‘La secreta obscenidad de cada día’

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Juan Martins

La secreta obscenidad de cada día. Foto: Mirla Campos.

Hemos visto La secreta obscenidad de cada día* de Marco Antonio De La Parra, bajo la producción general del Teatro Itinerante de Venezuela. Dos actores y el relato creando la relación del cuerpo del actor para el significado escénico. Representación y signo del cuerpo como espacio definido a partir del relato teatral (la anécdota), pero también en su enlace con el espectador, este interpreta por la noción que tendrá del sustrato teatral (sobre su territorio ideológico en su orientación política y social). Es decir, nos sustanciamos en ese discurso cuando el signo no-verbal se complementa en los otros: dicción, rostro, movimiento y desplazamiento en la formalidad de lo que entendemos por teatral, insisto, en la corporeidad de estos signos hacia la exégesis de aquel relato o de su figura representada. El cuerpo de aquellos nos dice, impulsa este relato hacia lo lúdico, lo ambiguo y, al final, lo político, de acuerdo con la calidad de la puesta en escena. Recreándose la expectativa: nos descubren y nos descubrimos en esa relación. Y por otro lado el ritmo estructurando la síntesis. Considerando en tal caso las diferencias entre los signos no-verbales (el cuerpo de los actores) y verbales (la historia, los diálogos o la fábula). Y eso está en conformidad con lo que apreciamos.

    Ya verán porque destaco estas diferencias.

    El banco de la plaza (dispositivo más importante, por no decir único) es disolvente de esas ideas, cuando son expuestas por ejemplo por Dimas González (Carlos Marx). Acontece lo siguiente: se para éste en este banco con el firme propósito de sobreponer su actitud sobre el otro. Y viceversa. Todo sucede allí: arriba, abajo y los extremos (por el desplazamiento) evitan el exceso de ir más allá de ese pequeño espacio de los sucesos: un banco y dos actores. Se dice fácil, pero no lo es. El teatro es un acontecimiento humano que exige la fusión del espacio escénico al mismo tiempo. Cada actor en su lugar de la interpretación. Es excelente la simetría con la que logran la dicción, la modalidad de voz o los cambios de registros en pro de la imagen, incluso, fotográfica. El «cuerpo» nos habla. El lenguaje está allí tratando de acceder a su actualización, al público cuando ve la palabra en la correcta escenificación. Con ello, los actores sostienen el diálogo con nosotros aún expectantes. Quiero decir que como público me veo en la necesidad de «pensar» en todo este movimiento sobre el proscenio. En el ser de los personajes se contiene el drama: los sentimientos, entre ellos, la angustia, la desolación y la soledad se articulan en el deseo, lo perverso y el desasosiego. Como ha de comprenderse hasta ahora las actuaciones lo afirman y desarrollan una forma de hacer teatro. Por tal motivo la audiencia no debe perder esta oportunidad de verla, sentirla y apreciar lo bien terminado.

    Así el relato queda en el territorio de lo teatral evitando su extremo narrativo: no tanto es literatura como sí teatro, por medio del cual se afirman las interpretaciones de Dimas González en el rol de «Carlos Marx» como de Fermín Reina en «Sigmund Freud» hacia el sentido de los personajes quienes se enfrentan. La historia del pensamiento contemporáneo vertido en el juego siempre teatral. Vale decir que el volumen de este pensamiento se posiciona del espacio: los actores interpretan su lugar sobre un aquel único dispositivo: el banco de una plaza, a modo de integrarnos a un colectivo mayor: el público cuando éste participa desde el pensamiento. No estará sentado de manera inactiva, es expectante, participativo o activo del proceso actuante. Y nos posicionamos de esta esfera, como también de nuestros principios. De allí que el credo de los mencionados personajes (quiénes son además de lo que representan) se nos hace cotidiano, cercano por la ironía y cercano por el lenguaje porque estos existen en nuestra realidad que todavía es violenta. Y nos envolvemos de ese contexto violento con humor y sarcasmo. Ocurre algo maravilloso, nos divertimos y emocionamos en el quehacer teatral. Esta paradoja al mismo tiempo crea su encantamiento.

    Todo se nos transparenta, claro, desde la perspectiva del cuerpo teatral y cuando digo, otra vez, cuerpo teatral me estoy refiriendo del uso adecuado del entorno escénico propiamente dicho para la compresión de la obra, cuyo valor reside en la mencionada síntesis. Desplazamiento y ritmo en el mismo momento. El gesto y el movimiento ordenando la gracia del rostro, hasta. la orientación de estos personajes. Por eso es un acontecimiento humano entre el espectador y los actores.

    Razón por la cual el éxito de su logro escénico con su ya trayectoria nacional e internacional. El público percibe la disciplina. Y lo agradece.

    Me quiero detener en un detalle: el uso del espacio vacío y de cómo se contiene éste de diferentes instrumentos teatrales a partir de las interpretaciones. El espacio no está en cambio vacío propiamente como sí contenido de toda la simbolización, puesto que la realidad se mira desde otro ángulo: el signo del cuerpo, vuelvo a decirlo, produciendo su significado, puesto que el dominio actoral lo permite. Cada uno en su tono y perfil. Pudimos diferenciarlos en cada cadencia y modulación de la voz: Fermín Reina en la intención racional del personaje. No menos Dimas González. Agregando además, uno y otro, la emoción necesaria, aun así es importante decir que la emoción se racionaliza por tratarse, repito, de las ideas. La emoción es racionalizada en el vacío produciendo en nosotros una nueva interpretación del mundo, de lo social y, por qué no, de lo filosófico, ya que esta emoción se intelectualiza y da a lugar a la otredad. La racionalización del actor nos devuelve el término de la conciencia, de cómo entendemos al otro. Somos, en dicha ilación, el otro que negamos. El espectador no es pasivo pues participa con su pensamiento. Un sujeto que piensa y origina ruptura con el modo de entender al teatro. Nos doblamos en la mirada de la obra para construirnos también en ella. Por tanto nos representamos al ver y oír esta obra. Seremos expectantes de esta realidad. Y la emoción deviene en la interpretación orgánica de las actuaciones. Sentimos y combatimos las creencias que trascienden en la razón. Y es racional cuando es visto en el cuerpo del actor. Cito, por seleccionar un ejemplo, a Fermín Reina quien nos ofrece, en el tratamiento de su voz, la densidad racional (permítanme el adjetivo) de su personaje. Nos pasea por el lado racional de la representación y Dimas González por la sensación, la euforia, el enfado o la pasión. Diferentes, aun así, se complementan en el diálogo. Dinámico y con apropiado ritmo.

    Hay humor, sin embargo la razón late en nuestros corazones. Hemos visto, sí, un gran montaje. Gracias.

*La Secreta Obscenidad de cada día de Marco Antonio De La Parra ・Intérpretes: Fermín Reina (Sigmund Freud)/Dimas González (Carlos Marx)・Dirección Artística: Dimas González・Dirección General: Fermín Reina・Música Original: Rubén Riera・Producción: «Teatro Itinerante de Venezuela»・Sala de Teatro «Carmen Palma». Sede del Grupo de Teatro La Misère. Viernes 27.09. Maracay, Venezuela.

Suele vestir de sombra

Destacado

Hago extenso mi agradecimiento a El Taller Blanco Ediciones, Néstor Mendoza y a Geraudí González Olivares por hacer realidad mi libro «Suele vestir de sombra». Bello proyecto editorial desde Colombia. También puede descargarse gratuitamente en formato PDF: https://el-taller-blanco-ediciones0.webnode.com.co/ Gracias.
#poesía#Ediciones#literatura

El alumno de la ventana

Dios está secuestrado por el pensamiento diario, […]
Rubén Darío Carrero

Tengo la sensación, al leer El alumno de la ventana de Rubén Darío Carrero (dcir Ediciones, 2025), diría más bien leer su concepto para anunciar que el cuerpo escribe la memoria en tanto sea la sutileza de lo real o la otredad del cuerpo, vuelvo a decirlo, en la sensación de la vida. Los objetos, y, claro, la sensación de lo real vista en ellos. En este sentido, el poema se construye en el drama, cuerpo-sensación todavía de dichos objetos: el vitral de la ventana, lo culinario o aquellos insumos del apartamento elaborado en su poética. La memoria por su parte es signo porque simboliza esa relación entre la vida y la palabra. Con ese propósito lo abstracto de esa imagen regresa al verso, a la estrofa como al poema. La voz del autor se dobla en este efecto que me conmociona, dado el carácter de esa emoción, del recuerdo y el desamor en tanto a su búsqueda por el silencio, es decir, estar conforme con el recuerdo: La paciencia del cuerpo: […]Me quedo en el sonido, en el lenguaje; prefiero pensar / que las palabras primero fueron bisontes o grietas. / […] El cuerpo habla porque entiende que el estornudo, la bisagra / y la campana son del tiempo presente, eso que somos y no somos. / Lo que acaba de pasar, pasa; lo que pasa es inevitable; / lo que ya pasó siempre es reciente y no se mueve. […]. Sentir la sensación de lo real, a su vez, de lo irreal puesto que produce distintos significados del objeto, «movido» desde entonces por otro sentido: los objetos de una habitación como parte de otra realidad, en tanto se edifican en el lenguaje, ya que más adelante se escribe la realidad del poema: Es decir, en otras palabras, / sujeto, verbo y la paciencia del cuerpo. El cuerpo es verbo. Lo tangible se transparenta en el sujeto, en virtud de nuestra interpretación: El encierro: El cielo es racional. […], las ventanas / se abren para mostrar lo sagrado, sin humillar / la realidad. Debes mirar con inocencia / e inmortalidad. Justo aquí la inocencia es el retiro de la realidad a modo de no subestimarla, cerca de esta al tiempo que distante.
    Siendo así será el ejemplo de esa relación entre cuerpo y drama. Entre cuerpo y poema, lo cual le confiere un nuevo significado a lo cotidiano.

    Ahora que encuentro esta relación, mantendría esa constancia de las cosas que miro a través de la ventana. Desde el mundo de las otras cosas. Cuando recreo el poema (en tanto soy el lector que construye), emplazo aquella idea de que el «cuerpo escribe». ¿De qué manera se representaban los signos? A partir, digo, de lo cotidiano. La narración, ese estilo de la prosa trata de seducir dicha cotidianidad del pensamiento de los hechos simples. Lo narrativo me seduce a la primera apariencia del texto, pero toda va más allá cuando lo ontológico, mi disposición con el otro y quién soy dentro del verso. La vida del otro para trascender, por su puesto, sobre la naturaleza del objeto, de las cosas simples ya que devienen de la emoción. Y si somos un poco más osados, esta emoción se racionaliza en el placer del lector por sentir cada hecho que habita al otro lado de la ventana. Dicho así el drama se contiene del diálogo entre el lector y la voz del poema, puesto que dichos objetos también nos rodean. Por una parte el verso referido desde la prosa hacia la emoción que me produce ser el otro en la dialéctica de estos otros significados. Quiero decir, identificarnos con la voz del poema porque ya no puedo ver o distinguir / lo visible. Y de eso trata lo intangible, la sustancia que nos pertenece. Este movimiento entre el significado y los objetos dan a lugar a aquello que es irreal para hallar lo inverosímil que rodea el contexto del poema, donde es necesario identificar los límites entre poema, drama (de lo irreal) y la prosa. Pues sabemos que el lector busca, en principio, la linealidad con el discurso, con la «manera» de leer aquellos signos (de las palabras), pero romperá su encuentro con lo racional. Es curioso, prosa y cotidianidad hallando su sonoridad. Las palabras significan por su fidelidad con el poema hasta el doble significado. Decir y desdecir, dudar y negarse ante, éste, el poema. Por ejemplo en La fuerza visible del apartamento: La fe de apartamento mueve muebles, / clavos, libros, cables, cuadros, pantalla […] y más adelante nos anuncia […] los fragmentos cosmológicos de Heráclito, / los pensamientos repentinos, diciembre, enero, / la calle, la tapia desconchada de la farmacia,/ con su peso muerto / y la gente comprando guanábanas, harina. […] El espacio físico seduce mi interpretación del nuevo sentido y candor del poema y cómo pertenezco a la forma y al canto (clarificado). No sin olvidar la categoría de ese pensamiento hasta preguntarnos qué hace Heráclito en todo. Es transparente su uso porque es real como a la vez niego cualquier compromiso con mi propia realidad. Vuelvo a decirlo: dice y desdice por tratarse de lo intangible al mismo tiempo. Aquí dejo, definido el término de «sensación» en tanto al poema, en tanto a la definición de lo inmaterial. Y de cómo las emociones son intelectualizadas. De modo tal que la emoción se racionaliza. En ese lugar la emoción, por dialogar con la realidad, permite que Dios esté con nosotros, y este lado, el otro lado de la ventana también. Juntos entre el pensamiento y Dios, entre la palabra y lo real. La ficcionalidad del verso permite colocar mi cuerpo del lugar sensible que niego y me edifico, por tanto, en esta nueva sustancia de la palabra.

    Desde la memoria me regocijo en este lugar sensible, en este encuentro con Dios por medio del cual toma sentido la transparencia de esa realidad. El pensamiento diario (lo ordinario) del verso secuestra mi voluntad, sin embargo insisto sobre la búsqueda de la otredad. Y que lo real sea tan cercano como para lo voz del poema. Existo en el poema siempre que interprete este otro lugar de la realidad. Sí, también tiene su compromiso espiritual con el ser de esa voz que me niega la cotidianidad. La sensación una fuente de ese idealismo. Las cosas no lo son, como sí la medida de la sensación. Necesito ascender con la voz del canto de Carrero.

Juan Martins
Maracay, 4 de diciembre del 2025

‘Lírica’, de Gustavo Ott

Lírica, de Gustavo Ott. Sala Alberto Ravara del Centro Teatral de Occidente Herman Lejter. Guanare. Portuguesa. Foto: Lis Leal.

En Lírica, de Gustavo Ott el asunto se inicia desde el epígrafe: La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre de Luis Cardoza y Aragón. El poema como estructura, inicio en el tratamiento del lenguaje a modo de advertir al espectador. O mejor dicho, su definición en la escritura hacia la búsqueda de la composición poética o de la disposición de la escritura. Como si la poesía nos salvara. En cambio nos desahoga, enlaza y anuncia la virtud de lo sensible, de lo hermoso como transgresión del tiempo y el espacio. Otras veces terrible por el carácter de la realidad. Una vez claro esto el argumento se origina allí. Lo demás sería este subterfugio sobre esta búsqueda del lenguaje, al final, la palabra que constituye el drama. No con la intención de recrear el poema dramático, como sí la formalidad de lenguaje. Los saltos de tiempo, hora y minuto sobre el contexto del drama: ayer, hoy y mañana tras una relación más directa con la metáfora. Espacio: la escuela. Personajes en esta relación del vacío y la memoria sobre el propósito circular de las horas. El país. Mejor dicho, su dolor.

    La memoria y el tiempo se abren a la interpretación del lector-espectador. Este es expectante de lo que se lee desde la hermenéutica que se establece. De manera que tiempo, espacio y signo teatral están contenidos de aquella alteridad (de los saltos y cambios de tiempo escénico que están referidos en el texto). Queda entonces el predominio de lo sintáctico sobre la función pragmática del lenguaje. Lo pragmático esta para colocar al espectador en su contexto social como sabemos. Y vuelvo a decirlo: Hoy, Mañana, Ayer.. Quizás, en la interpretación, el tiempo circular: queda relevado al símbolo. La realidad no existe, apenas su sintaxis. Y la formalidad que adquiere en un solo espacio escénico: el despacho de la directora de la escuela:

Directora.— Del mismo salón de clases, cuyo padre había fallecido…
Norway.— Lo mató mi esposo.
Directora.— ¡Dios santo! ¡Déjeme terminar!
Norway.— Bien. Pero diga las cosas. No tiene porqué evitar las palabras. Las palabras están ahí, hacen daño, pero existen. Son como las cosas. Por ejemplo, ahí está ese escritorio, pero dentro de él, está la palabra; Escritorio. ¿ve? Como bala. La palabra bala puede matar, tanto como la bala misma. Por eso las palabras hay que decirlas. Si no las decimos, entonces el espacio de la palabra lo ocupa la brutalidad (Gustavo Ott, 2010: 31 *).

    Sí, claro, son signos de lo teatral definidos en la ruptura de lo verosímil. En tanto el espectador registra lo escénico tal cual como se desarrolla en el proscenio visto por Ott, sin embargo, estará expuesta la relación de otro tiempo, con el fin de tratar lo verosímil como si no fueran reales los hechos. La metáfora después de todo. Es decir, el tiempo existe sólo mediante el lenguaje. Los días como los minutos se posicionan al mismo tiempo de esta otra conexión con lo inverosímil. Y que a partir de allí la realidad escénica dialoga con los hechos reales de la historia (narrada): dos niños Lennon González y David López. Se complementan por lo demás antagónicos en el discurso teatral. Estos entienden la amistad y el amor. Dada esta formalidad del lenguaje los mencionados niños no se comprenden sino por el lenguaje, por medio del cual se consolida antes, si se quiere, una realidad cruel (desde la noción de los adultos) de la que ellos son víctimas. Entonces quedan las palabras, incluso, a veces la forma del poema, la sensación del mundo por medio de la cual surge la cadencia de la niñez. Esto que es inverosímil media con los hechos que lo contradicen. Decía: la violencia. El padre del niño Lennon González asesina al padre del otro niño David López. A decir verdad lo que termina registrándose no es directamente esta violencia o las consecuencias de las víctimas, como sí la reacción humana que se establece: el perdón por disipación de la memoria. Pues, en la dinámica de esto cambia en la sensación de los niños, puesto que estos sólo se conectan a través de sus sentimientos y no con los hechos reales, repito: del que el padre de uno asesina al otro. Y tengo que decirlo de nuevo, es el lenguaje quien permite la fisura a la sensación y de cómo esta se adueña de lo inverosímil, con el firme propósito de olvidar aquella violencia. Aún más no está siendo parte de ellos. Todo lo contrario, Lennon González y David López son el desplazamiento de otra vida, como si el tiempo cambiara para ellos, pero lo que cambian son las sensaciones que ellos incorporan. De modo tal que aquí la sensación es la medida de esta transgresión de la memoria.

