de los Ingleses, se dice que hay pequeñas sepulturas escondidas en el monte de soldados que murieron durante los diversos conflictos. Estos lugares no están señalizados y forman parte de las leyendas urbanas del monte.
  • Bajo el Monte Urgull existen túneles y pasadizos que fueron utilizados durante los tiempos de guerra para mover tropas y suministros. Algunos de estos pasadizos están cerrados al público, pero su existencia añade un aire de misterio al monte.
  • Más que un simple monte, Urgull es considerado un museo al aire libre. Sus numerosos monumentos, murallas y vestigios históricos hacen que cada visita sea una lección de historia viviente.
  • En 1921, el Monte Urgull pasó a manos del Ayuntamiento de Donostia, quien tomó la decisión de transformar la antigua fortaleza militar en un parque público. Las murallas y bastiones que durante siglos habían defendido la ciudad estaban destinados a ser derribados para dar paso a un espacio verde y abierto al disfrute de todos.
  • La fortuna quiso que un inesperado accidente durante una de las voladuras previstas para derribar las fortificaciones paralizara el proyecto. Este contratiempo fortuito dio lugar a un cambio radical en el plan inicial. En lugar de desaparecer, el Monte Urgull comenzó un proceso de recuperación y rehabilitación, conservando gran parte de sus elementos históricos y patrimoniales.
  • El Castillo de la Mota, que durante siglos había sido el corazón defensivo del monte, fue declarado Monumento Nacional y Monumento de Interés Arquitectónico-Histórico-Artístico. A su alrededor, se fueron acondicionando senderos, jardines y miradores, convirtiendo el antiguo fuerte en un oasis verde en el corazón de la ciudad.

Hoy en día, el Monte Urgull se alza como un símbolo de la historia y la naturaleza de Donostia. Sus murallas restauradas, sus cañones centenarios y sus vistas panorámicas nos recuerdan el pasado guerrero de la ciudad. El Monte Urgull es un recordatorio de que el pasado y el presente pueden coexistir en armonía, y de que la naturaleza siempre encuentra un lugar para florecer, incluso entre las piedras más duras.

El Monte Urgull no es solo un lugar para llegar a un destino, sino un laberinto de experiencias para disfrutar del camino. Cada curva, cada bifurcación, te invita a descubrir algo nuevo, a perderte y a encontrarte a la vez.

El Monte Urgull es mucho más que un simple monte, es un lugar donde la historia, la naturaleza y la cultura se entrelazan para ofrecer una experiencia inolvidable. Ya sea que te interese la historia, disfrutes de la naturaleza o busques actividades al aire libre, el Monte Urgull tiene algo para todos. En tu próxima visita a San Sebastián, asegúrate de dedicar tiempo a explorar este tesoro que, sin duda, te dejará recuerdos imborrables y una profunda admiración por esta maravillosa ciudad.

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La Concha: Una joya urbana en el corazón de San Sebastián

La Playa de la Concha, situada en la Bahía de la Concha en Donostia – San Sebastián, no es solo una playa, es una obra de arte. Su arena fina y dorada, sus aguas cristalinas y su entorno verde la convierten en un verdadero paraíso urbano. No es de extrañar que haya sido galardonada como la mejor playa de Europa en varias ocasiones

La Playa de La Concha se extiende a lo largo de un kilómetro y medio de arena dorada, bordeada por el característico Paseo de La Concha y un simple paseo por la bahía es una experiencia en sí misma. Su forma semicircular, que recuerda a una concha marina, y sus aguas la hacen especialmente atractiva para los bañistas. La bahía está protegida por los montes Urgull e Igueldo, y en su centro se encuentra la isla de Santa Clara, que se puede visitar en verano mediante pequeños barcos que parten desde el puerto.

La Playa de la Concha ofrece una gran variedad de actividades para todos los gustos. Los amantes del sol y la playa pueden relajarse en la arena, nadar en las tranquilas aguas o practicar deportes acuáticos como surf, windsurf o kayak. Para aquellos que buscan algo más activo, hay voleibol de playa, fútbol playa y pistas de tenis disponibles

El Paseo de La Concha, adornado con elegantes barandillas blancas y farolas modernistas, es un lugar perfecto para un paseo relajante. A lo largo del paseo, se encuentran los jardines de Alderdi Eder y el edificio del Ayuntamiento, antiguos casinos convertidos en sede administrativa. Caminando hacia el este, llegarás al Peine del Viento, una impresionante escultura de Eduardo Chillida que desafía las olas del Cantábrico

San Sebastián es también un paraíso para los amantes de la gastronomía. A pocos pasos de La Concha, en la parte vieja de la ciudad, puedes disfrutar de los famosos pintxos en sus numerosos bares tradicionales. Donostia es conocida por ser una de las capitales culinarias del mundo

