Tan pronto ve al equipo de Diario Libre, una mujer grita desesperada: “¡Hay que hacerle un límite al río! ¡Todo el mundo tira basura! ¡Hay que limpiar el río para que no haya tanta contaminación, que los ratones nos están comiendo!”. Su presencia fue tan efímera que ni siquiera permitió preguntarle su nombre. La escena ocurre en el río Moca, provincia Espaillat, un afluente que en el pasado fue de mediano caudal y símbolo de refugio para la biodiversidad del municipio. Hoy su estado deplorable —consecuencia directa de la contaminación urbana— ha reducido su cauce a un mero riachuelo. “Del flujo de caudales que ven, la mayor parte de esos volúmenes son aguas albañales, cloacales, de granjas de cerdos que las depositan acá”, advierte el especialista en gestión ambiental Félix Díaz Tejada. En el río se acumula todo tipo de basura: fundas plásticas, neumáticos, sofás, colchones, botellas… La lista parece no tener fin. La responsabilidad de este vertedero a cielo abierto recae tanto en los moradores de los sectores Juan Lopito y La Española como en las deficiencias del servicio municipal de recolección de residuos. Díaz Tejada explica que la degradación del río se aceleró en los años 70, con la masiva instalación de granjas de ganado en las montañas del norte —principalmente en El Mogote y Jamao—, agravada por el cambio climático. El vertido directo de contaminantes, como los desechos de granjas porcinas, empeora la situación ambiental. Esa carga de putrefacción continúa su curso, escurriéndose como veneno hacia otros afluentes que este cauce alimenta, como el Licey y el Camú.
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