    En los niños no existe, insisto, la noción de la violencia como la entienden los adultos. Sus madres en cambio Abril López madre de David López y Norway González de Lennon González respectivamente, sólo restituyen el perfil de esa violencia. Los niños conocidos en su escuela resultan ser los mejores estudiantes, mostrando el carácter alto de la inteligencia, siendo ésta la mediadora del lenguaje. Porque tanto sus madres como ellos sólo perciben el sentido (posible) por medio, como decía, de las palabras. Por ejemplo las madres recuerdan el género de la violencia, de los hechos verosímiles o de lo insustituible de la realidad ante el dolor y colocan para ello el juego con las palabras como instrumento mediador como única relación de poder. Además afirman el ritmo escatológico de las palabras, de su violencia o potestad:

Norway.— […] Que las palabras podrán ser catorce, con cuarenta y seis letras, dos acentos y una «h», y que esas palabras juntas y sin comas ni puntos ni apartes son como los tres disparos que hace tres meses mi marido le dio al Señor López cuando estaba por llegar a su casa. (PAUSA CORTA) ¿Lo puedo llamar «mi marido» a pesar de no habernos casado nunca? (2010: 33).

    Abril López, la madre de David López en pugna con la otra sobre la simetría del tiempo y la memoria. Pues la única relación de poder se manifiesta en el progreso de cómo usan las palabras hacia lo escenificado. Y hay algo curioso, aquí la tensión dramática cambia por la regla de este tiempo. Así como la concepción de la realidad de las madres en la medida que las afecta en lo emocional. Tiempo y espacio definidos por la resonancia de ello que su sentido con lo real. Hay en consecuencia una relación más conceptual. Y a ese ritmo fluye la tensión dramática de las escenas, cruzadas en modo más circular con el tiempo: ayer es hoy, el tiempo una figura abstracta más que real o, prefiero decir, el registro de cómo funcionan los recursos de la puesta en escena en tanto al diseño del autor. Esto es decir que la escenificación (futura) es abierta tanto como el texto dramático. Depende de la noción de su director. Dado al trato que infiere en lo connotativo como en lo denotativo: lo subjetivo en vínculo con lo subjetivo. El director decide.

    Recordar, nos lo hace ver el autor qué es relevante en esa relación, ya que el dolor, producto de lo real, se compone también de las sensaciones de sus madres Abril López y Norway González, admitiendo la derrota del miedo, el temor y el territorio inexorable que ocupan en la sociedad: pobreza, limitación y ese dolor se reúnen entre las sensaciones de ellas con la realidad. Al final sólo cambiará algo: la capacidad que tengan de perdonar. A saber, cómo el gesto de amor de los niños (lo inverosímil) satura lo real. Mejor dicho, el carácter de esa violencia se verá reducido por el sentimiento del amor, la amistad a partir de un lado de la verdad: la esperanza. Si menciono carácter es porque estamos hablando de las emociones, cuya interlocutora es la directora (Profesora Ramírez: Mariana Ramírez), a la vez que es la mediadora de la sintaxis del relato teatral. Es decir, cuida los términos de esa relación con la vida, la importancia del perdón y, para su efecto, cómo utilizar el lenguaje: reconozco los hechos reales cuando están organizados por las palabras. Escuela, barrio y violencia recreándose en la dialéctica de la memoria.

    A ver, hagamos una pausa un momento: el autor produce un texto abierto donde el lenguaje se ordena por ser también un drama iniciado en esta interpretación social y política. El director de la obra debe hallar las formas del espacio escénico para su representación desde la interpretación del texto. Ya que son varias las opciones de este sentido de la violencia, tanto emocional como material que se exponen. El asunto de la metáfora y la memoria es lo que más me atrajo del texto. Es decir, las sensaciones y a partir de allí el escenario adquiere este otro sentido poético al verlo de modo menos convencional. Abierto a la interpretación como invito. Esta es una visión a partir del texto, su prospectiva.

juan martins, Maracay. 03.04.25

*Gustavo Ott. (2010). Lírica. (1ª ed.). [PDF. Archivo del autor. Disponible en https://n9.cl/wmomd%5D
Lírica. Sala Alberto Ravara del Centro Teatral de Occidente Herman Lejter. Guanare. Portuguesa •⁠ Dirección Carlos Arroyo. Se presentaron los días 21, 22, 23, 27, 28, 29, 30 de marzo. ⁠Mercy Mendoza: Directora. •⁠ ⁠Emilger Arroyo. Norway González •⁠ ⁠Karla Arroyo… Abril.•⁠ ⁠Carlos Moreno /Productor/Asistente Dirección•⁠ Kelynson Berrios /Iluminación.•⁠ Axel Carrillo /audiovisual. Foto: Lis Leal.

Principito. ‘El musical’

Juan Martins

Principito: Juan Diego Padrón e Isabella Borno en el rol de Rosa

Antes de asomarme con la crítica a la obra «Principito. El musical1]» (versión de El principito de Antoine de Saint-Exupéry), bajo la dirección y producción general de Daniel Vásquez, me veo entonces en la necesidad de recordar el trabajo de la Escuela de espectadores que, como miembro, fui invitado junto a los críticos participantes de Avencrit (Asociación venezolana de crítica teatral). Dicho esto, tal como la entiendo, la crítica no es un juicio de valor, sino de experiencia dentro y no fuera del proceso creador. Y en más la reciprocidad de esa experiencia. Es un intercambio, entre los creadores y la voz del crítico, puesto que el director, Daniel Vásquez ha entendido bien las características conceptuales de ese diálogo. Por medio del cual permite la participación del crítico en los términos de la conversación (del diálogo), sin que éste decida en la representación al momento. Subraya esta representación propuesta a modo de asesor por decirlo en los términos de esta prospectiva del crítico. Un semblante más orgánico entre la audiencia y la crítica, entre el actor y el espectador, entre la obra y su representación. No hay, por lo dicho, inherencia directa, como sí la previsión del crítico en la búsqueda de la cadencia, el ritmo o la estructura para la interpretación del drama y del espacio escénico que se desarrolla, entre la composición general, su relación poética con los alcances del espectador quien es éste un factor importante en el discurso de Vásquez, dado el nivel alto de realización artística que exige. Y de allí su complejidad. Hecho relevante ante la dificultad de producir en la ciudad de Maracay (lo que requiere de un mayor análisis para entender nuestros espacios teatrales).

     Sigamos con lo nuestro, el director lo asume en su práctica con el teatro infantil, si consideramos su decantada labor con obras como Sofia Superstar, Dijana Akua y La Fabrica de los juguetes defectuosos. En todas, ha mostrado su capacidad como productor sin lugar a dudas hacia la pedagogía y el aprendizaje de los niños. Más adelante diré algo al respecto que lo afirma. Por ahora recordemos, insisto, en los aspectos de la Escuela de espectadores: el espectador de nuestra ciudad. Con la obra de Vásquez tiene conciencia de esta dificultad. De allí que se integra: asiste, participa y agradece ese tratamiento artístico con los niños por una parte y también cómo se integra a la modalidad infantil de ese discurso con actores mayores, confiriéndole ese carácter poético al teatro infantil. Por tanto mantiene el público sus expectativas. Asume esta función, ha participado (y participa) como espectador, puesto que la necesidad de continuar en esa zona de lo expectante es vital. Continua y dialéctica. Es espectado al mismo tiempo de lo que ve, porque la palabra se ve en el espacio teatral, sobre todo tratándose de una novela como lo es El principito. De modo que el vértice de la expectativa soporta todo el resto de aquella poética infantil de tal discurso. El director asume el riesgo. El(la) actor(triz) adulto o infantil se edifican en la emoción. Por tal razón digo que la audiencia lo agradece. Y es activo ante los espectáculos de nuestro director. Nos hacemos en cuerpo/emoción=teatralidad. Como lo fue la emoción del público muy presente. Queda en consecuencia su inexorable relación: público/obra=representación/actor/actriz. Como ven, una cadena de significaciones que hacemos ahora como público y, claro, nos emocionamos también.

     Tengo que volver a decirlo, expectante y expectado en el mismo lugar, ya que esto lo hace más humano de entender al comprender de la dificultad que tiene producir estos espectáculos en la ciudad y el lugar filosófico al que corresponde el discurso de la representación. Recreándose así la realidad, animándola desde otra perspectiva. Nos miramos en el riesgo del director. Estructura y emoción. Y lo he dicho en otra ocasión: la poesía (en tanto al lenguaje) es la máxima del dramaturgo porque éste logra intelectualizar la emoción: el actor es la unidad mínima de la representación sin el cual no se daría aquella relación. Es humana, sensible y ética, puesto que la convivencia se funda en la idiosincrasia, en la condición de lo social para tener buenos espectáculos en la ciudad. Si venimos a una función es porque deseamos ser parte de esa convención: la teatralidad. Y tratándose de una pieza como lo es El principito el riesgo es mayor. Riesgo que se asume con una sala llena de público comprometido emocionalmente repito.

     Desde luego y esto es ver la obra dentro, como decía, de un proceso. No todo está terminado porque su director continúa ensayando, elaborando, mejorando el acabado final de la obra, aun, invitando a los críticos (hecho destacable en sí mismo). Es un proceso que quiero diferenciar cuando su director le da importancia a la visión de los críticos, a que la crítica participe. Por supuesto el teatro es dinámico y cambiante. Destaco en tal caso la actuación de Germán Brito como el Aviador, Vanidoso y Farolero. Nos muestra una vez su capacidad como actor. Digamos de él lo siguiente: su capacidad de llevar a cabo el centro de energía actoral, cuando tiene conciencia de que está trabajando con niños, cognición sobre la sintaxis del relato teatral. Induce la historia, la lleva hasta este lugar de las emociones de las que hacía referencia más arriba con respecto al público. Tal vez más logrado en uno que otro personaje, pero sostiene el divertimento dada a esa capacidad actoral no sin menos rigor, todo lo contrario, nos envuelve en la historia. Y este actor se compromete. Ahora bien, puesto que su director lo ve como proceso se integrará al mayor desarrollo en tanto a hilvanar el relato y las funciones de esa dinámica en correlación con todo el musical: las bailarinas, las niñas y los niños actorales. Y algo importante: la coreografía. Lo que significa que queda mucho por escribir, en tanto se trata de la experiencia. Por ejemplo: Roymer Bompart en la interpretación de Hombre de Negocios, Rey y Zorro produce goce en el lugar orgánico de esta interpretación que logra sobre todo con el Zorro. Y esto es técnica también. Pude notar no obstante cómo su director ha mejorado de una función a otra cuando el niño Juan Diego Padrón (en el personaje de Principito) elaboró mejor su voz, su proyección y su concentración como mecanismo de trabajo elaborado entre una función y otra. Lo viene construyendo. Reitero es en Juan Diego Padrón como en los demás, una experiencia. Visto que no estoy estableciendo un juicio de valor (sea mala o buena la obra), sino de su compromiso con el teatro, con la experiencia entre su público y los actores y actrices o entre la crítica y su poética tratándose aquel de un niño actor. Sobre esa experiencia poética lo sostiene Vásquez con la postura de Germán Brito ante este discurso. Ante tal compromiso. Juan Diego Padrón se compromete con el protagonismo que tiene: canta y sostiene con emoción lo actoral para resaltar las sensaciones. Yo agradezco ver en el teatro a un niño con este talento. De igual manera con la niña Isabella Borno en el rol de Rosa. El director se responsabiliza con el crecimiento de la actriz. No olvidemos algo importante, son niños y eso exige al director y a la producción, pero encanta ver a la actriz/niña comprometida en ese nivel. Y en ese contexto de los niños ver esto de la representación, porque vendrán mejorías a causa de lo comprometido que está su director con la crítica para su trabajo.

     Por eso hablaba de la Escuela de espectadores, considerar la poiesis del proceso desde la experiencia y no desde el juicio del crítico. Por una razón muy sencilla: esta obra crece en la dinámica con la crítica. Me atreví a destacar una parte del trabajo, lo estrictamente teatral, la pedagogía de su director y su capacidad de producir este tipo de espectáculos. Primero por la mejoría que asistirá como ha estado sucediendo.

Maracay 13.06.24


[1] Teatro de la Ópera de Maracay (9.06.24)/Principito: Juan Diego Padrón・Aviador, Vanidoso y Farolero. Germán Brito.・Hombre de Negocios, Rey y Zorro Roymer Bompart, Rosa Isabella BornoSerpientes: Sashenka Galvis, René Castillo y Airis Gonçalves・Máscara: Simón Añez・Escenografía y vestuario: «Teatrophia»・Iluminación: Daniel Vásquez・Maquillaje: Joel Álvarez・Musicalización: Daniel Vásquez y Roymer Bompart・Edición musical y locución: Dementes Brillantes・Voces de canciones: Juan Diego Padrón, Roymer Bompart, Germán Brito, Maybelline Delgado y David Parra・Díseño Gráfico: Belisario Graphic・Impresión: Noor Publicidad y Print Expréss・Edición de video promocional: Talamo Producciones・Coreografías ejecutadas por: Angélica Flores/Yofranny Rodriguez/Khamila Mon/Mariajose Mata/Ayeleen Monsalve/Adelis Gutiérrez/Andrea Guerrero/Oriana Ruiz/Camila Lugo/Angela del Carmen González/Isabella Chen/Nicolle Méndez/Mia Arrieche y Oriana Hernández・Coreógrafas: Marian Barreto y Virginia Velásquez ・Dirección y producción: Daniel Vásquez. Foto: Departamento de Prensa del TOM.

Solo Vila-Matas

juan martins1,

Lo ficcional y crítico se reúnen en la novela con rigor estructural, pero atiende esta vez a una exigencia del narrador: el gusto por la erudición, por lo que se interpone en el mismo relato. Por ejemplo en Chet Baker piensa en su arte, donde lo conceptual de la crítica literaria se «compone», como decía, de lo narrativo. Se coloca el discurso de la narración y la crítica respectivamente, tal como Vila-Matas la nombra, ficción crítica, en el subtítulo de este relato para anunciar su estilo y la formalidad de ese discurso. Es relato el cual prefiero (perdido yo en la teoría) considerar de novela breve, corta-fragmentada, siempre colocada en ese orden de la posmodernidad, de aquella irreverencia con lo narrado. Al narrar las aventuras entre Doctor Finnegans y monsieur Hire hace relatar modalidades literarias, diferencias de género, definición de lo ficcional y de la convención literaria. Todo, en ese mismo lugar de la novela. Y el lector, junto al autor, se divierte con ese riesgo. Vila-Matas lo sabe y por eso adjunta este relato a esta antología. Como si con el mismo pensamiento seamos capaces de recrear nuestra ficción a modo de dudar de la realidad.

    En su plenitud estos relatos están allí dialogando en esa posibilidad del doble discurso: narrador-crítico, recreando el género en el borde de esta alteridad discursiva. Es decir, resolver la condición del narrador, su visión crítica, aquella fuerza simbólica de la literatura. A mi juicio, hacer de la literatura esta modalidad de lo lúdico, el humor como demanda de aquella erudición por lo literario mediante lo narrado. En alguna oportunidad el mismo Enrique Vila-Matas ha declarado ser dueño de su estilo inimitable. Y hasta ahora tiene razón, se aferra sin intención de crear nada nuevo pero sí auténtico por este estilo. Bastaría con intentarlo porque no sólo se trata de un tejido seudoliterario, sino de composición, estructura y unidad. Haciendo de la literatura un giro dinámico y constante por subvertirse y regresar a lo clásico: relatar. ¿Por qué entonces situar lo literario dentro lo literario?, ¿será acaso por «estar enfermo de literatura»? Es decir, la posibilidad de enajenarse por lo literario está acorde con la alteridad del discurso. Como lector disfruto y lo hago formar parte de mi gusto literario por el divertimento.

    Esto que Vila-Matas denomina «ficción crítica» es un guiño al lector para entendernos con lo lúdico. Y dicho de una vez, este gesto ha cambiado, de una parte para acá la novela y con ello el relato. Y en él se integra su carácter intelectual y crítico. En un contexto más conservador se vería rechazado por la crítica, pero allí están las novelas entre sus lectores, negando el realismo decimonónico o abrazados de Beckett. Y los lectores no se están equivocando al formar parte de ese grupo. Siendo el propio Vila-Matas quien reúna y ofrezca al lector esa dinámica de la escritura que cada vez se le hace más difícil ante la exigencia de sus lectores. Difícil pero alegre. En este caso el narrador es un crítico y desde esa perspectiva desarrolla la sintaxis de este relato en el que ambos géneros están presentes sin contradecirse. El lector decide encontrar los límites entre lo crítico y lo narrativo o legitima cómo se sobreponen estos géneros. Y estamos definiendo su estilo: sus personajes, entre otros, están en el ámbito del escritor en tanto al hallazgo de su visión estética. La vida efímera del escritor, de quien busca la obra si por fortuna escribiera. Esta es la paradoja: desaparecer en el mismo proceso de la obra, como si el oficio del escritor trajera consigo la ruta de la huida. La obra desvanece al autor, lo retira de lo mediático y, en cambio, logra más tarde el beneplácito de ser reconocido por el rigor de la escritura, lejos de la megalomanía y el mito del escritor consagrado: colocarse al margen de la convención literaria. En esa medida, mediante la voz del narrador, Enrique Vila-Matas compone desde esta sintaxis del compromiso con la literatura y la vida. Si queremos entonces encontrar la fisura de esa composición, con la cual arropa (sin ser pocos) a sus lectores, tenemos entonces que divertirnos con sus relatos. Por ejemplo en otra de sus piezas, Dublinesca (2011), separa al lector pasivo del activo sobre su intención de encontrar dentro la literatura la belleza como máxima en el editor ideal, el que está fuera de las leyes de mercado, del mal gusto y de la imprenta comercial. Otra vez será un caso exógeno, bizarro el cual sitúa al hecho literario por encima de las ideas, incluso puesta al servicio de la escritura. Sólo que esta vez la novela no tratará sobre escritores, sino de la labor del editor. Este editor ideal lo necesita Vila-Matas para justificar un narrador-personaje que lo diferencia del resto de su obra. Dublinesca será diferente aunque emparentada con el resto de su obra. Poco le importa un libro más (en el sentido de la literatura comercial), aquí, en cambio, es el estilo lo que se destaca. Y ya lo hemos dicho: diálogo entre lo narrado y lo ensayístico, sin separaciones visibles del texto narrativo. Todo fluye, se incorpora a la lista de ese estilo. En este caso el personaje-narrador Samuel Riba, editor retirado, se lanzará hacia una caída que es más bien un abandono de su terruño para aproximarse a otra ciudad que no es Barcelona, sino Dublín al celebrar el Bloomsday y hallarse en ese Ulises de Joyce, donde el libro imprenta será un bastión para, una vez más, desahogarse y liberarse de los avatares del medio literario. Otro Viaje vertical, otra huida de las sensaciones. Pero este personaje es «real» aún y no quiere sucumbir nuevamente al alcoholismo, no quiere verse ebrio eternamente y perder la esperanza de tener consigo el genio artístico. El viaje del personaje, por su parte, es aún un viaje por lo literario, en tanto que define lo real como lugar de las emociones, como un espacio de la interioridad y lo sensible del arte, lo no/real se integra a lo real. De allí la sobriedad necesaria en la definición de su otredad. Y claro, está subjetividad tiene un valor simbólico y constructor de discurso. El personaje celebra el fin de la literatura como la entiende, donde todo libro ya está escrito y los otros –los libros—repiten ese gesto en las manos del escritor. A fin de cuentas es un pleonasmo y hay que dar por finalizada la jornada en aquel viaje del narrador. Esta es la huida del personaje. Una huida también hacia adelante. Hallar el libro que nadie ha escrito:

…aunque Riba nunca estuvo entre estos. Son de aquellos editores —los que tienen más agudizado el mal del autor— que preferían publicar libros que no los hubiera escrito nadie, pues así evitarían el zumbido y verían de paso cómo la gloria de lo que han editado sería sólo para ellos… (p. 39)

    Y ausentarse, estar ajeno a esa realidad. Formar parte de algo que se reconoce, que se atrinchera en la soledad del (des)conocimiento. En aquella soledad del artista genial y ausente a la vez. Y es genial por el nivel de conciencia del personaje. Es un narrador activo, presente aun con el personaje. Este narrador «ve» a dicho personaje para ser testigo de su liberación. Y a la vez el narrador quiere presentarnos esta realidad cuando sólo se resuelve por el lenguaje, relata una conciencia del discurso artístico que se ha venido introduciendo en varias de sus novelas. Pero no escribe aquél la misma novela, serán diferentes por la condición humana de sus personajes. Y se deja ver, en pequeñas fisuras, una obra compleja por su unidad y postura ante el discurso literario. Dublinesca se parece y al mismo tiempo se distancia de Chet Baker piensa en su arte y ésta a su vez de Doctor Pasavento y así sucesivamente del resto. Es cierto, son disímiles, y en ellas hace coincidir su estilo narrativo: los personajes están inmersos en el hecho literario. Entonces es una manera de concebir la realidad, la devuelve a la estructura narrativa o la imagina sobre esa modalidad de lo lúdico. Tratemos de explicar por qué tantas veces nos hemos encontrado con lo lúdico, justo, porque con el humor de Vila-Matas se modifica el sentido de lo real, creando la posibilidad de lo ficcional, de trasgredir una realidad mediante el mundo personal de sus personajes con el que vulneran las normas, buscan lo imposible, hallan lo bizarro, van tras lo abstracto y lo quimérico de ese mundo personal y rompen con lo institucional: se valen de su propia alienación con la realidad. Me gusta entender, sobre la lectura, esta duplicidad del género de lo ficcional y crítico, a su vez, nos depone ante un nuevo género. No veo de antemano tal pretensión en Vila-Matas, pero sí un clásico acercamiento borgeano con la literatura: la invención de una realidad libresca, literaria en el caso de Vila-Matas ¿Y podemos eventualmente hablar de una «realidad libresca»? No es el caso que nos atañe con Vila-Matas, pero sí se afirma esa relación lúdica con la literatura. Y es divertido. Sin embargo, esta diversión por ser lúdica nos introduce en su estilo literario: dudar de otros discursos valiéndose de la escritura misma, liberarla como lo hizo Montaigne desde su torre, creando lo que todos ahora conocemos como ensayo. Y Vila-Matas logra reconocerse en ese estilo para también divertirse y recrear lo literario. No hay opción, nos vemos obligados a asumir tal duplicidad del discurso ante esa formalidad de la escritura. Negando el yo del autor para hallar su otro yo poético. Constituir esa poética de la otredad y de la alteridad mediante el uso de lo literario. Por eso, Vila-Matas no quiere renunciar a sus narradores. Están allí para consolidar la voz del autor o cubrir esta posibilidad de alteridad por medio del uso doble del género. Y así explicarnos la mesura de su construcción poética: el yo del autor dialoga con el crítico que hay en él y se dispone desde el narrador. Dos cosas funcionan en una: el ensayista y el narrador. Hasta ese instante el lector le sigue a Vila-Matas, aun a sabiendas que escribe para aquella heterodoxia a la que pertenece: su propio canon de la literatura, aquél que transgrede lo obvio y moviliza la tradición para crear de las emociones (conmover por ejemplo) ese momento intelectual de sus novelas. De allí su proximidad a Pessoa: al sentido de las sensaciones que nos produce la escritura. Con todo, Vila-Matas, no quiere desaparecer (en tanto sus obras) como Kafka, Pessoa y Walser. Por el contrario, está a los ojos de todos, pero a un tiempo conforme a esa no/visibilidad del autor presente en sus personajes, donde halla en el otro la construcción de su poética. El arraigo a la obra, a un estilo que por supuesto le otorga personalidad literaria. La escritura ha creado ese universo «vila-matasiano» adonde lo acompañan sus lectores como verdaderos «fans» que van de librería en librería buscando el nombre de Enrique Vila-Matas lacrado en papel de portada de libro.

    La literatura es la realidad que se amalgama como pensamiento, mientras llega al encuentro con la crítica ficción: una forma discursiva en tanto es la novela un género de transformación continua. Para lograr ese dominio de la escritura ha sido necesaria la trayectoria de una obra ya densa, corpórea y fuera de lo común. La vida como arte. La vida de los otros.

    Se está erigiendo un estilo en la medida del lector de Vila-Matas. Un estilo, ya se sabe, heterodoxo porque no sólo se apoya en la forma del género de la novela (en tanto a lo auténtico) sino, también, en ese lector que busca lo novedoso. Está allí el autor creando su propia torre de Montaigne. Este mirar a Europa desde el ascenso, pero en la soledad, creando a su vez un abismo entre lo real y lo imaginado, cuya representación de la escritura abarca la reflexión o el mundo de las ideas. Y toda idea es literaria. Todo se hace literatura, conmueve al lector, aun, lo imaginado es real dentro y fuera del discurso.

    ¿Qué hay de Pessoa en la obra de Enrique Vila-Matas?: en Pessoa está presente el desasosiego y la fragmentación de su yo. La unidad desaparece a través de sus heterónimos, la creación de personalidades estéticas, voces fragmentadas hecha poetas con nombres y apellidos diferentes, juega a la despersonalización para hacerse uno en el lector de su poesía: distintos poetas en un mismo creador: Fernando Pessoa. El poeta se reconoce en cada lector. Pessoa en desasosiego, Pessoa fragmentado hacía una huida de sí y de la realidad que le circunda. Nada apacigua las necesidades de esa personalidad intensa que se va integrando a diferentes heterónimos: Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis por nombrar lo más reconocidos. Nada se sosiega en Pessoa. Nada se sosiega en los personajes vila-matasianos. Es más, en ocasiones el narrador asume la condición del personaje como sucede en su novela El viaje vertical (léase más adelante). Por su parte, en cada poeta/heterónimo de Pessoa su complejidad reside en la presencia de una estética diferenciada por el poema. Lo diferente es su legado el cual se transparenta y al mismo tiempo se hace sustancia. He leído a Pessoa, le sigo, me hago presencia en ese devenir de su poesía. Releerlo no será suficiente. Veo aquel Paseo de Robert Walser tan parecido al caminar de Pessoa por las calles de Lisboa: la mirada de Europa ante el hecho de un proceso que se crea en el distanciamiento de lo personal: el sujeto se desdobla en la búsqueda de esas condiciones poéticas. Así me quiero sentir cuando leo a Fernando Pessoa, en un estado de ánimo poético, aquella inflexión que el poema me permite se transfiere en sensación. De aquel sentir ahogado por el pensamiento. Pessoa en la búsqueda de esa identidad. Siempre abstracta por estar en movimiento con las emociones: un hecho mental acarreado por la escritura: El abismo es el muro que tengo/ser yo no tiene tamaño. Este yo se distancia de la realidad para afianzarse en la imaginación. Una búsqueda, para decirlo con palabras de Pessoa, del yo perdido y encontrado y vuelto a perder. Por medio de este artificio, interfiere una emoción en otra. Pero para uno y otro heterónimo la emoción es un estado del poeta que, a fin de lo que fuera, tendría que intelectualizar la emoción hasta transferirla en el resultado intelectual del poema. Es entonces más sincero el poeta con sus sentimientos en cuya medida sus sentidos tengan un grado de intelecto. Debe crear una situación ficticia para lograr decir una mentira hasta que ésta reúna la verdad en esa contradicción. Distinguirá el poeta un sentimiento de la despersonalización en cuanto haya racionalizado todas sus emociones: ¿Es Dios emoción artística? Dice Pessoa en este verso y pareciera que esta pregunta se la está haciendo el narrador de Bartleby y compañía (léase más adelante), sin embargo, es un verso de Pessoa cuya respuesta queda en el vacío del lector. La emoción como forma metafísica del pensamiento en su discurrir conforme al intelecto: un juego de ser niños en cuyas reglas nos inventamos después de una postura reflexiva. Para ello necesitamos saber si éste proceso inteligible requiere de una abstracción particular, o sea, cómo se lleva a cabo una emoción intelectualizada. Las emociones en el poeta, al rigor de esta interpretación, son expresiones de aquel pensamiento: recibe, en primer lugar, a la emoción, luego, la intelectualiza en un hecho verbal como hace el escritor. Emoción y pensamiento se reúnen. Esto, ocasionalmente, ya lo había escrito en Teatro y literatura (2000) pero quiero esta vez llegar a una relación estrecha entre Pessoa y Vila-Matas en cuanto al uso estético de éste con dicha despersonalización del sujeto en los personajes de su narrativa.

    La escritura releva lo poético de esas emociones en estado del signo, produce entonces significaciones. Esto se me parece a Enrique Vila-Matas pero con una diferencia en lo lúdico, en su relación con el humor. Enrique Vila-Matas quiere distanciarse de aquella «saudade» de Fernando Pessoa, ya que con aquellos heterónimos no habrá ningún parecido, pero el mismo sentimiento aun lo conmueve. Vila-Matas un adjetivo, una categoría literaria con la que nos divertimos. Solo Vila-Matas.

  1. De su libro Él es Vila-Matas, no soy Bartleby
    Juan Martins
    1ª edición: © Ediciones Estival 2014
    Colección El vitral de Duchamp nº 1 ↩︎

Lo ilógico de Kassel/ ‘o mi falsa modestia al introducir este libro’

por Juan Martins1

Enrique Vila-Matas en Kassel no invita a la lógica (2014) se hace libro por medio de su yo, ése que se disgrega a partir de su alteridad. El propio Vila-Matas se representa desde su máscara a modo de crear la performance en Documenta 13 (documenta de Kassel, la conocida feria de arte contemporáneo) que le permite crear de su personalidad el objeto de su acto artístico: hacer que escribe ante el público como un gesto de interpretación de su condición de personaje, permitiendo que su presencia como escritor sea una representación antes que un hecho real, puesto que será sometido a su acto. Todo lo que vive sobre ese instante estará en relación con el sujeto que se deja intervenir para la trasformación del yo que narra, el narrador sometido al tratamiento lúdico en el mismo momento de la escritura. Él se transparenta en medio de esa alteridad con el propósito firme de ser el actor de sí mismo. Se transfiere en experiencia, su cuerpo es un signo de escritura. Por otra parte logra recrear en su corporeidad el estado de ánimo exhibido por la narración. Dialéctica impecable en el discurso narrativo. Y divertido. Ese espacio de lo narrado se hace construcción en el discurso. El escenario de aquella representación será la propia documenta 13, la bienal como abstracción de ese sujeto que narra su propia digresión. El yo se fragmenta en la interioridad del relato. Narrador y personaje se comprometen en esa escenificación. De allí la bioficción a la que Vila-Matas hace referencia (Juan Martins, 2014). Lo ficcional desde la vida del autor, Vida y ficción inevitable en ese lugar del discurso. A partir de esa condición se admite relatar el desplazamiento de su yo en las condiciones del discurso (ahora el tema no son los escritores, sino éstos ante el arte, a veces, sobre la impostura). Es decir, siendo él, el héroe de esa historia, alcanzará la duplicidad con aquella representación a nivel del texto narrativo. A este lugar de la narración prefiero llamarle intratextualidad: el mismo autor (en su condición de personaje-narrador) se hace personaje y por tanto enunciado del discurso literario. Como he dicho en otras ocasiones, texto dentro de texto, sin embargo, destaco una diferencia sutil y es que el propio Vila-Matas se narra y es objeto a su vez de contemplación artística: narrador en primera persona quien «mira» lo que sucede (la historia de lo narrado) y aquello que sucede es por sí mismo otra representación: la documenta 13. Relata su yo como sistema de aquella alteridad: el yo se hace signo, escritura. Y nos viene esta reflexión por la vía del narrador en primera persona, con ella, la erudición que hace en torno al contexto: opina sobre la Bienal y recupera su noción del arte. Mejor dicho, él es sujeto y objeto al mismo tiempo en la interpretación hasta transformarse por otro: la voz del narrador pasa de observador a partícipe, entonces, la dinámica semántica cambia. Es signo y significante cuando desarticulan su relación lógica: el sujeto describe pero él es parte de esa descripción y de todo lo que se narra. Acá, descripción es retórica, en tanto al registro teórico que le permite al sujeto interpretarse a sí mismo. El propio Vila-Matas ha definido esa retórica1 como bioficción. Todo es ficción. La realidad es ficción, él también.

    En la formalidad de esa retórica queda interpretado el signo. Al «ver» sobre ese paisaje de la documenta —el fragmento de la realidad— interpreta y se es interpretado, esto es, leerse a sí mismo, funcionando el nivel semántico y pragmático del lenguaje en el relato: la secuencia de la historia es la misma sintaxis de la anécdota que se sobrepone como contenido narrativo y el autor tendría algo más que decirnos además de sus ideas: impone un estilo por el relato, la gramática y el discurso. Es la escritura lo que interesa antes que la anécdota. El estilo tiene el suficiente poder de narrar por sí solo. Vienen a su lugar conceptos, definiciones y posturas ante el arte (o lo que el narrador piensa qué es el arte). Y el discurso es pragmático también por aquella mirada al documenta 13. No obstante, ¿será la crónica de una visita? Sí y no, puesto que crea ruptura con el modo de presentarlo ante el lector cuando trasciende en forma de relato. En otras palabras, la ficción se da por la duda ante lo real o ante el objeto artístico. Y él, Vila-Matas, lo es en esa relación retórica consigo mismo, sobre la búsqueda del vanguardismo. Se pregunta acaso qué es. Y les pregunta a sus lectores. Fascinación por lo indefinible.

    El arte como sistema de la duda y postura del sujeto, el cual se modifica por el significado del concepto vanguardia. Aquí lo lúdico de este relato/crónica que procura al espectador en el marco de lo inesperado y sometido a sus propias rupturas con el lenguaje. Por ejemplo, lo real ya no es tan real cuando formará parte de una transparencia del objeto. Si no está del todo definido es entonces la duda de esa retórica del relato y su sintaxis. Visto de esa manera funciona como actuante: hacia dónde se dirige la acción del relato: en la búsqueda por una definición de lo ambiguo. El furor de ese gesto reside en la materia del arte: de qué está hecha la vanguardia. A ciencia cierta no sabremos, pero late la interrogante sobre su lugar estético. Por su parte cómo se comporta esa materia y qué nos aporta en nuestra condición de espectadores. Siempre espectadores de Enrique Vila-Matas. Es esto lo que nos hace parte creadora del relato. El lector es invitado a permanecer en su condición de espectador, fisgones de lo que a su vez es testigo aquél. Y el relato, la crónica o ¿el ensayo? se desplaza, a fin de cuentas, hacia la representación de lo literario. ¿Estaríamos ante un nuevo género el cual se desarrolla con la asistencia —presencia— del lector y todavía del autor? Sin ella, incluso, aquella relación con el significante (el yo duplicado de Vila-Matas) se perdería ante la convención del discurso y volveríamos a ser testigos de una experiencia sólo lineal y no, en cambio, abierta como lo es. Digo esto con el fin de hallar otra relación: el concepto de lo ficcional a partir del yo del narrador. Éste se ficciona, por tanto, se hace «mentira» para edificarse en el lector todo aquello que imagina o se representa en lo hilvanado por la historia de la novela. Es allí cuando se hace novela. En lo urdido desde quien da el paseo por una bienal cuya forma se hace recorrido aun en el lector quien también viaja con el autor. El pensamiento es una abstracción simbólica también. El autor logra introducirnos con la misma pasión por la literatura, el arte y la vanguardia.