Consejos para tu Visita
  • Mejor Época para Visitar: Aunque La Concha es hermosa durante todo el año, los meses de verano (junio a septiembre) son ideales para disfrutar plenamente de la playa y el mar
  • Alojamiento: San Sebastián ofrece una amplia gama de opciones, desde lujosos hoteles con vistas a la bahía hasta acogedores hostales
  • Accesibilidad: La playa cuenta con instalaciones para personas con movilidad reducida. La playa está bien equipada con instalaciones, incluyendo vestuarios, duchas y baños. Si visitas la playa en verano, no olvides llevar protector solar, sombrero y gafas de sol
Un poco de historia

La Playa de la Concha ha sido un lugar popular para el ocio y la recreación desde el siglo XIX. A lo largo de los años, la playa ha sido escenario de numerosos eventos importantes, como el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, el Jazzaldia y las regatas de la bandera de la Concha

Reconocimientos
Sostenibilidad

La Playa de la Concha ha sido galardonada con la Bandera Azul por su compromiso con la gestión ambiental y la calidad del agua. El Ayuntamiento de San Sebastián ha implementado varias medidas para proteger el medio ambiente de la playa, como la prohibición de fumar y la limpieza regular de la arena y el agua

Alrededores

La Playa de la Concha está situada en una zona con una gran variedad de atracciones turísticas, incluyendo:

  • El Paseo de la Concha: Un paseo marítimo de 2,5 km con impresionantes vistas de la bahía
  • El Monte Igueldo: Un monte con un parque de atracciones, un funicular y unas vistas panorámicas de la ciudad impresionantes
  • El Aquarium de San Sebastián: Un acuario con más de 200 especies de animales marinos
  • La Isla de Santa Clara: Una pequeña isla que se puede visitar en barco desde el puerto
Sabías que…
  • La barandilla del Paseo de la Concha: La emblemática barandilla de hierro fundido que recorre la playa fue construida en 1910 por Juan Rafael Alday, arquitecto municipal del Ayuntamiento de Donostia, siendo inaugurada unos años más tarde, en 1916 por el Rey Alfonso XIII
  • Construirla costó unos lo que a día de hoy serían unos 34 euros
  • Dos tramos están colocados diferente al resto. En uno de ellos, la flor mira para la playa y no para el paseo marítimo. Además, cabe destacar que este tramo que está de diferente manera estaba ubicado junto a la entonces Caseta Real, y donde se encuentra ahora el centro de talasoterapia La Perla, y el otro tramo está volteado mirando al mar y no al paseo como el resto de barandillas y está situado entre los 2 relojes
  • Se ha reparado en varias ocasiones ya que, como es lógico, el paso del tiempo y los temporales hacen mella en ella. En 1999 se procedió a restaurar las partes más deterioradas y los 271 tramos de barandilla fueron desmontados y restaurado uno a uno. Durante un tiempo se pudo comprar réplicas exactas de la barandilla (entre 380€ y 660€ dependiendo del material) vendidos por la empresa que se encargaba de su mantenimiento y restauración, ya que contaban con moldes exactos. Las barandillas originales se sortearon entre los residentes empadronados en la ciudad que se apuntaron al sorteo. Un total de 6.982 personas participaron. Se repartieron en total 225 tramos bajo el precio de 145€ en concepto de preparación. Los tramos fueron adjudicados en 2018 y está totalmente prohibido ponerlos a la venta para evitar la especulación, ya que técnicamente todavía pertenecen al ayuntamiento
  • Un trozo de la barandilla está colocado en la localidad de Sitges, como símbolo de hermanamiento
  • En en 2018, el ayuntamiento donó 100 metros de barandilla para ponerla en el paseo de la Antilla de la localidad de Lepe en Huelva. Después de la inauguración, este paseo onubense pasó a llamarse “Paseo de Donostia – San Sebastián”
  • Y 4 metros de la barandilla fueron cedidas por el Ayuntamiento a la ciudad japonesa de Taki de 15.000 habitantes, y ha sido ubicada a las afueras de la ciudad, en el proyecto gastronómico desarrollado en el complejo Visón de dicha ciudad que cuenta con una calle dedicada a Donostia y su gastronomía
  • Todos los años el 29 de abril para celebrar el Día Internacional de la Danza más de 1000 niños y niñas, alumnos de danza clásica, bailan ballet en la barandilla ocupando todo el paseo de la concha con una exhibición de su talento

La Playa de La Concha en Donostia no es solo una playa, es una experiencia completa que combina naturaleza, cultura, y ocio en un entorno inigualable. Ya sea que busques relajarte bajo el sol, explorar la historia y gastronomía de San Sebastián, o simplemente disfrutar de un paseo con vistas panorámicas, La Concha te ofrece todo esto y más. Ven y descubre por ti mismo por qué esta playa es un tesoro tanto para locales como para visitantes de todo el mundo