    El yo del escritor dialoga con (nos)otros, en tanto que el tono biográfico se deja enunciar sobre la voz del narrador. De aquí podemos evaluar la distancia poética que establece con la realidad: lo real es simbólico. Y se estructura como noción de lo imaginado, pero es el objeto —el escritor—quien lo hace posible en su performántica. La «cosa» artística se separa de lo real y del sujeto a su vez, por lo que será el arte quien gobierne la intención y el tiempo del creador, del escritor como tal. El sujeto se transforma en lo interpretado: Vila-Matas nombrado al nivel de la despersonalización. El narrador es el mismo que se adjetiva durante la narración. Pues bien, produce su viaje por el camino de Kassel. La alteridad viene dada en la propia corporeidad de Vila-Matas en la historia. La materia (el cuerpo) es vista desde otra dimensión de lo real. Quien mira la Bienal de documenta 13 es el otro en quien se representa al hacerse «mirar» y volverse a la narración. El cuerpo (el yo de Vila-Matas) se hace signo porque también es palabra. Toda narración es un viaje. La diferencia está en la voz que enuncia el recorrido. Hemos dicho anteriormente del viaje vertical (Martins, 2014) al que alude el autor en su obra como metáfora de la transformación del sujeto, el cambio en el individuo se hace metáfora al convertirse, como hemos dicho, en objeto artístico. Esta vez el «viaje» se compone de la inflexión o de la voz del narrador, creándose la pertinencia entre el autor y el narrador. Insisto, la bioficción a la que alude Vila-Matas se dispone como cuño estético: el lector y el autor se reúnen en la ficción. Así que se reconoce la visión posmoderna del arte y la literatura: el objeto sublevado por la imagen de lo subconsciente, predominando sus formas abstractas, donde el modelo se transfiere al espectador desde su libre interpretación del objeto artístico. Hablando un poco más sencillo, mientras leemos la novela vemos a Vila-Matas como si fuese un «cuadro», una pieza plástica o una esfinge con figura de escritor cuyo escultor es el mismo lector al mismo tiempo. Allí, recreándose en medio de las calles de Kassel y desafortunando la paciencia de los transeúntes. Y por la literatura lo posmoderno reiterando el desdoblamiento, la fragmentación y la dispersión del yo. Es desde esa noción que la novela/crónica adquiere la formalidad como narración. Y como debemos comprender, se disgrega el pensamiento. Con toda mala intención Enrique Vila-Matas coloca a los lectores en el lugar del juego desde la perspectiva del humor o su inflexión. Lo lúdico se ha estructurado en la novela. Y por el placer de recrear la erudición del espacio usado por éste tanto en lo vivido con lo textual, lo que se hace texto por medio de la experiencia. La misma visión del autor en cuanto al ejercicio de narrar se somete a lo teórico como a lo práctico. A fin de cuentas la praxis va tras la cognición y se deja llevar ante la materia, buscar de ella lo que tiene de insustancial y prefiere madurar en la observación: aprendemos a ver lo que conocemos y el artista hacer de esa materia el objeto de otra sustancia: el objeto ya no es tal sino el producto de su transformación. Es un maniarista en el mejor sentido de la palabra.: un alquimista del lenguaje. Es decir el escritor nos hace parte de su «paseo» siendo él parte de la narración misma, no sólo como narrador-personaje sino como objeto en lo narrado, cambiando las formas por otras en su intención de alteridad. Insisto en esta idea para afirmar la diferencia con lo convencional. Todo va para más: muestra de museo en un contexto diferenciado. Qué hace un escritor como muestra artística de sí mismo cuyo protagonismo se da por la escritura. Claro, si lo pensamos bien, para los realistas nada se modifica, no hay alteridad posible en ese contexto. En cambio, en aquél todo se transforma por la exigencia del recorrido. Así que dicho paseo se materializa en la escritura vila-matasiana. Vila-Matas pasa de espectador a artesano de signos. Su propio cuerpo exhibido sin ningún otro propósito que el ser visto por sus asistentes. Pero el «paseo» se da en el lugar abstracto del pensamiento del narrador. Vila-Matas mira y al mismo tiempo es mirado, una suerte de Duchamp de la literatura posmoderna. Piensa y es pensado en ese estado impuro de su realidad. Es impuro ya que lo real y lo onírico están haciendo la jugada, situando el orden de lo lúdico por lo convencional. Volvemos a entender entonces que las cosas son susceptibles a variación. El conocimiento llega por otras vías, incluso, por lo irracional como quería Cortázar. Y es lo que nos quiere decir el vanguardismo: la forma se hace ininteligible con la firme intención de ocultar —a la mirada de cualquier espectador—el potencial de vida que hay en aquellas formas. Esta es, la comprensión de mundos alternos en el pensamiento y de cómo éstos se trasladan a la realidad. De modo que lo que llamamos «real» es sólo una parte, un fragmento y, debajo de éstos, residen otras formas de lo real. Oculto y desaparecido de la audiencia, pero funcionando en el lenguaje, con el cual se complementa para que al final aparezca, ahora sí, lo real sin tapujos. Después de todo, es una esfera hilvanada por lo subconsciente. Recordamos entonces lo onírico/simbólico como un estado natural el cual más adelante vive el autor como personaje.

    Lo hemos notado leyendo su otra novela Aire de Dylan (2012), donde el sujeto/personaje es sometido a la transformación emocional y en el que, no obstante, lo real es una visión de su propia abstracción. Por definición lo que se piensa se proyecta hacia la realidad. Y léase lo anterior como un axioma de mi parte en torno a lo posmoderno, si acaso de lo ininteligible. En este libro (véase más abajo) pasaré a redactar mis ideas en torno a estos escritores contemporáneos que son, con sus diferencias, autores que asumen su postura realista como en el caso de J.M. Coetzee y los otros, cada uno o separados, marcan su distancia por estilo y actitud ante la visión de lo real, del pensamiento y lo subjetivo. Para mí, de modo ligero ahora lo digo, son ellos muy dostoievskianos, apenas limitados con sutiles diferencias de forma y de cómo sobreponerse de lo anecdótico en la estructura de la narración. Y nada en estos novelistas está prescrito para un último modelo de escritura. Desde que les interpreto encuentro esa pasión por lo literario. Nada resuelto, debo antes, de clasificarlos en una aptitud estética por sus técnicas narrativas que me producen a un tiempo divertimento. La estructura de sus relatos se reúne por esa condición del sujeto ante la realidad (volvemos a la disyuntiva de la otredad) y de allí a la condición humana. El estado «puro» de la narración el cual leeremos de sus personajes nos adjunta a ser lectores de esta noción de lo literario. Y nos compromete. El yo dispuesto emocionalmente. Desde estos referentes, aquella, Aire de Dylan, se parece a Hombre lento (2007) de John Maxwell Coetzee y ésta a El viaje vertical (2001) del propio Enrique Vila-Matas. En ambas, el viaje es un tema en común. El héroe de esos recorridos se sojuzga por sus emociones. Hasta aquí quiero explicar la relación entre personaje y racionalidad del sujeto, la cual compromete tanto a la cimentación del personaje como al lector. Por su parte, en Coetzee esa condición de lo humano se acentúa por mecanismos diferentes. El mundo es real, pero la ironía se sostiene a lo largo del relato: el personaje pierde poder ante lo real. La relación intersubjetiva del individuo se da a nivel de la memoria del pensamiento. En esta visión de lo literario Fiódor Dostoievski los une y aquello que los separa es la actitud ante lo real. Para uno, es un ejercicio con la otredad, para el otro, con la memoria. Y en ambos la duda de lo real es la frágil línea que los diferencia. Vila-Matas establece la relación directa con la otredad, el yo ficciona y en Coetzee la memoria es un estado del subconsciente. Por tanto, la memoria es frágil ante la realidad. Las emociones recrean la figura de lo subjetivo y allí las historias de uno y otro se pierden en la alucinación del lector. Y qué bueno que sea así. Es divertido. La ficción se contrae en Coetzee. Es decir, se reserva a la memoria y a la vida subjetiva de los personajes. La «mentira» sólo le es contingente al mundo interior que éstos viven: la imaginación, el recuerdo y el enlace de los tiempos narrados. Es diferente cuando esa ficción es más abierta como en Vila-Matas, donde el personaje, como en Coetzee, desarrolla su mundo interno, pero lo real sufre de alteridad porque aquél cambia de estado emocional y son capaces de duplicarse o alternarse en esa visión que, de allí en adelante, tendrán de la vida sobre los confines de lo irreal. Lo anecdótico sólo sirve de referencia temporal. Sin embargo lo que se consolida en esa narrativa es el estilo, la manera de articular la narración. Claro está, por medio de ello pueden transformar la realidad de lo narrado. La emoción en ellos tiene una fuerza tal que mueve el entorno o ellos son capaces de moverse en él por esas mismas emociones que están viviendo. También llegamos a una conclusión similar: en Vila-Matas lo ficcional, a diferencia de Coetzee, se expande al límite de lo simbólico. Los límites de esa frontera los agrega el lector. En todos, la narración los conduce a ese estado emocional de enlace con lo subjetivo. Me interesa asociar uno con otro hacia la diversidad por reconocer el lenguaje ante el hecho de ficcionar. Algo une a los autores además de mi lectura personal: el estilo. Lo que se busca con un autor lo es del otro. Dada esta breve comparación me gustaría reconocer cómo se producen en éstos el apego a lo real. Por otra parte, en qué medida la realidad se (des)estructura con el propósito de usar el lenguaje en virtud de definir sus entornos y a su vez separados por sus ambiciones con la escritura. Los dos, borgeanos cuyo recóndito lugar está con la ficcionado. Y crean su estilo de ello. Aclaremos algo: en Coetzee los personajes, a diferencia de Vila-Matas, no se desdoblan, pero son conducidos por dramáticas emociones, cuya intensidad recrea la otredad en ellos. En eso, siguiendo nuestro recorrido, notaremos como Amélie Nothomb intensifica esas emociones para construir su unidad con la otredad y el carácter ficcional de sus novelas. Breves, pero con ritmo y estructura ante lo ficcionado.

    El límite entre lo real y la ficción sólo está determinado por el discurso. El modo pues de narrar en cada uno de ellos. Coetzee simpatiza con Borges y Vila-Matas con Coetzee y éstos con Paul Auster y así la continuidad de esas afinidades literarias: referentes entre el lector y el autor. Y esa cadena se da en función de lo literario, entiéndase que lo literario es una forma de conocimiento porque accede a nuevos discursos y con ello se recrea un modelo de aprehensión y definición de lo real. En ese instante se conquista lo cognoscitivo lo cual compromete a la creación literaria. Esto viene con más cuando se elabora el discurso crítico alrededor de ella. Sirve esto para, a modo de prólogo, mostrar mi modesto recorrido como lector. El compromiso está ahora en aprender las diferencias de cada narrador, como sistema de detención por comprender una ética por lo literario, así como la visión de lo real por éstos. Es sistema por la clara razón que nos permite acceder a mundos creados por más diferentes que sean éstos. Y por ininteligibles que sean están también hilvanando el mundo de las ideas. Entendiendo por idea como la abstracción que solicita el lector en medio de su representación. En otras palabras, el lector cumple con su rol al momento que su aprendizaje crece por la percepción de aquellos mundos reales y no, ficticios o naturales. Siempre sobre la dialéctica de lo escritural.

    La novela o el relato como medio de acceso al otro, a lo diverso y a la digresión del yo. Al reunirlo sabremos que es por causa de la imaginación que nuestra inteligencia se hace sensible ante lo estético. Y comprendemos a partir de entonces que el subconsciente nos reserva un mundo el cual se libera por medio del arte. A aquellos escritores, además, los une su postura ante la literatura, la política y el arte. Han escrito por separado sendos ensayos con respecto a la diversidad de estos temas. Y se han comprometido con su estilo, incluso, públicamente ante sus lectores. Y como he dicho, herencia dostoievskiana desde la voz de los narradores. Escritura y vida comprometida en una misma línea de continuidad con los tiempos de la escritura. No tengo mayor afición a estos escritores que no sea su acercamiento a Fiódor Dostoievski. O, al revés, aquéllos me acercaron a éste. ¿Y qué haríamos con esas afinidades literarias? Lo que suele suceder, acercarnos con la misma pasión por lo literario. Nos hacemos literatura, nos hacemos nombre.

    Novelas son nombres por la razón de que la escritura es el pronombre de cada uno de ellos. Estamos en su relación con ellos también porque le reconocemos en su escritura. Son sus lectores quienes deben exigir tal relación de la literatura o de un autor con otro. De un discurso con otro. De un personaje con su condición humana. Sin ella, ¿de qué serviría la literatura? ¿O es la literatura por necesidad de aquella condición? Ambos vienen por igual. La necesidad de contar o cantar (por lo lírico de la poesía) surge como primera representación de la escritura. Para nosotros: la imperiosa necesidad del ritmo y la palabra o del relato. Desde niños nos abrigamos en el cuento para protegernos del lado oscuro de las cosas. Y las cosas son tan irreales como lo imaginario. Y a partir de entonces no existe una sola realidad, sino tantas como sea posible. Y cuando menos lo esperamos estamos duplicados con nuestro reflejo repetido sobre sí mismo: una simetría infinita cuya lógica es inescrutable. El cuento es una orgánica necesidad con la que aprendemos de esa herencia literaria. Para el lector es inexorable poner en marcha aquellos mecanismos cada vez que sea necesario. Llegamos a elaborar diferentes lecturas al mismo tiempo. Y algo, un no sé qué, nos une en su dialéctica además del placer que nos produce. Por lo que estoy convencido de que es el estilo quien logra unificar aquella diversidad. Con el cual agrupamos y asociamos de modo indirecto toda vez que elegimos a un autor de nuestra preferencia que lo es por esa razón que se van conformando relato tras relato. Una señal de que los libros están bien escritos notar cómo se estructura ese estilo por sus diálogos, su composición y el ritmo. A modo de saber que estamos ante autores que no están dentro de una impostura, sino que atienden al diálogo y están formando parte de su musculatura como escritores. Se arma el tempo de la escritura y los diálogos dan sobre ese ritmo. Nada de extraño en esa conexión entre estos escritores. Se hacen en mí adjetivo y de allí penetro en las ideas de éstos que me dan para leer una, diez y muchas páginas. Y el trabajo que tengo que hacer es recrear ese vacío con este ensayo. En pocas palabras, atenerse a la posibilidad del fracaso por una hermenéutica inútil En literatura hay cuatro temas. Y con ellos me quedo, para qué ir a más. Si lo encuentras, estará bien. Yo, por mi parte —no deseo más—, tengo cuatro. Así lo decido: el desasosiego, la duda, la escritura y el amor. No sé a dónde me llevarán. Por ahora este libro es parte de ese compromiso como mi anterior libro Él es Vila-Matas, no soy Bartleby (Martins, 2014) lo fue con el desasosiego y la escritura en sí como poética de la narración en Enrique Vila-Matas. Lo literario no es sino la convención de una recepción: el lector. Y como es sabido, son muchas las causas semánticas que lo explican. Por ahora me decido por la transtextualidad: un escritor produce de otro la unidad textual esta vez diferente cuyo origen se repite en la representación que es la lectura. Por ejemplo, Murakami hereda de Kafka. Es el caso de Samsa enamorado del libro Hombres sin mujeres (2015) aquél usa el cuento La metamorfosis de este último para escribir su versión. Esa estrecha relación nos explica la afición de sus lectores y por otra parte qué hay de uno en otro por más diferentes que nos parezcan. Después de todo es literatura. Recuerdo ahora la frase de nuestro poeta Rafael Cadenas: «la literatura engendra literatura». Esto sería un buen ejemplo. Lo que a su vez no hay que confundir con la intertextualidad que es introducir un fragmento de un texto en otro. Repetir la escritura inclusive. Son dos formas del sentido en la escritura que suele acudir el autor con el propósito de reconocer honestamente esa herencia como arriba hemos citado de ejemplo. En el caso de Enrique Vila-Matas su ocurrencia viene por el hecho de enunciar textos, discursos y autores como referentes de las incidencias de un escritor con otro. Reiteración semántica la cual afirma la relación de la literatura con la literatura. En ese orden de ideas deseo comparar a estos escritores por su similitud. Nada es nuevo en literatura, acaso auténtico. Y eso se logra con el oficio y la disciplina con la que cada escritor se ha urdido a sí mismo. Escritura de lectura. Cadena de significaciones cuyo autor asimila para sí. ¿Cuáles pueden ser esos puntos de encuentro de una obra con otra, incluso, qué los une? Podríamos asociar el carácter de cada novelista. Sería muy exhaustivo hacerlo pieza por pieza, novela por novela. Nombre por nombre. Se trata, por el contrario, de un asunto de tono o acento por el carácter que los reúne en la técnica de la escritura que, como es natural, los diferencia a la vez que los une. Escritores de una época —perdonen el lugar común—, también de un estilo. Y los une más que en la función ideológica de la narración, el sentido estético que les confiere cada uno. Es decir la fuerza como narradores que le incorporan a sus historias. La dinámica que significa para ellos ser narradores: es una experiencia, pero también intuición, madurez y talento que se sitúan en el momento de la escritura. Y en consecuencia la estructura poética la cual se organiza en función del lenguaje con el cual han aprendido a ser narradores. La importancia de un quehacer el cual se asalta por pulso. Y motiva al lector. Ese Vila-Matas que se hace en el lector es también quien escribe desde la mixtura del ensayo y la narración. Se unen en el autor para consolidar una escritura que viene por doble camino. El primero, la narración/ ficción en el que sucumbe cualquier opción por ser realista.

    De hecho su novelística es todo un compendio en torno a lo que considera sus narradores de la escritura, los escritores y la narrativa. Se desliza con comodidad entre la narrativa y el ensayo. Para todos es sabido de este estilo en Vila-Matas. Y lo ejercita hasta la obsesión. Estilo. Forma y, en suma, estructura que se sostiene ante la visión heterogénea de la escritura. Y, por más, heterodoxa: su condición como escritor está narrado y formando parte de sus ficciones, como si existiera la necesidad de ser un avatar de su propia escritura. Paul Auster, por su parte, lo hace pero se parece más al escritor Hemingway que él quiere ser tanto como Vila-Matas quisiera. Es una metáfora esto de escribir, donde nos fascina usar por un momento la máscara del otro. Y nos divierte hacerlo. Todos se vuelven hacia el mismo furor, hacia una poética donde no faltan las inferencias de los escritores, lo intertextual y, como dije, en ocasiones de transtextualidad que es con lo que nos quedamos de éstos. Una escritura que se circunscribe a una hermenéutica a razón de ese estilo: la ambición del escritor como parte de la narración al mismo tiempo, sin que la honestidad del discurso se vea afectada. Por eso el discurso en éstos es fluido y desencadena en el placer: leerlo nos hace parte de los escritores y de sus mundos creados. Y para no perder el propósito de ese estilo nos escriben, en algunos casos, en primera persona. De modo que estamos cerca de esa inflexión biográfica. Este estilo lo consolida en el transcurso de su narrativa. Quiero recordar por su parte que J.M. Coetzee es biográfico en gran parte de sus novelas, entre otras, utiliza personajes que están relacionadas con la poética de la escritura. A partir de lo que más adelante denomino exgénesis: todo aquello que está fuera de la novela misma se hace ahora parte de ella: puntos de vistas en torno a la escritura o el deber ser de los narradores. La vida del escritor y sus oposiciones o querellas como parte de esa estructura en Coetzee es frecuente en algunas de sus novelas Verano (2010), Elizabeth Costello (2007), El maestro de Petersburgo (2007) entre otras. Ahora que lo digo quiero recordar todavía que estoy tratando con una teoría de la recepción. Y al serlo, lo es también de la significación. Desde luego, nos permite un análisis más abierto o más accesible para el lector y para quien escribe, alcanzar esos puntos de encuentros y similitudes entre los escritores que por alguna razón los hemos elegido. La causa no es necesariamente una lógica interna del lector. Si bien estamos hablando, como lo hacemos hasta ahora, de significancia (Todorov, 1981) es que estamos hablando de interpretación lo cual a su vez convive con la intuición del escritor. Y si es intuitivo se explica por el nivel idiosincrásico del sentido de la escritura. De lo que trae consigo la novela en el lugar de las ideas. Esta es, la función pragmática del lenguaje. De algún modo la interpretación del signo se da a lugar en un proceso de abstracción del lector con el que se «ordena» el placer por la lectura: cuáles son esos autores que me interesan y con cuál arreglo se disponen para degustar en la dinámica de la lectura. Se produce no obstante en mí como lector un efecto de significación: interpreto lo que quiero interpretar del signo que a un tiempo deseo representarlo con la lectura. Signo/significación en la pretensión abstracta de la lectura para que después se produzca el sentido. La significancia se contiene de aquella lógica del sentido, puesto que la primera base de esa relación es el significado. Nada nuevo hay en ello, sólo que queremos conceptualizar esa experiencia de la lectura. Qué hay en uno que en otro me es común y me distrae por igual, pero lo hace en el mejor sentido de la palabra: me aleja de la realidad y, por lo mismo, nos fragmenta de ella. Estas lecturas me laminan en un reflejo de aquello que aprehendemos por medio de las diferentes lecturas. Y sin embargo hay que saber qué tanto de afinidad hay entre los escritores aquí expuestos como para agruparlos en la intención de este libro. Las diferencias saltan a la luz.

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Considerando lo expuesto hasta aquí caracterizo mi noción del yo. Cómo aventuro con este escrito hacia la duda. La dispersión será entonces parte del estilo de este ensayo. La grafía de la escritura de Vila-Matas es sensación, se contiene, además, de formalidad sígnica porque la realidad se le dibuja a sus narradores los cuales nos impulsa a reconocer a éste como un autor del desasosiego en tanto que los personajes se disgregan en ese entorno y éste se transfiere en escritura. Y en ella se está describiendo el lugar de las emociones y, en más, la relación psicolingüística en la representación de la lectura. Todas las emociones son la realidad. En Vila-Matas lo real se fragmenta. En cambio en Coetzee no son los personajes quienes se fragmenta, sino la historia. El realismo con el que se estructura no hace posible el juego con lo ficcional, pero sí a un nivel emocional de los personajes. Lo subjetivo se interpone como mediador de la realidad. Y esto los une.

    Escritura representada. En el caso más extremo, él interviene corporalmente. De su corporeidad se desprende la emoción cuando lleva a cabo su escritura. Él no sólo es protagonista, sino objeto de su representación lectora: crónica de un performance. El hecho es que no sabremos en cuál momento se nos presenta los límites entre él y la voz del narrador. Quiere decir que el yo poético se separa del yo vivencial, sin embargo, este último carece de sentido real, carece de todo realismo. Por una parte sabemos quién escribe Kassel no invita a la lógica (2014), pero el autor se hace metáfora y objeto de vanguardia la cual le ayuda a entender lo intangible del pensamiento. Y por otra parte se le suma su capacidad de viajar como materializando su estado inaccesible, su corporeidad echada al vacío. Y no estar, tanto como los personajes de sus novelas, en un punto fijo porque es una abstracción. Con ese gesto de posmodernidad sella con aventura lúdica la sagacidad de un estilo el cual lo asume con ironía, en tanto que la ironía es una figura del poder (Víctor Bravo, 1997). La escritura le confiere la autoridad para nombrar una realidad en donde tiene cabida sólo él. Por lo que aquella abstracción se resuelve más adelante con otra aventura: la del autor. De modo que esa representación adquiere su sentido narrativo también, ya que, el pensamiento se recrea en la esfera del pensamiento intersubjetivo. Allí tal abstracción es permitida en el lugar imaginario del lector.

    Y Enrique Vila-Matas apuesta, mediante la ficción, a ese imaginario de lo irreal. En un principio se define como autor contemporáneo. ¿Pero qué significa eso a la luz de su estilo? Nada porque justo una de las insignias del posmodernismo es la ruptura con el tiempo de la escritura. Quiere decir que su postura de tiempo y estilo no siempre aparece con delimitación. Es realista o simbólica y a un tiempo decimonónica: su realismo no es más que mero artificio —bien utilizado— para construir un discurso auténtico. Su realismo está para «mentir» bien con el criterio de exhibir su capacidad de ficcionar. La ficción produce la alteridad. La mentira. Todo aquello otro lo cual se representa en el relato: la nueva realidad que surge de ella es representada con el lenguaje y se vale de la narración realista. Luego, el resto viene a ordenarse: lo simbólico, la alteridad, lo abstracto y ficcional se compone de esa estructura. Aquella narración se compone de cada técnica pero la lógica de su realidad se caracteriza por su parte de esta ficción en la que escribe Vila-Matas. Lo real no es más que un primer plano escénico. Ya que tanto los personajes como sus entornos vuelven a existir con otras características. Es otra realidad. Por ejemplo en su novela Aire de Dylan, la alteridad, lo teatral y la duplicidad se ponen en juego a propósito del constructo narrativo y lo narratorio (lo compone todo lo que acabo de decir del lector) con fines de la novela como la conocemos. Y el realismo aquí obra a nivel de la articulación del lenguaje. Sin embargo, los mundos creados formarán parte de su ficción o, siendo un poco más osado, de su bioficción. Él estará ficcionado. Digo lo anterior a modo de considerar la forma extrema de este estilo dispuesto en Kassel no invita a la lógica. Así pues en este intento del libro, cada novela es un nombre: J.M. Coetzee, Roberto Bolaño, Pola Oloixarac, Paul Auster y Enrique Vila-Matas o Amélie Nothomb y Alberto Hernández están nombrados por su estilo y novelística. Detrás de cada novela, un nombre que seguimos. Todos con alta recepción. Y ahora leídos en el mundo.

    Es necesario que diga que sólo el azar y la improvisación nos lleva a esta selección. También debo agregar que el hecho intuitivo de esa selección se origina en el deseo por la lectura. Tal vez tengamos, con mayor madurez sobre el tema, escribir en su momento de una poética del deseo por el libro o algo que se le parezca en esta época digital que estamos viviendo. Viene bien para comprender el comportamiento de la lectura. Estará presente su relación directa lector-libro-deseo. Y en consecuencia el lector nos acompaña en el asalto de esos elementos para lo cual nos acercamos al componente de esa poética del deseo por la ambición del lector. Así que, hago este paréntesis para establecer el análisis comparativo. De acuerdo a esta comparación ordenar el discurso para el lector. Tenga éxito o fracase en mantener la lectura de este libro.

    Ya me tocará hablar de ellos en otro libro. Por lo que ahora me interesa es hallar la conexión interna que me permita entender a éstos narradores. No por casualidad Vila-Matas ha sido lector de J.M. Coetzee y lo más seguro éste de aquél o sino Paul Auster los une. De lo que si estamos seguros a esta altura son de sus hallazgos conceptuales: la duplicidad, la otredad o lo histriónico de esa representación. Por otra parte, la forma de una literatura que es orgánica, en tanto que las emociones se racionalizan: lo ético y moral dispuestos en el relato como clara herencia —lo repito ahora— dostoievskiana. Desde esa perspectiva, Coetzee y Paul Auster lo son. Enrique Vila-Matas se les parece por el tratamiento que hace de esas emociones donde el sujeto será capaz de liberarse. Por ejemplo, en El Viaje vertical el sujeto se ve en la necesidad de dialogar con sus emociones. A fin de cuentas se trata de eso. De las emociones y cómo son llevadas de la mano por el narrador. Algunas veces en primera persona, en una relación personaje/personaje, puesto que él es el narrador de aquella experiencia emocional en la que se convierte el relato. Y la tarea de todo buen narrador es hacer de sus relatos una terapia de esas emociones. A fin y al cabo, para Vila-Matas el personaje importa en la medida de la alteridad que él produce antes que la anécdota que carece de importancia. El cómo se estructura será lo fundamental en esta narrativa. Por eso lo anuncia Vila-Matas al referirse a esa formalidad del estilo. Que en él su biografía es el transcurso de su estilo. Y a partir de allí se componen ante la vanguardia, creando una visión heterodoxa del oficio de narrar. Como dice Antonio Lobo Antunes: poco importa la anécdota, sino la manera de urdir las palabras una tras otra y asir lo que será su estilo.

    He expuesto esta idea general del estilo porque es de esto de lo que va: el estilo, la literatura y la vida. Saber que estoy ante escritores con una impronta por su estilo.

    Nunca están aclaradas las dudas. Hay algo siempre dentro de la maleta. Había dejado inconcluso esta idea que acontece en Kassel no invita a la lógica con lo que ahora aprovecho para este otro capítulo. Con todo, ahora reconozco la limitación de tratar sobre un autor en específico, quedará siempre tinta en el tintero porque toda obra es abierta a interpretaciones.

    Es cuestión de nombrarlos, se hacen pronombre al enunciar la obra. Y nos hacemos en el autor, como han de esperarse de este registro hecho aquí. En esa medida hallamos las similitudes entre los autores. En ellos, la intertextualidad le es común. Cada uno la instrumenta desde su perspectiva. Coetzee lo hace en su novela Elizabeth Costello (2007) con el personaje homónimo quien coloca lo literario dentro de lo literario por medio de sus opiniones, conferencias y diálogos que se integran a la historia: aquél intertexto que se articula es la parte del criterio literario, la idea que rodea su pensamiento en tanto entiende a la escritura. Coetzee se desplaza con la erudición del personaje, pero no es suficiente. A modo de ser creíble el personaje se estructura desde esa condición intelectual y, entonces, lo narrado permite la «entrada» de aquellos textos. Y en ellos el tejido de la narración. En Coetzee, en cambio, los personajes piensan lo literario. Es una frágil diferencia con la cual quiero establecer aquello que los une. Quizá una postura de la posmodernidad. La literatura se reescribe en la voz del personaje. Es decir, en Coetzee es mediadora, por su parte, en Enrique Vila-Matas quien es parte de la inflexión teórica en el caso de Kassel no invita a la lógica (2014) y su anterior Bartleby y compañía (2002) es la relación con otros escritores, nombres y obras declaradas en la novela. El narrar se devuelve al ensayo en medio del discurso sin que una forma del género se instaure sobre la otra en una interposición del texto por su unidad narrativa. Uno en otro, el ensayo en lo narrativo sin que se afecte alguno. Y lo literario permanece en su lugar intacto. ¿En qué medida es Vila-Matas un escritor de la posmodernidad: de la alteridad? Y así trasparentar en el lector todo aquello que es riesgo por medio del lenguaje. La vanguardia se mediatiza en la corporeidad del autor. Donde literatura y vida van juntos y puestos en marcha sobre la realidad. Si es que la realidad existe para Vila-Matas, es decir, su existencia en tanto a lo literario. Llegará el momento en que la ficción se cruce con la vida. Lo digo así con el propósito de hacer de la vida un sustantivo de lo literario. A decir verdad, un fragmento de lo que se disgrega como escritura. La escritura es quien limita un sentido de lo real con lo ficcional. El escritor se pierde en esa intención del personaje. Y lo consigue a nivel del performance, este es, su capacidad de escribirse. Él, como vengo insistiendo, es a un tiempo la escritura. Lo narrativo es una hechura semántica a los «ojos» del lector. Sin embargo se requiere de una teoría heterodoxa, abierta a un sistema de significaciones. Y sobre ello, me apego a aquel en el que Barthes consideraba el cuerpo como signo más importante de su relación con el lector. Un acercamiento de este sistema de signos a la vida está en la mejor performance de la significación. El cuerpo es signo y se articula para representar sus significaciones: deseo, pasión y dolor son entonces signos de esa apertura. El signo deriva del cuerpo y es con él que se construye. Lo literario debe hacerse cuerpo para aceptar la noción de esa significación. Aquello que es vanguardia todavía exige un sistema heterodoxo de interpretación. Empecemos a entender por qué Enrique Vila-Matas es cuerpo en deseo literario con su novela Kassel no invita a la lógica. Y digo esto porque, en gran parte, tiene que ver con la literatura contemporánea lo que referimos en este libro el cual estará hecho para responderme una pregunta: ¿qué es la realidad? Ésta a su vez me lleva a otra, ¿lo real es pensamiento? y ¿se puede pensar en lo real como algo intangible? La cadena de interrogantes queda abierta hacia una idea abstracta de esa relación pensamiento-realidad y objeto artístico. En nuestro caso es espacio de la escritura. El cuerpo se articula en función de su representación. ¿Pero qué tiene que ver con la literatura? En la medida que la noción del escritor se acerque con obsesión a lo que escribe por medio de su yo poético. Con la cual se ordena el sentido de la realidad para él. Cuando vivir es además escritura. La tautología queda definida para el lector. Y Vila-Matas asume este postulado con divertida responsabilidad por tratarse de un hecho lúdico y, para serlo, entra en juego el sentido de humor del escritor, puesto que es un gesto irreverente que se cimenta por medio del lenguaje. Es la figuración de una ironía. Y por tal efecto, Vila-Matas se hace personaje con el cual espera «mover» los signos que produce. Y así aquella representación se cierne sobre la escritura. No hay nada de nuevo en esto, pero se acerca a una concepción de vanguardia y, quiero entender con ella, la capacidad de crear ruptura con el código artístico, sea verbal o no y de su carácter lingüístico. No obstante lo que lo hace vanguardia es la posibilidad de que ambos signos verbal/no-verbal se confunden en la representación de la lectura. Y lo lleva a un extremo publicitario, si comprendemos que aquí lo publicitario no es más que parte del sentido de la significación que quiere promover. No se trata de una crónica por contrato a la que cualquier escritor asumiría por oficio. Por el contrario, es para el goce del escritor. Tanto es cierto que ahora tenemos una similar propuesta: Marienbad eléctrico (2015) con la que afirma ese estilo que cambia y adquiere sus matices a partir de la representación como lo son estas últimas dos novelas. Y qué hay allí que nos lleva a «ver» a un escritor a exhibirse en ese nivel de la performántica de su estilo. Es decir, escritor-objeto artístico en la pantalla de la escritura. Siendo el objeto de mirada por el acto de reunir en él, Vila-Matas, arte y vida como un medio para caminar tras la vanguardia hacia una trascendencia del arte. El cual se somete a sí mismo. Cuando es duda, empezamos a vivir el fracaso como instancia de ese sentido de la vanguardia: una exhibición que a priori se dispone de su denuedo por el arte.

    Siempre la duda, como una herida de esa mirada: lo que hacemos es asistir a una obra de arte entendida como la posibilidad del fracaso. Sobre esa derrota todos van a ver al escritor Enrique Vila-Matas, su álter ego en disciplinada caída al fracaso. A eso han ido a verle, porque es al otro que ven escribir. Sólo eso. A fin de cuentas, van a ir a verle a no hacer nada y la acción en sí misma de escribir se convierte en arte, mejor, en una parte de la representación de él. Sólo tenía que dejarse «mirar»: pareciera que la inutilidad formará parte de aquella eventualidad de no hacer nada. Ante el referente para la representación la significación se anula. El cuerpo deja de ser signo con la única irreverencia de no existir. Si para lo que fue llamado Vila-Matas deja de «verse» el sentido adquiere otra interpretación. Es decir nada de él es para lo que está nombrado a ser en la Bienal de Kassel. La alteridad puesta en marcha ante la mirada de los espectadores. Es un sistema lúdico cuyo representante reside en Vila-Matas y por otra parte el libro, en tanto que la escritura deja su real espacio para ser sustituido por lo que la moda, el mercado o la publicidad impone. Y al sacarlo de contexto se reproduce su sentido. El arte es sometido por los «valores de cambio» o lo que se parezca al sistema capitalista con su mercado de arte. Y al poner en escarnio se recobra su valor real. En consecuencia lo lúdico convierte al libro en una puesta en escena. De alguna manera es estructura narrativa en la continuidad de aquella experiencia. Entonces el asunto va más allá de la crónica, se escapa del espacio físico que ocupa el intérprete para luego hacerse escritura. Y a partir de aquí lo más copioso para el lector, en tanto se encuentra al mismo tiempo con el escritor en el mismo acto de la escritura. El espectador no sólo «ve» a su escritor, sino que participa: la vida de Vila-Matas es parte de la escritura. Con este propósito definido, Vila-Matas lo propone, para su estilo, denominado, a su riesgo, con los términos de Autoficción o biofición en las que narrador/autor y personaje son integrados en la experiencia conceptual de la escritura. Toda novela es así. La narración trasciende sobre el tono del género: ensayo/novela/crónica en el lugar de la historia. El escritor se hace pronombre en esa relación con lo real. Y cada escritor que es nombrado se hace, a un tiempo, partícipe. Reproduciéndose interrogantes. La primera que aparece es si la realidad existe y como se media con ella con el pensamiento y luego otra pregunta, ¿se puede pensar en lo real como algo tangible? La cadena de interrogantes queda abierta hacia una idea abstracta de esa relación pensamiento-realidad. El objeto artístico es el mismo Vila-Matas cuando adquiere una relación diferente ante los espectadores.

    Nosotros acudimos a esa performántica en Kassel no invita a la lógica (2014).

    Sabemos que lo de la intertextualidad es un recurso literario que no sólo es para aquellos quienes lo usan como parte de la escritura, de su juego lúdico con la retórica, lo gramatical y el discurso propiamente. Aquí se estructura como ejercicio narrativo en cada uno de los autores expuestos. Unos más, otros menos: J.M. Coetzee, Alberto Hernández, Amélie Nothomb, Paul Auster, Pola Oloixarac y Roberto Bolaño y por este camino con el que me he iniciado de Enrique Vila-Matas. De alguna manera deseamos definir el carácter de ese furor a modo de hallar otras alternativas con lo literario. Uno en relación con el otro como si nos condujera las normas de una vieja tribu. La tribu de los escritores auténticos, sin más y sobre ninguna teoría. Obras y sus textos.

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Julio Cortázar define para lo fantástico, sería bueno no pasarlo por alto, su irreversible unidad con lo real Lo real está imaginado por aquel orden de lo fantástico:

Me di cuenta de que yo vivía sin haberlo sabido en una familiaridad total con lo fantástico porque me parecía tan aceptable, posible y real como el hecho de tomar una sopa a las ocho de la noche… (Julio Cortázar, 2013. p.50)

    Como puede desprenderse de esta idea cortazariana, lo real viene integrado por esa variante de la imaginación. La realidad es quien nos ve en esa arquitectura de lo literario. Lo real es literario y se construye desde las ideas, las visiones y la duplicidad de las personas. Cortázar, Vila-Matas, Auster y Coetzee nos hacen ver que la realidad se modifica porque nuestras miradas también están cambiando. En las primeras de cambio, sabremos que un escritor nada tiene que ver con el otro, pero los reúne su pasión por lo real (desde sus diferencias). Es decir la visión que tienen de ese registro de lo fantástico: realidad o imagen se hacen uno en él. De igual manera Vila-Matas nos ficciona, Y antes lo ha hecho consigo mismo. Su cuerpo —como decía— ha formado parte de ese negarse, de ese complot consigo. La corporeidad es también una duda. Así su manera de entender el arte cambiará para el espectador.

    Sobre esa visión de lo real coloca la mirada, siendo ésta una transparencia. No será un hecho decisivo porque el subconsciente se pone en juego con el lector que será el espectador de Kassel, pero sobre todo a la mirada ilógica de su realidad. Quiero alegrarme con esta comparación ya que se asocia, por ejemplo, a lo más lúdico de Cortázar: el juego y la niñez de una escritura en prosa que apuesta a colocar la vida y el humor en todo cuanto hace el escritor. Es un regreso hacia una cognición de la infancia vertida en juego como instrumento de la escritura y, sobre ella, el divertimento. Así que Vila-Matas hace de esta novela una inflexión de ese juego. Lo lúdico se articula en el lector con la intención de activar la memoria. De allí la transparencia de lo material. En caso de que el espectador dude, se encontrará en esa relación con la escritura. No hay otra relación que no sea la que intermedie con una poética del espacio. Y la escritura es la mediadora para ese espectador. Nada casual el hecho de que Vila-Matas haga de esa experiencia su performántica. Se instala en los medios de internet donde se consolida su yo poético, puesto que es una muestra gráfica de su estilo poético. Haciendo que su discurso esté fuera del libro como lo entendemos hoy. Éste se hace mediador de un sistema mayor: la publicidad. La primera instancia de la escritura se convierte en un efecto el cual es sobrellevado por todos los espectadores. Así, por igual, como el que lee como el que está fuera de esa lectura: el libro como un hecho mediático, pero que se salva por la escritura. Estas sería las características de su divertimento. Como en Cortázar la conexión con lo lúdico. A través del recorrido de sus libros Vila-Matas mantiene su estilo. Y su estilo se recrea como parte de esa estructura. Aquel Cortázar que conforma su visión de lo fantástico lo veo reflejado en Enrique Vila-Matas: la postura ante el yo, lo irreal y la ficción, haciendo de cada escrito la presencia lúdica por la literario o la forma (des)estructurante del discurso que le es común. Sobre todo, la alegría que trasmiten por lo literario. Y a partir de allí la definición que tienen por lo mismo. Sabemos que Enrique Vila-Matas no entra en el mismo trayecto de lo fantástico, pero sí por la ficción. La búsqueda de la intensidad del yo hasta disgregar la realidad. Es decir dónde están los límites de lo real e irreal. Y para más, cómo todo es parte de una misma definición de lo real. Digamos que lo que para Julio Cortázar es fantástico, en parte, es ficción para Vila-Matas. Unidad y articulación de una visión de lo literario. Desde luego que hay diferencias bien claras entre la ficcionalidad y lo fantástico propiamente dicho. En ambos casos, lo real se logra volcar sobre un sujeto desdoblado, sólo que en lo fantástico la realidad se fusiona y el sujeto (personaje) se desplaza en el interior de ella. Nada establece esas frágiles diferencias entre el yo y su doble: el espejo y lo espejado, la bruma y la claridad y, a decir verdad, entre lo real e irreal. Todo se confunde, se diversifica en la digresión. Sólo que en lo ficcional esas realidades pueden estar en un solo plano. O bien, como dice Víctor Bravo (1997), en la esfera de lo objetivo se integran, como complementos, lo subjetivo e intersubjetivo. Una esfera no siempre domina a la otra, todo lo contrario, conmutan entre sí, creándosela dependencia entre éstas. Es decir, el yo se ordena en un estado presente, sin embargo, puede, como en lo fantástico duplicarse, alternarse y diversificarse. Por ejemplo, en Vila-Matas los personajes se detienen en su plano de la realidad. No se disgregan de ella, no se alternan en otra, pero sí logran dudar de aquella realidad. El sujeto —el yo— se transforma, cambia de rol en ese contexto de lo real. En cambio, en Julio Cortázar lo real y lo fantástico se unen. Aquel sujeto cambiará en la medida de sus mundos recreados. No hay separación entre lo ficcionado y lo real. Son pequeñas diferencias de estilo que en ambos se divorcian de lo estrictamente real. Son frágiles las diferencias, no obstante, nos permiten comprender la modalidad de lo literario ante los conceptos del realismo. De algún modo tengo la sensación de que en ambos la realidad se redefine, se diversifica la noción de lo estético. Quizá sea ésta una razón entre muchas de porque vemos en Enrique Vila-Matas a un escritor latinoamericano. El más latinoamericano entre los europeos. Están cercanos por su ambición por la alteridad y como motivación de sus formas literarias. Lo que a su vez es definición de estilo. Así que el estilo se formaliza de lo ficcional y en consecuencia cómo se conforma aquél sentido de lo real sobre la construcción de lo fantástico. En ese lugar de lo literario se nos acerca por su aptitud ante lo real. La ruptura con lo real o, mejor dicho, su redefinición ante el lector.

    En esa medida cada estilo se hereda. ¿Qué hay pues de fantástico en Enrique Vila-Matas. Lo suficiente desde esta perspectiva de lo real. En tal caso, cuándo un escritor es realista, cuándo deja de serlo, hasta dónde llega uno y otro? La literatura entonces representa la realidad, siendo así, ¿qué significa representarla y cuáles son esos límites de una «obra abierta»? Cada estructura será parte de su arquitectura hasta ver cuál autor hereda del otro. Y el tiempo no existe por estar también abierto, girando en ritmo hasta morderse la cola: ficción/realidad=significación en la estructuración de una simbólica en la interpretación del lector. El escritor utiliza indistintamente esos niveles del discurso. Sobre ese análisis se establece o, pretendo establecer, mi lectura. Por tales motivos, Vila-Matas hallará para su estilo lo más afín a la tenue separación de lo moderno con lo posmoderno de su escritura. Lo he dicho en mi libro anterior Él es Vila-Matas, no soy Bartleby (2014) y, ahora, había dejado algo de tinta en el tintero. Me interesó en virtud de ello la definición de lo ficcional. La separación entre realidad y la ficción no se da en la convención de su lógica. Se invierte ese valor de lo real con ese propósito, aun de limitar la escritura. A ciencia cierta no sabremos si estamos ante una crónica, un ensayo o, para el efecto de los lectores, una novela. La narración se sirve de esa dialéctica. Y se mantiene en su ritmo de vanguardia en tanto que el discurso surge de esas fronteras. Es decir se expone en su (re)significación. Desde allí surgen nuevos códigos de representación. Por tanto duda de lo literario y del sujeto que lo produce. El autor se somete a la ironía. Y cuando estamos en la zona de lo irreverente surge otra convención (a decir verdad, se trata de revelar un código por otro) hasta alcanzar el lenguaje que lo caracterizará en aquél viaje de referencia cuya imaginación se va a dar por la misma razón de ese valor de interpretativo. Quiero decir que el lector también va a recrearse en ese proceso de (re)lectura. Quizás por eso vengo insistiendo en cómo signo y referente se hacen uno. El escritor es objeto de arte cuya exposición ante los espectadores/ lectores se hace a su vez Vila-Matas, es una autoficción. No nos interesa él como persona, su yo real poco importa ante el hecho del libro. Me interesa en tanto novela, me interesa en tanto libro y hermenéutica de la definición por el arte. De esto lo que me interesa es la postura ante su definición de todo cuanto es vanguardia. Y para saber cuál es su mecanismo, la escritura es, a un tiempo, el medio de esa representación cuyo espacio escénico se da por el capricho del autor en remozar los alcances de la escritura. Es la redefinición conceptual que surge de ese ejercicio lo que le interesa a Vila-Matas: lo orígenes del arte que de allí pueda surgir. Es decir, la capacidad de dudar de sí mismo y buscar nuevas formas de representación, siendo la escritura una de ellas. No la única. El sujeto-escritor, a partir de esta idea, ya es innecesario. Es la escritura por sí quien conquista a sus lectores. ¿No necesitan sus lectores de aquél? Visto así, no. Puesto que Vila-Matas nos entrega su biografía que se narra y a la vez es ensayo. Así están escritos algunos libros suyos.

    La literatura se inventa a sí misma. El sujeto pierde su identidad creadora y busca aquellas cifras que se le revelen. Una vez dicho de ese modo, el escritor pierde su valor de uso, por el contrario, se hace un valor de cambio (y en gran parte creo que era la intención de esta Bienal de Kassel de ese año): cuestionar el valor de cambio con el que se le mira al arte. Una ecuación inflexiva muy fácil de entender: la literatura ya no es lo importante, sino en cuánto en más se puede vender o no ese artista. Y así el escritor lo convertimos en un objeto de admiración. Y ¿cuándo se rebelará de ello? Cuando se someta a la escritura: su cuerpo se hace escritura decía. Entonces los espectadores no ven a Vila-Matas escribir en un restaurante chino en Kassel. Miran, en cambio, a la persona cosificada. Al escritor hecho cosa. Producto. «Al poner el dedo sobre la llaga» con esta novela propone a sus lectores a pensarse mejor el asunto a modo de redefinir el rol del escritor. El texto da cara al lector. Quiere decir que hasta entonces el suceso —y su representación— es un (pre)texto de aquella escenificación. Es la redacción de una corporeidad textual. Expliquemos un poco esta osadía de mi parte: el cuerpo del escritor se sojuzga por la condición de ser representado y a la vez motivo de su propia escritura ya que «todo es posible» con la escritura. Rol de juego además de la posibilidad de duplicarse en ese juego de la representación. Y quien decide, a fin de cuentas, es el lector, puesto que, por su parte, desempeñara su doble rol. Será el lector que lee Kassel no invita a la lóigica, a la vez que espectador de esa escenificación por parte de Vila-Matas, pero el Vila-Matas objeto, cosificado como valor como valor de cambio. De esta manera éste se reinventa a Duchamp, y hacer lo que le dé la gana en tanto escritura. Se «mueve» hacia la duda del arte. Como en Duchamp, para el escritor todo está dicho. Debe encontrar otras formas de extensión a modo de liberarse de las formas del texto el cual más adelante se le aparezca con la idea clara de un próximo relato o novela. Por ahora su propia crónica. Él mismo, texto. Para mi gusto, esta crónica termina siendo su novela Kassel no invita a la lógica (2014). Se desplaza como novela sin que antes podamos saberlo. Nos atrapa con la elegancia de su prosa. Su forma lúdica o la ironía nos circunda de entusiasmo para saber que estamos leyendo una novela. Y en ella, por ser más abierta, nos dejamos «llevar» hasta el final. Sin darnos cuenta somos engañados por ese estado de ironía. Y nos produce placer el hallazgo o, más bien, el encuentro con los lectores. Una vez consciente de ese uso de la ironía, nos sometemos al juego sin el temor que podríamos estar ante un evento publicitario. La diferencia nos lo confiere la calidad de la prosa, su capacidad de narrar con claridad y orden en la estructura que le permite al lector reconocer, una vez más, la calidad de la escritura vila-matasiana. Su carácter. La firmeza de una escritura auténtica cuyo estilo se consolida y busca renovar entre sus lectores con una escritura de ruptura con las convenciones decimonónicas de las que tanto nos cuesta desprendernos. Un asunto de posmodernidad de acuerdo con aquella visión de la desestructuración. Siempre con el propósito de afianzar aquel estilo. Sus más recientes novelas no han expresado esa intención performántica o bien sea desde la anécdota o del estilo de su escritura. Su prosa lo describe fuera o dentro del tema: o son personajes que viven su teatralidad o es el autor-personaje que se subyuga, como Duchamp, a negarse en el arte o la escritura. Como es el caso de la desestructuración, donde el desvanecimiento y desasosiego se exhiben como una sintaxis que se organiza para la narración. Y pretendamos o no es un problema de lenguaje. Sus novelas son el rigor de esa disciplina: Aire de Dylan (2012), Historia abreviada de la literatura portátil (1985) o Kassel no invita a la lógica (2014) por nombrar algunas, dan inicio a esa etapa de su novelística, cercano a la teatralidad y al desdoblamiento. Ser capaz de viajar al interior del discurso. Y con ello, ser parte de una escritura la cual tenga un nexo con sus vivencias. Está en una forma directa con ese tipo de escritura. El lector se transustancia con esa escritura. De allí la cercanía del lector con su obra. Novelas son nombres por la misma razón de esa cercanía al lector. Y en ello se transparenta el cuerpo como quería Roland Barthes: el signo es cuerpo porque es el sujeto quien se somete a las significaciones. A ese furor al que se refería Roberto Bolaño al decir de aquel estado psicoemocional de la escritura a la mejor tradición pessoaniana. Y entonces, si lo expuesto hasta aquí es cierto, estaremos hablando de narradores. Estaremos de cuerpo-sujeto en búsqueda de la significación. Y sobre ese camino, la interpretación de lo simbólico. Las secuencias son la emisión del sentido de la escritura. Con el cual he sido reiterativo. De allí que la duda permanezca y lo inexacto sea el rigor de un modelo heterodoxo de entendernos con lo literario.

    Novelas son nombres me exige buscar el lector que se asocie con esa escritura. Siendo así este libro no es más que un ensayo de acercamiento con aquéllos. Es por ende, una proyección de ese tipo de lector y, seguido, de la representación en un tipo de lector. Nada en vano es buscar similitudes entre Enrique Vila-Matas, Paul Auster, Jhonn Maxwell Coetzee y también diferencias con otros escritores: Amélie Nothomb, Alberto Hernández, Pola Oloixarac y Roberto Bolaño que por sus estilos se comparan. Procurando, sin temor, el discurso de la representación de lo escrito: la lectura. A decir verdad la literatura es un instante, siempre que la palabra nos reduce al silencio. En ese mecanismo de extradición el poeta se encuentra con el poder de ese silencio. Este libro —en su modesto intento— es un poco de eso: el instante, la improvisación y la duda. Dialéctica que procede de leer a Enrique Vila-Matas o aquéllos. De algún modo es la continuidad de mis gustos literario. Nada más. Parafraseando a Vila-Matas: la vida de los otros se incorpora en una noción personal de la literatura. Lo es, por estos autores que se me hicieron vecinos. A pesar de mi potencial fracaso, deseo mantener al lector con la misma expectativa con la que escribí a continuación. Sólo entusiasmo sin mayores ínfulas. Y el lector podrá leer cualquiera de estos ensayos o ninguno si así le parece. Una invitación a mi inexacto modo de leer. Y de escribir, pero con la plenitud del goce por lo que resulte de esa escritura.

***

En este caso se trata de recepción literaria. Una bitácora personal. De alguna manera acercarnos a lo que hemos leído con el propósito de asociarlo a un modelo heterodoxo de interpretación. La vida creativa del autor logra asirse a partir de las voces de los narradores y, con ello, interpretamos la noción del autor. Aquél yo del autor se desplaza sobre la intuición del lector. Y con este ensayo lo que se quiere es esa línea heterodoxa por apañar el divertimento con el que nos hallamos. Liberarme con el mismo gesto de la escritura. Y sobre ese gesto alcanzar el modelo de esa escritura a modo de acercarnos también al autor por medio de nuestra lectura. Me hago signo por aquello de que el signo es cuerpo y a partir de allí estaríamos liberando esa posibilidad con la misma escritura: cuerpo, signo y liberación de método que nos permite el encuentro por el placer de la escritura en sí y con su discurso para considerar la apertura del signo y su significación. Tal proceso de significación se da por el modelo de interpretación. Por ejemplo, para Tsvetan Todorov (1981) la relación del signo y su significación se da por modelo de interpretación. Y el significado nos aporta finalmente, después de esa relación, la significancia y desde esa interpretación la cual tiene interés para nosotros porque es allí donde nos hacemos en la lectura: una dialéctica entre el lector y el autor. Descubrimos el sentido del texto: el signo como unidad mínima en la estructura de lo narrado. Por lo cual la misma estructura ofrece aquel cuerpo/signo que se representa en la lectura, donde aquel texto alcanza su clímax o su liberación para el sentido. Una vez allí, se hace, como decía, cuerpo en el lector. Signo/cuerpo liberado en esa interpretación. De ahí que es una interpretación simbólica del texto narrativo. Hemos dicho «texto narrativo» puesto que los autores interpretados son los que sus textos nombran: Novelas son nombres. Aludiendo al título de este libro como para asociar ideas más flexibles o ligeras con el lector. De lo contrario, estaríamos muy lejos de nuestro propósito. Los lectores buscan nombres: autores que se integran a la voluntad del lector. Autores, nombres y novelas (o relatos urdidos en forma de novela). Y como pronombres personales de las lecturas. Por tanto no tiene pretensión de estudio alguno en el estricto rigor académico (que bien están pero lejos de nuestras intenciones), apenas, son interpretaciones abiertas que, por abiertas, son susceptibles a la duda, puesto que estamos ante la figura simbólica de autores que, con diferentes estilos narrativos, son comunes por la inflexión de sus narradores, los cuales crean la arquitectura de ese estilo y que, con sus diferencias aun, nos aproximamos a la diversidad de narrar. Y por tratarse de diversidad nos ajustamos a nombres, estilos y discursos. Cada autor se transparenta desde la interioridad de su estilo o con su nombre hecho novela. Reconocer la conexión entre lo interpretativo y el significado. Son necesario entonces dos cosas: lo que interpreto de un narrador y lo que éste está significando con su texto narrativo. La historia —del texto— estará sometido a esas condiciones, por tanto, la interpretación del texto lo es también de su estilo. Son nombres y de allí modos de escritura. Con esto quiero decir que cada autor viene con el sello de un mecanismo para su escritura: realista, simbólica o fantástica. Y todas a la vez. Si acaso algunos de los autores interpretados aquí los reúne. Es una matriz de diferencias y afinidades entre un escritor y otro. Tendremos que clarificarlo por medio de esa interpretación. La intertextualidad se pone en evidencia, en tanto que el uso de un texto en otro. Se reitera mediante la reescritura consciente por parte del autor. Y lo digo aquí por ser un concepto que estaremos abordando en el transcurso del libro. Por supuesto no dejamos lo teórico, por lo contrario, dialogamos con ello sin pretender ser aburridos. Con lo cual me arriesgo por la fragmentación del discurso o a la duda y de aquí saldré con más preguntas que respuestas para el lector. No tiene aún porque esperarse algo firme de mí, sin embargo, todo por el placer de la escritura. Y antes, si el lector de este libo no lo ha rechazado mis lecturas, iremos de John Maxwell Coetzee a Paul Auster y de éste a Bolaño y luego hacia Amélie Nothomb, pasando por más. Diferentes, pero que el ritmo de sus escrituras me llevó de uno a otro a conformar todavía mis lecturas y, una vez hechas, crear el «corpus». De allí el compromiso de interpretar y cómo se compone a su vez en estos ensayos, si acaso lo logro en la condición de mi escritura. Así también Amélie Nothomb no es igual a Roberto Bolaño y éste a Paul Auster y todos diferentes de John Maxwell Coetzee. Cada quien constriñe su noción de lo real y el carácter de los personajes o cómo se introducen en la historia de cada narración. Y es cuando —por esas motivaciones— nos permite trasladarnos con libertad hacia nuestras interpretaciones.

    En conformidad con lo expuesto, Amélie Nothomb no es igual Roberto Bolaño y, como decía, éste a Paul Auster y él —repito— a John Maxwell Coetzee. Si bien es cierto algo «late» en ellos que los une en el recorrido de nuestra lectura. En medio de todo tenemos a Enrique Vila-Matas. Conque para mí el mediador de este libro —por el tiempo que tengo con el autor(2)— para llevarme a otros autores. Y hasta ahora lo puedo explicar por ese mecanismo de simpatía con otros. Por el placer y la intensidad emocional de sus personajes Algunos han llamado a esto realismo psicológico, si es así estará bien. No lo sé (sin duda alguna no puedo dejar de mencionar a Mario Vargas Llosa y a Antonio Lobo Antunes para los cuales escribiré otro ensayo más adelante, si acaso llego a salir ileso de éste). Prefiero quedarme con lo que vengo definiendo como interpretación simbólica al dar por sentado aquella relación entre significado y signo: el componente narrado produce significancia y a partir de allí su nexo con lo simbólico. Lo real no siempre posee la figura de lo obvio, incluso, se esconde en la apariencia de las motivaciones de los personajes. Autor por autor, personaje por personaje en la desarticulación del discurso (¿en concreto se puede hacer?). De Coetzee a Vila-Matas cuyo mediador lo será la interpretación de este lector quien se disgrega por la duda. Siendo la duda un modo de urdir el pensamiento como carácter de este ensayo. Y es la duda, insisto, quien produce la necesidad de ir a otro autor, como referencia de la búsqueda por el libro. Una vez más Novelas son nombres cuyo furor nos impulsa hacia otras lecturas, pero siempre estamos sobre la intensidad dramática de los personajes que es, a fin de cuentas, lo que los reúne. El capricho de mi yo lector que acepta, entre otras cosas, la derrota. Y de aquí la (de)fragmentación del discurso de lo leído. El placer por el (des)orden quiere establecer su lógica. Hasta conseguir una ligera cognición con el discurso del autor. Entretanto aquella dialéctica de la lectura (este libro que tiene usted lector en sus manos) nos acerca con naturalidad a tantas ideas, a tantos nombres. Y eso es lúdico, por tanto produce goce.

    Leemos lo que otros leen. Somos el otro.

Lo ilógico de KasseL o mi falsa modestia al introducir este libro. Notas.

1 Retórica en tanto Aristóteles: sistema de disuasión basado en el conocimiento la cual nos permite acceder al estilo literario del autor. Desde esa relación de Enrique Vila-Matas con la literatura. Nos empuja con ella hacia una comprensión de lo posmoderno y de su noción de aquello que le es literario todavía.

2 El autor ha publicado en esta misma editorial Él es Vila-Matas, no soy Bartleby (Juan Martins, 2014). Aquí presenta este texto porque ha dado continuidad, después de esa edición, al estudio de Enrique Vila-Matas como consecuencia de una relación estrecha con el discurso de éste.

  1. De su libro Novelas son nombres, ensayos inexactos
    Juan Martins
    1ª edición: © Ediciones Estival 2016
    Colección El vitral de Duchamp nº 2 ↩︎

‘El simio albino’ de Edilio Peña

Teatrología Hambre en el trópico, Ocaso, Las manos del escritor y con esta El simio albino.

juan martins

El tiempo en la pieza El simio albino[1] de Edilio Peña es una noción de la realidad, de su percepción que quiere cambiar. El mundo que se oculta en el instante. Entonces, si el tiempo se desvanece, las palabras que lo definen también lo harían. Nada de acuerdo con la verdad, tal como la entendemos, se desvanece por el sólo hecho de nombrarlo. La realidad alterada mediante el mismo lenguaje que la recrea. Este tiempo, en esta abstracción estaría para crear otra alteridad del signo. Lo que sucede, es el instante que perdemos por reconocernos en él. Al segundo las palabras reproducirán el significado y allí es cuando el significante de la palabra se alterna. En caso de que se relacionen todo empezaría de nuevo. La zona cero vendría sobre la mente del público. Todo se recrea en la significación. El discurso parece fragmentado, pero funciona con otra lógica del lenguaje: lo extraño ordenándose en un nuevo precepto de su sintaxis, lo que se oculta no está del mismo modo, sino que evade la realidad o a lo que entendemos de ella. Es también una arquitectura verbal (permítanme la metáfora) que tendría lugar en su «caja china» del texto dramático de Peña. La caja china llena de signos cuyo dueño único es quien interpreta, el público y por supuesto la noción del actor para representar esta nueva lógica que quiere aparecer, pero una vez abierto a los sentidos aquella realidad cambiará para este espectador: volvería a la zona de interpretación, despierta a lo que se cubre. Lo que está detrás es lo real, no lo aparente. De lo que se habla es de nuestro país. No es ambiguo, es el nuestro porque la crueldad, como sabemos, es ejercida desde el poder con el propósito de enajenarnos. Esta caja china de significados, como connotación, desea darle vuelta a los signos para esta comprensión histórica:

El Brigadier.— […] Increíble, todo está igual. Aquí no hay rastro del tiempo. El orden no ha sido alterado por el caos. Hasta el polvo que lo ensucia todo está ausente. Los instantes fueron abolidos. (Desliza la mano por encima de una cama y encuentra una fotografía. La observa y se dice para sí.) No sé por qué creen los ingenuos poder escapar de la muerte tomándose una fotografía. Dejar estampada el alma hace más fácil el fin del último acto. (Guarda la fotografía en un bolsillo de su pantalón, mirando hacia la espalda del Raro. De repente, se lleva dos dedos al borde de la boca, y emite un silbido agudo, espeluznante.) ¡Raro!… (Edilio Peña, p. 6).

La forma se transparenta. Todo al mismo tiempo dispuesto, como decía, para el lector, el actor. Luego el público recepta esa noción del mundo en el que estamos enfrentados en el país. Determinar las condiciones del totalitarismo. Lo explícito aun dicho con la suficiente valentía. Todo, (en la primera estructura del texto) suele parecer extraño, sin embargo se confirma el lado oculto, el mundo que se tergiversa y que quiere ocultarse como ejercicio del poder. Por el contrario, la mirada del autor nos desengaña. Es decir, lo extraño, en su giro fantástico se posesiona para conferirle el tono de imaginación al drama. Peña es fiel en esta teatrología Hambre en el trópico, Ocaso, Las manos del escritor y con esta El simio albino: el país, nuestro dolor. Denuncia como pocos autores: desenmascara, revela al país en su contexto poético. Fiel a su discurso. Hay dos zonas de esa revelación, tanto en lo sugerido como lo explícito. No quiere desilusionar, lo muestra bajo la evidencia de ese carácter político del drama.

Como cuando leo a Franz Kafka para sentir su extraño desvanecimiento. Éste se adelantó a la representación devastadora del totalitarismo en su literatura, mucho antes de que éste último se hiciera presente en el siglo XX. Lo hizo construyendo, para aquél entonces, una obra que no podía ser totalmente comprendida. Es el caso, de su novela El Proceso.   Ahora, en el caso de la dramaturgia de Peña, este revela el horror del totalitarismo en una representación simbólica y arquetipal, que es como la metáfora de una pesadilla de cualquier venezolano inmerso en el horror cotidiano del poder que lo sojuzga. Ahora que pensaba en Kafka, pensaba en esta pieza y la huida de mi propio cuerpo. El cuerpo, la pérdida de la conciencia por el sujeto sometido por aquella alienación. Sólo que el signo no sólo es verbal, sino que todavía es orgánico, como lo pienso. Y, por tal razón, el actor y la actriz (tanto uno como otro) deben representar este sentido de lo extraño y lo inverosímil en el espacio escénico. Además de representar lo real debe quedar el espacio para lo extraño, lo inidentificable y, por qué no, el personaje albino como exhibición de lo monstruoso y del poder. Así «El simio albino» representa a la estructura simbólica del totalitarismo, «El Raro» quien lo contradice en oposición es la otra mirada del espectador, es la víctima con la que nos equilibramos:

El Raro.— No. Fingía ser. Me odiaba tanto que veía en mi rostro la cara de la bestia que concibió junto con aquella mujer que sería mi madre, el ser que ahora soy. No soportaba mi mirada. Me llamó aborto de la naturaleza. En un ataque de ira me sacó el ojo izquierdo con una cucharilla de plata que había puesto a calentar hasta alcanzar el rojo vivo, entre las llamas de la cocina. (Ídem),

Por su puesto el poder ejerce su modelo de violencia por más que se oculte de su naturaleza: El Raro.— Quizá el filo del hacha lo asustó. Siempre emite el silbido de una serpiente cuando cae sobre su presa como una guillotina. No se preocupe, la guardaré de su vista.[…] (p.15). Desde esta perspectiva, insisto, hablo de lo extraño y lo inverosímil. Incluso esta violencia como expresión de lo terrible. El terror dispuesto en la mesa. Y si se funda el terror se descubre el miedo. Este es el lugar de la emoción aquí. Ya lo decía Fernando Pessoa: todo buen drama racionaliza la emoción, es intelectualiza para dar lugar a la palabra.

Se dispone en el lenguaje la relación siempre subjetiva, entre sensación y palabra como expresión de la irracionalidad hasta que lo terrible asimila nuestra conciencia. La acción devenida tiene que ver con este lugar de lo subjetivo, de lo simbólico, lo inédito y las sombras. En el drama, la interioridad de su escritura posee la acción implícita por su propia condición de este relato: el actor/lector halla en su interior los códigos de ese lenguaje corporal por tener la diferencia con lo que le es real. El miedo se sustenta todavía a partir de esta subjetividad Y en consecuencia la tensión dramática queda definida: temor, miedo, duda, desasosiego, angustia en el estadio emocional con el cual se nos encarna porque lo sentimos, La sensación es real.

La palabra, sintaxis del cuerpo. Y la emoción tanto del actor como del público deviene en la estructura de la pieza. Ya que la emoción se alimenta de esta primera sensación del pensamiento (el espectador se asocia al relato, a su sintaxis y la gramática fluye en sus ideas). Lo racional será la consecuencia posterior del público cuando se detiene a reflexionar el sentido de lo real. Por lo cual los referentes, apenas detallados son una claridad, la plaza Venezuela anunciada es el espacio del terror, donde el poder ejerce su represión, sólo por citar un ejemplo de lo directo y denotativo. La obra (vista desde la representación) nos conduce por este camino de lo subjetivo, lo que, vuelvo a decirlo, está por identificarse:

EL BRIGADIER.— Me desconciertas. Hace rato cuando estábamos en el bar, contabas chistes que me privaban de la risa… pero ahora la moneda muestra otra cara. Si padeces el calvario del encierro, ¿cómo haces para salir y entrar de tu prisión? ¿Descubriste un pasadizo secreto en alguno de tus sueños más persistentes? ¿Cómo hiciste para que tu padre resucitará y te internara de nuevo en la escuela militar? ¿Por qué sigues siendo un muchacho sin arrugas en la piel? Dime, escurridizo fantasma pecoso. (p,11).

Cada uno de nosotros le confiere su interpretación claro está, la diferencia está con la emoción que nos acercamos. Ya que después de la emoción racionalizamos el discurso y la palabra. Siempre anunciando el terror como relevancia del miedo: El Brigadier.—[…] (Mirando hacia el interior del pozo.) Yo descendía como un gusano por la escalera colgante, la que está debajo de mi espalda. Dentro del pozo. Con la pala y las uñas, socavaba la preñez de la tierra… pero luego, más allá del fango, me esperaba el corazón de lo impensable. (pp. 11-12). En la instancia del poder se muestra la esperanza de liberación. El cuerpo se libera del daño y el lector (espectador) se recoge de la experiencia:

(El Brigadier vuelve a sentarse al borde del pozo. De pronto, la garra de un simio albino sujeta su hombro fuertemente. El Brigadier empalidece y comienza a temblar. El Raro mira la situación inesperada en tensa expectativa, a la espera de un desenlace. La garra del simio hala hacia el fondo del pozo al Brigadier Mayor. Este cae emitiendo un grito desgarrador que retumba con un eco.) (p.16)

Esta acotación final es evidente en esa intención. La estructura del miedo para delimitar la realidad, la pieza es simbólica por una parte, aún así, denoto aquí un trazado con lo expresionista como para definir el carácter del hombre, su posicionamiento ante el hecho histórico. El poder como ejercicio alienante no tanto psicológica como sí real.

Juan Martins
05.04.24


[1] Edilio Peña. El simio albino (1ª ed.) [PDF, archivo del autor. Mérida: 2024]

‘La puerta condenada’ -después de leer a ‘Montevideo’ de Enrique Vila-Matas-

por Juan Martins1

Fuente: PlanetadeLibros

Casi no lo tomó en serio cuando el llanto del niño lo trajo de vuelta a las tres de la mañana. […]

Julio Cortázar (La puerta condenada, 1992: 58)

El sendero por descubrirse. Y lo que puede estar detrás de esta puerta será lo insospechado por lo vedado como inidentificable. Dentro de la imperfección del sentido. Lo que se halla (encubierto) es además el rumor de la duda. Si logro abrir el vértice de alguna de sus puertas sería la sombra de mi forma (mi ser sobre el abismo) por pertenecer a otro mundo que nos engaña para liberarse de su entorno. La puerta es la misma sensación emocional que nos produce: A Petrone le sorprendió descubrir la puerta que se le había escapado en su primera inspección del cuarto. (1992: 55). Se oculta allí la ausencia de lo desconocido cuando se nos hace claro la figura de un paisaje narrativo que se asienta en la tensión de lo furtivo, mediante lo cual se nos ofrece un lado fantástico para interpretarlo. La figura de la realidad cambia nuestro estado emocional y el ánimo de la voluntad del protagonista cambiará de acuerdo con ese encuentro de lo que está dentro de la puerta como reflejo de la pérdida. Petrone lo resuelve con más facilidad al final. Acepta el carácter de esa realidad. Pero esta no es extraña del todo: la mujer que se oculta con su bebé detrás de la puerta en la habitación del hotel Cervantes de la ciudad de Montevideo siente la necesidad de «rescatarnos» tras el hallazgo de lo que está dentro, más allá de su habitación, detrás de lo desconocido, detrás de los temores y de lo incierto como lo sabremos al final. Iremos tras el asombro.

    Desde esta demanda se muestra la sensualidad de aquella «forma» de lo oculto tras el hallazgo de aquel asombro y, por qué no, el respiro del rumor, la tensión y la incertidumbre que vive Petrone por saber qué está a la zaga de la puerta, saber de aquel niño el cual

[…] lloraba tan débilmente que por momentos no se lo escuchaba, aunque Petrone sentía que el llanto estaba ahí, continuo, y que no tardaría en crecer otra vez. Pasaban diez o veinte lentísimos segundos; entonces llegaba un hipo breve, un quejido apenas perceptible que se prolongaba dulcemente hasta quebrarse en el verdadero llanto. […] (p.58).

    El asombro aparece transformado en seducción y curiosidad, otras veces, tras la irritación de Petrone por terminar de saber quién es el niño que llora detrás de la puerta. Saber que al abrir la puerta se descubre también otro vértice de la vida. Nuevas formas de la vida incipiente sobre la búsqueda de otro significado. Ni siquiera la duda resuelve el asunto para Petrone, porque para él la realidad no es sino el llanto del niño quien interrumpe su descanso desde su lado de la puerta. Al otro, el niño que llora en horas de la madrugada y todos lo niegan. Dicha puerta condenada requiere entender lo fantástico como muestra del escenario insólito. No importa qué está allí de ese lado, como sí la disformidad de esa apariencia. Quiere decir que la vida por lo extraño nos desvela. La confusión reitera la tensión narrativa para el lector de no ser por lo fantástico. Lo curioso e indiscreto conformando el relato. En tal caso lo vedado se sostiene cuando de pronto aparece revelado este temor que nos produce el niño llorando al lado de la puerta como tergiversación de la realidad. Mirar «qué hay detrás» del costado alimentando la curiosidad del lector.  El temor asomando su alternativa. Y mirar es librarse del desasosiego tras la búsqueda de transparentar los hechos hasta aclarar lo que le sucede a Petrone: la angustia, esta tensión narrativa. Por ejemplo lo desconocido adquiere prioridad, todo lo demás se arregla en función de «mirar» como si la puerta fuera el portal eterno de lo insólito.
    Querer descubrir qué hay al abrir la puerta será la esperanza para nuestro protagonista y el enganche del lector. El narrador desea mantenernos en la duda. Es el punto álgido del narrador cuando se sostiene la ambigüedad de lo inverosímil. Quiere reconocerse el carácter de esa soledad de estar vacío en la habitación porque nadie del hotel reconoce el niño que llora. También es una resonancia del temor por no saber, en cambio, qué está allí detrás del vértice o de cómo los hechos nos colocan en ese vacío. La nada de otro mundo no menos real, pero sí de otro significado. Otra variante de la vida. Lo desconocido nos modela otra condición de la vida, tanto real como extraña. No digamos más, detrás de la puerta, otra habitación, el vacío y la otra ciudad que nos descubre. Y si por diferencia queremos regresar donde estábamos. Será pues muy tarde cuando habitamos el atasco como ruina de la realidad. La ciudad aún tiene su rostro.

    No haremos más que ocultarnos otra vez: se abrirá otra puerta y detrás de esta otra en donde nace un pasillo hacia nueva puerta y desde ésta otro cruce hacia el mismo recorrido, en cuyo sendero no termina el laberinto. Todo lo contrario, hay otros portales sobre el recorrido. La nada que se parece aquí al vacío. La nada similar a la duda en el recinto del hotel Cervantes. Como veremos Petrone teme a ello por no encontrarse con lo normal. Lo incauto, aquel abismo de la duda. De modo que la habitación no cambia. La puerta condenada, el niño que «llora» y su madre del otro lado de la puerta. Nada se parece más a su propio laberinto cuyos extremos se bifurcan para otro recorrido afín, pero diferente por los hallazgos. Ninguna ruta se parece a la otra. Hay que recorrer el camino con la duda. Petrone insiste de lo que hay en el otro lado. Todos lo niegan. Él insiste a modo de descubrir cómo el niño llora valorando lo infrecuente […] Petrone se preguntó qué iba a hacer […] todo se le antojaba trucado, hueco, falso: el silencio, el llanto, el arrullo, lo único real de esa hora entre noche y día y que lo engañaba con su mentira insoportable. Golpear en la pared le pareció demasiado poco. […] (p. 59). Y la sorpresa es que, en pos de la puerta, pensó Petrone, hay un niño imaginario que llora y acentúa su desasosiego. Tal connotación es implícita para Cortázar. Esto sucede como un hecho regular en la vida del narrador, mostrando la gramática de ese mundo detrás de este diálogo con la otredad. El mediador, insisto, quiere posesionar al lector, lograr de éste su movimiento activo mientras sea un lector comprometido con esa noción de alteridad. Lo que está dentro y fuera se mueve a nuestra voluntad en tanto somos ese tipo de lectores de lo fantástico.

    La puerta condenada será su realidad. Detrás de la puerta otra vida. De manera tal que lo real cambia ante lo extraño. Al revés de la puerta otra naturaleza. Sin embargo la subjetividad del protagonista acepta esas condiciones de esta puerta. ¿Condenada a qué? A nuestra perplejidad por lo otro. El lector decide cuál marco de la puerta selecciona para su alteridad de lo cotidiano. Esa incomodidad es uno de los atractivos del autor. Estar dentro o fuera o en la ilógica de los hechos. Allí estaría la bifurcación de ese sendero: nuestro temor. Desde luego que la maestría de Cortázar vuelve lo insólito normal. Lo extraño como ordinario y lo sorpresivo cotidiano como para introducirnos a la función de lo fantástico. A ver si me hago entender, lo que es aparentemente normal surge de ese mismo giro de lo extraño. Por ejemplo el bebé del otro lado ya es tan natural que se conforma en el lector como un estado natural de las cosas. Es decir, que él encuentre su propia realidad del relato. Verosímil lo inverosímil, lógico, lo absurdo y real lo irreal. El narrador nos ofrece esa opción. A fin de cuentas lo «extraño» se ambienta en las sensaciones de sus lectores.

    Hay un recorrido en una frontera muy débil entre lo de adentro y lo de afuera. Vida y muerte, lo maravilloso y lo cotidiano, la sobriedad y el desasosiego en ese límite. La puerta no está condenada como sí abierta, como dije, es asidero de puertas interconectadas. La duda es la conexión con lo extraño. Como se sabe lo descubrimos al final del relato. Y por lo expuesto esa ruta es también desconocida para su lector. Hay un recorrido sin destino, pero que reside en el cambio emocional de Petrone para seducirnos cuando

[…] Extrañaba el llanto del niño, y cuando mucho más tarde lo oyó, débil, pero inconfundible a través de la puerta condenada, por encima del miedo, por encima de la fuga en plena noche supo que estaba bien y que la mujer no había mentido, no se había mentido al arrullar al niño, al querer que el niño se callara para que ellos pudieran dormirse. (P. 61).

    Lo extraño tergiversa la realidad. Poco importa que sea real. El niño llora y se alude no sólo al imaginario, como también a lo fantástico. El niño, en su noción para el lector, dobla el sentido, la alteridad no es sorpresa, ya que funciona como algo que debe suceder. El territorio de lo fantástico funcionado como un hecho natural. Es cuando cierra aquí el relato.

    Dudar de la realidad como así sucede en la narrativa de Enrique Vila-Matas, es decir, que la novela puede serlo todo y que su forma evoluciona. Escribir novelas como cambiar el mundo, pero sin tocarlo, agitarlo en la sensación, en ese fragmento de la emoción como hasta lo estamos indicando en la formación de la narrativa, tanto en Cortázar como en este último por su puesto desde sus diferencias discursivas. Leer a los autores por lo novedoso o por otras ideas de entender a la narración en este contexto de lo contemporáneo.

    Regresando a La puerta condenada, vida y muerte separados por un límite muy breve, casi transparente a lo que está más cercano o lejano de la vida. El lector no decide, sino que recorre esta voluntad con el relato. La puerta no está condenada como sí abierta a la incógnita, como dije, existe esta puerta donde los secretos residen en la memoria, ahora sí, tanto para el narrador como para el lector lo extraño es permeable ante el encuentro de un relato sorprendente en su estilo. Se siente la tensión narrativa. Hay un recuerdo, un viaje sin destino que no fuera sino aquella duda, lo extraño, el vacío y lo inverosímil porque estaremos detrás de la puerta buscando otros significados. La suerte será otra habitación con otra puerta condenada. Con esto Cortázar consolida la vida en tanto es aquella visión fantástica de lo narrado: no es que la realidad sea diferente, sino que esta diferencia es propia de la realidad. Y la vida se tergiversa y se complementa en la narración. Todo es posible y natural. Lo extraño formará parte de esta naturaleza. No hay sorpresas para descubrirnos en otros significados de la vida. El instante fluye en nuestras sensaciones. Revelar que lo inverosímil es todavía parte de lo real.

    Decía que el viaje es parte de ese registro porque Petrone nos conduce a través de un viaje de lo extraño donde descubrimos, por paradójico que parezca, el giro fantástico del relato. Debo decir de nuevo que todo se conforma dentro de su aparente cotidianidad porque para nuestro autor así es la realidad como para el narrador de Montevideo cuando desvela cómo las ciudades París, Cascais, Montevideo, Reikiavik y Bogotá son parte de puertas para el héroe, puertas que se «abren» con historias en espera del autor por la perspectiva de narrar bajo la novedad. El escritor que no escribe, el héroe en Montevideo, ahora tiene historias reservadas de esas ciudades. Cada ciudad la historia por contarse. A la vez que el narrador nos recorre sobre un sendero también abierto a pesar de que este protagonista haya abandonado la escritura. Este escritor que no tenía historias para hacerlo ahora lo sorprenden esas historias veladas en estas ciudades. Las puertas que se abren en un autor-personaje que se asocian en el atrevimiento de Vila-Matas con esta novela.

    Petrone, por su parte en La puerta…, se extiende en la otra voz narradora de Montevideo y esta regresa a una teoría literaria para el barcelonés Vila-Matas. Cortázar aventurado en el relato, intertextualidad de Cortázar a Vila-Matas y de éste a la narrativa del viaje, del traslado de la literatura latinoamericana a Vila-Matas. Y luego regresemos a Cortázar por supuesto como herencia de aquel. Allá en Montevideo son notas de vida que se articulan al propósito de la novela, por eso, «viaje» a la memoria. En la habitación 205 del Hotel Cervantes de Montevideo que existe y ahora es la motivación de narrar lo inconmensurable lo cual se construye en ese relato de la Nada y del Vacío. Honor a un estilo que también lo es para el barcelonés, puesto que […] la mejor parte de la biografía de un escritor no es la crónica de sus aventuras, sino la historia de su estilo» […]. (Vladimir Nabokov, citado por Vila-Matas, 2022: 56). El estilo de otra aventura, de la novedad de escribir con el propósito de tener un narrador tan poderoso que sea capaz de negar la escritura, negar al lector y colocarlo a este frente a otra ciudad desde la puerta insondable. En la Novela el itinerario de su narración se bifurca con otra ciudad y de esta a otra sobre la búsqueda un mundo tal vez maravilloso para esa escritura de la nada. Ya que lo irreal y lo cotidiano se cruzan con la firmeza de lo fantástico. En este caso de Vila-Matas es la sorpresa, lo ilógico y las bromas de la intuición. Por su puesto los autores son diferentes, pero se reúnen aquí. Sucede en Montevideo como en La puerta… . Novela y relato separados hasta unirse en su intención con el estilo. Como lector me es inevitable compararlos. La vida y lo literario captando su propia tarjeta de presentación, aprender de las historias su animación literaria en cada autor.

    Habrá que decir que lo sorprendente funciona en la estructura del relato como en la vida. No se separa. Lo real e irreal en el mismo lugar y el discurso sostenido se nos hace relato, como divertimento. Más bien lo sorprendente se vierte a la vida. Por último lo fantástico estaría de ambos lados, en la vida como en la narración. Las puertas contiguas tienen algo que contarnos, siempre detrás de lo otro, nada aflora mientras cerremos esas puertas. Este impulso orgánico con la escritura es necesario para entender a Cortázar, su estilo como su herencia. Y nosotros los lectores ambiciosos de tener estas voces de la narrativa para lo cual nos aventuramos detrás de lo cotidiano. La aventura del riesgo siendo parte de nosotros. Véase como al cabo del relato La puerta… todo se cubre de otro semblante porque Petrone […] lo oyó, débil pero inconfundible a través de la puerta condenada, por encima del miedo, por encima de la fuga en plena noche supo que estaba bien y que la mujer no había mentido […] (1992: 61). Éste quiere aceptar ese lugar de lo ajeno. El niño estuvo allí llorando cuando ya la mujer no estaba en la habitación próxima del 205 del Hotel. Sin embargo el niño se oía. Dos realidades, primera, que el niño siempre estuvo allí y la otra que el suceso es parte de su propia imaginación y es fantástica todavía en ese orden de lo real. Esto quiere decir que lo imposible sostiene al lector quien no se extravía en la tensión narrativa, tal como lo aceptará al final del relato. El lector se posesiona del lugar de Petrone, acepta para envolverse de esta otra realidad. Ritmo y estructura hasta conseguir la irreverencia del relato. Seremos entonces parte de lo irreal donde lo último de la historia queda abierto a interpretaciones.

    Por lo mencionado habrá que recordar que lo extraño no es sobrenatural en el giro de lo que llamamos fantástico cuando los límites entre lo real e irreal no están dados. Ya decía que lo ambiguo los ocupa. La alteridad es parte misma de la realidad. Una habitación, un bebé que llora que nadie ve y nadie oye, pero es parte de la realidad. Lo vemos a partir de nuestras sensaciones.

    Detrás de la puerta el inconsciente de nuestros sueños.

    En Montevideo las puertas se abren al escritor que quiere escribir de lo «que no puede escribir». El personaje-escritor deja de ser escritor hasta introducirse en otras realidades: —¿Y no será que usted escribe sobre aquello que le impide escribir? ¿Y no será que si yo toco piezas de jazz es porque éstas hablan de lo que me impide tocar? (Vila-Matas, 2022: 30). Mallarmé aquí responde a Davis Miles en este juego literario que nos ofrece el narrador para provocar la duda, el abandono del escritor por sí mismo cuando está detrás de lo que no puede escribir. Revela cómo aquellas ciudades París, Cascais, Montevideo, Reikiavik y Bogotá son las puertas que se abren a lo contiguo en donde aparece lo que debe escribir «sin escribir». Acaso el sueño de lo desconocido. Es cuando el personaje se arrepiente de abandonar la escritura cuando de pronto encuentra, en el medio de ese viaje, otras posibilidades de hacerlo. Continúa su aventura detrás de cada ciudad para el recorrido. No tan sólo por vivir la experiencia (del héroe) como sí el pensamiento que deviene de la nada a la escritura o del vacío a la plenitud. Entendamos, sugiero, que en esta novela de Montevideo lo singular se da en la aparente esfera de lo normal. Lo normal no funcionará sino en el pensamiento del protagonista. Claro, las cosas cambiarán al ritmo de la experiencia intelectual. Deja de ser intelectual cuando dichos sucesos lo sorprenden en tanto es el escritor de lo que no puede escribir. Y el ejercicio de la escritura se reduce a lo ilógico de su propia idea de escribir. Lo sabrá al descubrir cada ciudad. Aquí la trama no es más importante que el acontecimiento, el tejido narrativo o esa estructura de la sorpresa.

   Y ahora, regresando a La puerta condenada, el personaje queda descubierto por lo extraño. Lo extraño funciona como natural frente a los hechos, mientras que en esta novela la sorpresa del pensamiento está sublevada el héroe, a una segunda intención de lo que descubre, es decir, de cómo la escritura se elabora en el narrador que pretende doblarse en su héroe. Redactar pues lo imposible de sí mismo en primera persona (el yo literario de Vila-Matas, descubierto en la ficción). Una vez más la ilógica fraguada en el estilo de narrar. Y desde estilo a la estructura de su obra.

    Aunque los narradores de Cortázar y Vila-Matas diferentes dentro de cada estilo por temporada y formalidad aún estarían unidos por la autenticidad de lo sorprendente. Lo contiguo a las puertas serán parte de la misma ambigüedad. La puerta condenada en uno y las ciudades en el otro. Desde luego sabremos que detrás de lo contiguo abrimos nuestras duda ante lo inesperado de los protagonistas. Si revisamos bien queremos estar en el interior de esas puertas y de lo nuevo que será incertidumbre porque no sabemos qué surge de allí. Como si la literatura fuera la vida por sus hechos ilógicos. El Juego de lo irreal siendo en su turno parte de lo real. Tal es la fortuna de los relatos, ya que la vida es la representación de lo imaginado, lo curioso y lo surreal. La sorpresa, como sabemos, estará en este narrador de Montevideo y lo surreal en lo lúdico de Cortázar, más allá de cualquier hecho teórico por lo literario. Todavía Cortázar en Vila-Matas.

    Salir de los límites de la novela conocida, desarrollar el modelo que su visión le exige. Este narrador de Vila-Matas incluso es disuelto no tanto en lo experimental como sí en la búsqueda de esos límites cuando la novela puede serlo todo. Dije más arriba que la historia de esa novela (lo narrado) evoluciona detrás de la trama que poco importa ante esa tendencia de lo sorprendente y de cómo coinciden en nuestros dos autores ese gusto por lo literario. Incluso sin importar si se fracasa. Reitero cómo el héroe del escritor barcelonés (véase en el vídeo: Cortázar, 2023) descubre mucho que contar, puesto que le ocurren los hechos tras su asombro de conocerse en estas ciudades como escritor. La ambigüedad en el ejercicio de la escritura. Tal vez una compresión de lo fantástico para su novela sin comprometer su modo (estilo) de escribir. De allí el carácter ensayístico de esta novela. Descubrir la sorpresa por un lado y ese potencial de la novela hasta perdurar en su obra. En ser historia de otra historia. El relato dentro de otro. El narrador metido en su laberinto cercano en esas coincidencias de Vila-Matas, tal como lo muestra con claridad en su capítulo Montevideo. Y del pensamiento literario de su novelística.

    Los dos autores para el lector. La puerta condenada sigue al narrador de Montevideo. El personaje-escritor viaja para el recorrido de la otredad por el hallazgo de otros umbrales.

    El narrador los atraviesa y se descubre a sí mismo quizás para desdoblarse en aquel. El autor unifica el ensayo y la narración hasta consolidar su estilo. La novela del viaje. El tratamiento del doble, del otro que le permita esta osadía de narrar, dejarse inducir por esa influencia de Cortázar con todo el riesgo de la derrota. Vila-Matas lo disfruta como también nosotros. Ricardo Baixeras nos afirma

[…] la búsqueda de una narrativa utópica, la preeminencia de un estilo ganando la partida a la trama y la voluntad inquebrantable de construir un paisaje literario después de la batalla moral que ya se sabe perdida de antemano […] (Ricardo Baixeras, 2022).

    Y es trazada su búsqueda en Montevideo. Donde el mundo hecho de fisuras abiertas a la noción del lector que quiere conciliar con el Vila-Matas que conoce. Novela para los lectores vila-matasianos, si se me permite el término. De alguna manera el autor y el lector se reconocen en esa escritura a propósito de su estilo, su atmósfera, el ritmo y la prosa que nos permite huir con el autor desde aquel recorrido donde los paisajes nos descubren. No quiere el autor repetirse ni defenderse en la novela. La novela insisto puede permitírselo, por lo menos esta novela de la ambigüedad y en la que todo es posible hasta desdoblarse en el narrador. Quiere decir que está presente un yo quien es nosotros, somos los otros que también buscamos, por fortuna sin el éxito que esperamos. En ese momento esta novela se acerca a esa puerta incógnita de La puerta condenada. El lector conoce ese riesgo y es lo que disfruta de este estilo del narrador o de sus narradores de toda su obra como lo demuestra en su ensayo Perder Teorías (Vila-Matas, 2012). El autor doblado en el narrador para asignar su noción de la novela. Vila-Matas ofrece este placer de la metáfora en el hecho de la construcción del texto para la narración. El narrador busca. Busca y se detiene en la duda de cómo escribir esta experiencia. Recuerden, vida y novela en el mismo lugar. Por eso es vida su gramática. Tan pronto como la escritura trascienda a este lector. De hallazgo y pérdida al punto de la lectura. La vida de los otros, la vida otra vez de un viaje. No tolerar lo monótono de las ciudades por descubrirse. El riesgo es necesario ante lo nuevo. En ese caso estarían bajo la construcción del personaje y a la mirada del narrador que pronuncia en tercera persona los rodeos de las ciudades, del paisaje literario al pensar en términos de la escritura. Abrir las puertas de estas ciudades y entrar en sus ambigüedades para vivir lo que el héroe no esperaba, porque aparece el recóndito espacio de su vida que le aguarda por los hechos descubiertos. Le son literarios en esa medida de lo insólito al que hacemos referencia. Descubre con retardo y el narrador lo quiere mostrar así como para exhibir su teoría literaria de la novela: cada ciudad la puerta por abrir y su secreto oculto. Y el autor enfatiza esta herencia cortazariana hasta admitir la habilidad de lo que se escribe «sin poder escribir», la nada detrás del personaje. No es en ese caso un héroe ortodoxo porque fracasa. Sin embargo disfruta de su caída tanto como duda de lo real. Y hacerse en lo literario al descubrir la duda dentro del mismo viaje. Vila-Matas nos coloca en ese lugar en el capítulo Montevideo. Habitamos la habitación por igual donde el tiempo será simultáneo.

    Para Cortázar sus imágenes devienen de los recuerdos de la infancia y se colocan en ese mundo de lo extraño, de los retratos lejanos y los paisajes que se ocultan en el recuerdo y se vuelven en este juego literario cuando tiene claro su origen de lo fantástico. Sólo que se unen vida y literatura. Por eso siempre ha querido que el lector participe. La puerta condenada, Casa tomada y La autopista del sur, entre otros relatos, son ejemplos de esa cercanía. En todo caso, Vila-Matas lo aproxima en Montevideo por estar próximo a ese estilo. Después de todo de cómo entenderse con lo auténtico de dicha búsqueda.

Bibliografía

Baixeras, R. (2022). ‹Montevideo›, de Enrique Vila-Matas: la llave maestra de la puerta condenada. Recuperado de: https://n9.cl/xvocg (01 Septiembre de 2022. 6:50).
Cortázar, J. (1992). Los relatos. Juegos. Madrid: El libro de bolsillo. Alianza Editorial. S. A. Nº 2.
Vila-Matas, E. (2012). Perder Teorías. Barcelona: Editorial Seix Barral, S. A. Primera edición en libro   electrónico (epub): septiembre 2012 Conversión a libro electrónico: Newcomlab, S. L. L.
 _____________. (2022). Montevideo. Barcelona: Seix Barral. Biblioteca Breve, un sello editorial de Editorial Planeta, S. A.. Edición en libro electrónico noviembre. 2022 (ePub base r2.1).

  1. Del libro El exilio de los nombres/ {Be Bop para Cortázar}/Juan Martins/1ª edición: © Ediciones Estival 2023/Colección: El vitral de Duchamp N.º 8. Edición digital. ↩︎